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16 de julio de 1936: Misteriosa llamada en casa de Luca de Tena

16 de julio de 1936: Misteriosa llamada en casa de Luca de Tena

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Jueves, 16 de julio de 1936: Misteriosa llamada en casa de Luca de Tena

Soy Luis Bolín, corresponsal de ABC en Londres. Yo diría que a ti te conozco. Eres Torcuato, ¿no?, el hijo de Juan Ignacio. Bien, Torcuato, veo que tu padre no está. Sé que tienes diez años. Ya eres un hombrecito. ¿Puedo confiar en ti?

El niño, sin soltar el auricular, asintió algo perplejo. Le impresionó la seriedad de su interlocutor. Torcuato y su familia hacía unos meses que residían en un lujoso hotelito en el sur de Francia. Juan Ignacio Luca de Tena, el fundador de ABC, abandonó Madrid nada más ganar las elecciones el Frente Popular. Desde entonces, pese a que tenía un preceptor, Torcuato estaba de vacaciones y se dedicaba a descubrir, en su bicicleta, las playas de Biarritz.

"Las ciudades costeras del País Vasco francés se seguían llenando de refugiados españoles que abandonaban el país a causa de la inseguridad ciudadana. Lo de aquel día fue una auténtica riada de automóviles"

En las últimas semanas, las ciudades costeras del País Vasco francés se seguían llenando de refugiados españoles que abandonaban el país a causa de la inseguridad ciudadana. En un principio, las familias iban llegando con cuentagotas —entre ellas las de algunos generales como Mola—, pero lo de aquel día fue una auténtica riada de automóviles.

Destacaban los parlamentarios Gil-Robles, Goicoechea y otros miembros destacados de la CEDA y Renovación Española. Todos abandonaban Madrid para reunirse con sus familias en los barrios residenciales de Biarritz. Gil-Robles, al igual que Muñoz Seca, vivía en una zona de casitas cuyos nombres comenzaban todos por Toki: Toki-Enea, Toki-Antón, Toki-Iru… Muñoz Seca bautizó, jocosamente, a la suya, Toki-el-timbre. Gil-Robles hacía ya un tiempo que llegaba de Madrid los viernes, para regresar los lunes a cumplir con su tarea parlamentaria. Pero esta vez llegó el jueves, y sabiendo que no volvería.

Era la suya una familia especialmente reservada, a la que rara vez se veía por playas y paseos.
Huelga decir que, tanto en casa del conde de los Andes, secretario personal de Alfonso XIII, como en la de Juan March o en la de Luca de Tena, se celebraban reuniones conspiratorias prácticamente a diario. En el hogar de los Luca de Tena, era habitual que el poderoso vozarrón de Juan Ignacio traspasara las puertas. Al ser dueño de una voz vibrante, que cuando ejercía de actor aficionado se oía hasta en las últimas filas, resultaba difícil no escucharle.

Aquella misma tarde, Torcuato le había oído, desde el rellano:

—¡Miss Canarias por fin se ha decidido! Su mujer y su hija acaban de llegar a Francia. Lo de Calvo Sotelo le ha hecho cambiar de opinión. ¡Ya era hora!

El niño no acababa de entender lo que ocurría. Por una parte, en casa se hablaba con frecuencia de Ernestina, una parienta lejana que al parecer padecía una apendicitis, y cuya operación los mayores decían era inminente. Por otra, su padre repetía a menudo que estaba harto de generales indecisos que les hacían perder tiempo. Por eso, unos días atrás, después de hablar con Paco Herrera, dijo a su mujer indignado:

Katie, Katie, escucha. ¡Dice Paco Herrera que Franco no se quiere sublevar!

Seguramente aquello tenía que ver con los frecuentes y misteriosos viajes en automóvil de su padre y con la frecuencia con la que aparecía en sus conversaciones el general Mola, con quien la familia estaba en continuo contacto.

"Tienes que decirle a tu padre que llamo desde Casablanca, y que la intervención quirúrgica a Ernestina es más que inminente, que tendrá lugar en un hospital del Norte de África, mañana o pasado mañana"

Recientemente, tras una reunión durante la que se oyó gritar a su padre, el ama de llaves, Julia, encontró entre los cojines de un sillón, al hacer la limpieza, un sobre blanco. Había dentro —los contó enseguida— quinientos francos, una cantidad ingente para la época. Como era la silla en la que había estado sentado Juan March, se le envió corriendo a devolvérselo. Torcuato esperó algún tipo de recompensa. Pero March, sin siquiera mirar el contenido del sobre, se limitó a metérselo en el bolsillo. El niño no recibió ni las gracias.

—¿Seguro que puedo confiar en ti, Torcuato? Lo digo porque esto es urgentísimo, gravísimo. Tienes que decirle a tu padre que llamo desde Casablanca, y que la intervención quirúrgica a Ernestina es más que inminente, que la operación a vida o muerte tendrá lugar en un hospital del Norte de África, mañana o pasado mañana. ¿Lo has entendido bien?

—Sí —dijo el niño, algo confuso.

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