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2 de noviembre de 1936: La vivienda requisada

2 de noviembre de 1936: La vivienda requisada

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 2 de noviembre de 1936: La vivienda requisada

Pues aquí es. Pasa tú primero, Pepe.

El nuevo piso quedaba en la calle Fortuny. Un edificio moderno, con portería, habitado en su momento por gente acomodada, hoy fuera de Madrid. Posiblemente en el sur de Francia o en Portugal. Desde el verano lo ocupaban refugiados provenientes de los pueblos tomados por los nacionales. La gente huía ante su avance. El edificio lo ocupaban casi por completo evacuados de Navalcarnero. Un guirigay de madres, niños y viejos, hasta alguna cabra, convertían los antiguos salones en campamentos. Al verlos por una puerta abierta, a los Mañas les había impresionado. El ruido era el de una corrala. El olor, una mezcla de muchedumbre y cazuela.

—Pues está todo muy limpito —dijo Rosa.

Los cuatro miraron todo. Estaban en el recibidor. Enfrente había dos puertas cerradas. Inés las abrió: daban a un comedor en penumbra. Los postigos permanecían cerrados.

—Hay que airear esto…

"Mañas devolvió el Ortega a su sitio. Se acordaba de haber visto al filósofo con su tertulia en La Granja El Henar. Madrid había cambiado mucho"

Mariana se dirigió a la ventana. En el centro de la habitación había una mesa redonda. Una tela blanca la protegía del polvo. Encima, una araña de bronce y cristal, con bombillas de vela. Las sillas eran de madera buena, igual que el parqué —¡cómo crujía bajo sus pies!— y delante de la chimenea francesa había dos sofás enfrentados, cubiertos por fundas blancas.

—Pues está muy bien —dijo Mariana.

A sus espaldas, dos milicianos, que llegaban con colchones y bultos, dejaron todo en el suelo.

—¡Salud, compañeros! Y a disfrutar el piso.

—¿Seguro que es todo para nosotros? —preguntó Rosa.

—Eso han dicho.

Fuera, se oía a los vecinos. Había follón abajo, en el rellano. Alguien insultaba a una mujer, que replicó: «¡Vago, lo que tienes que hacer es ir al frente a luchar!». Con los bártulos dentro, Mariana echó la llave a la puerta. Se la ató a un cordoncito bajo la falda. Pepe se fue a la pequeña librería en una pared del salón: volúmenes de poesía de Campoamor, Zorrilla y Gabriel y Galán, novelas de Blasco Ibáñez y Baroja, ensayos de Marañón y Unamuno, la España invertebrada de Ortega.

—Pues ahora, a instalarse. Se nota que esto lleva tiempo vacío, hay mucho polvo —Mariana pasó un dedo por una balda, al lado de donde Pepe hojeaba un volumen—. ¿Qué te parece, Pepito?

Mañas devolvió el Ortega a su sitio. Se acordaba de haber visto al filósofo con su tertulia en La Granja El Henar. Madrid había cambiado mucho. Mientras cogía uno de los colchones, Rosa e Inés abrieron las ventanas de la casa.

—Ven, Pepito, vamos a ver los dormitorios —dijo Mariana, tirándole del brazo.

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Entrevista con José Ángel Mañas sobre 1936 día a día

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