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9 de julio de 1936 : Habla José María Gil-Robles en una cena

9 de julio de 1936 : Habla José María Gil-Robles en una cena

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Jueves, 9 de julio de 1936 : Habla José María Gil-Robles en una cena

El problema es que esta huelga, que no cesa desde junio, se ha convertido en un tremendo mano a mano entre la UGT y la CNT, y de la CNT con el Gobierno. Otra vez se constata, como apuntamos siempre desde la CEDA, que Casares Quiroga no es una opción para dirigir un Gobierno en circunstancias tan complicadas. Si me preguntáis, ahora que estamos entre amigos, por qué estoy tan seguro de que fue un error ponerlo al frente del Consejo, os diré que Casares tiene fama de hombre duro y enérgico, cuando adolece de los mismos defectos que Portela Valladares. La dureza de estos dos señores es verbalista. Tienen la agresividad del hombre débil, resentido, y ya pueden ser ambos gallegos, que tienen una locuacidad y vehemencia muy meridionales. En Casares, ni sus entonaciones desagradables ni su actitud a la defensiva, desconfiada, son atributos positivos en un jefe de Gobierno. En vez de apaciguar los ánimos, él, con su carácter, los inflama.

—Tú lo has tratado, ¿no es cierto, José María?

—Durante su etapa de ministro de la Gobernación, en el verano del 32. A raíz del pronunciamiento de Sanjurjo. Cuando acudí a su despacho para interesarme por la suerte de los detenidos y para solicitar que se levantara la clausura de nuestros centros políticos y la suspensión de los periódicos de derechas. Dado que no me gusta trasnochar, el bueno de don Santiago acostumbraba a citarme en el Ministerio a las dos o las tres de la madrugada. Siendo fumador empedernido, cada vez que sacaba un pitillo rubio de su pitillera me lo ofrecía. Sabía que yo jamás toqué el tabaco. Y como se los rechazaba, se irritaba: «¿No fuma, o es que le doy asco?». Encima, tiene complejo de enfermo tuberculoso. Si le llegaba noticia de que a algún prisionero le perjudicaba el clima húmedo, lo enviaba a un puerto de mar. Y al que le convenía clima de costa, a cualquier pueblo de montaña. Y le molestaba cuando llegaba con datos en la mano. Si refutaba con ellos alguna de sus observaciones, decía: «¿Es que se cree usted la única persona bien informada?». Es un hombre que, con sus modales agresivos y falsamente enérgicos, no puede sino avivar la llama de la discordia.

"Mejor hubiera sido alguien bien curtido en el juego parlamentario como Indalecio Prieto, con toda la distancia que los separa, que Casares Quiroga, con sus inseguridades y maneras de señorito jaque de La Coruña"

La conversación continuaba en aquel comedor del barrio de Salamanca mientras se servían los primeros platos: un salmorejo fresco, con fragmentos de huevo y pimiento troceado para que quien quisiera sazonara su sopa fría. Pero José María Gil-Robles apenas tocaba el suyo, absorto en lo que contaba.

—Para mí, su sello inconfundible quedó claro el día dieciséis del mes pasado, cuando, si recordáis, se discutió mi proposición sobre el orden público. Él se declaró beligerante contra el fascismo. Declarar en público que la simple defensa no basta y es más eficaz el ataque y aplastar al enemigo, fue lamentable. Nunca antes se ha visto a un jefe de Gobierno lanzarse así a la pelea y tomar partido con un discurso mitinesco en una Cámara donde el clima tendría que ser otro. Casares ha conseguido elevar el nivel de crispación y animar a los energúmenos del Congreso. Pero lo peor, si me permitís terminar con mi perorata, es que a Azaña le salió el disparo por la culata. Porque, en vez de tener a alguien sumiso al frente del Gobierno, resulta que últimamente Casares evita visitarle, y que esté radicalizando su postura en el deseo de mostrar su independencia es una actitud de intransigencia pueril que nos puede llevar al desastre. Y ahora, ya, permitidme que pruebe este salmorejo, que tiene una pinta deliciosa.

Y cogió la cuchara mientras en la cena se insistía en que mejor hubiera sido alguien bien curtido en el juego parlamentario como Indalecio Prieto, con toda la distancia que los separa, que Casares Quiroga, con sus inseguridades y maneras de señorito jaque de La Coruña, como bien lo había definido Calvo Sotelo, quien, siendo paisano, lo tenía calado.

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