Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 22 de julio de 1936: Otra vez en la Dirección General de Seguridad
Camarada, tú dirás lo que sea, pero este estaba dentro de la Escuela de Arquitectura cuando salieron los disparos. Se ha librado de milagro del paseo.
—Porque eres tú, camarada. Venga, soltadlo. Queda libre.
—Vamos, Pepe. Tu familia te está esperando.
Pepe Mañas y su vecino cenetista, Ángel Navarrete, echaron a andar por la calle del Barquillo. Camino de Gran Vía, Navarrete le puso al tanto de que su padre, Luis Mañas, se había acercado a la Escuela de Arquitectura. Al enterarse de que estaba detenido salió a buscarlo. No encontrándolo en el barrio, habló con su madre. Navarrete lo supo a su vuelta, de madrugada. Poco después se presentaba en la Dirección General de Seguridad y, con su carné de la CNT, operó el milagro. Por si acaso se traía al grupo de milicianos del Sindicato, bien pertrechados de fusiles, que ahora los acompañaban. Eran los mismos trabajadores en huelga que hacía nada patrullaban las obras y que desde que el Gobierno había distribuido armas tenían fusiles Mauser.
A Navarrete se le veía ojeroso. El levantamiento había fracasado en Madrid. Él estuvo entre los miles de obreros y sindicalistas que cercaron el cuartel y entró cuando la Guardia Civil derribó la gran puerta del edificio. A Mañas eso le hizo recordar a su compañero Basilio.
—Tienes que tener cuidado con quien te juntas, Pepe. Estaba con los fascistas.
Navarrete llegó al cuartel de la Montaña al amanecer y pasó las primeras horas parapetado, con más sindicalistas, tras unos plátanos. Los protegían las piezas de artillería que batían el cuartel y desmoronaron los muros de ladrillo a cañonazos. Después de que un avión lanzase centenares de octavillas, el bombardeo abrió un boquete en la fachada principal.
—Todavía tengo el olor a pólvora metido en la ropa. ¿Lo hueles? —Navarrete le tendió el brazo—. Dentro, no había defensa antiaérea. Cuando se acercaba alguien nos ametrallaban que daba gusto. Lo malo para los fascistas es que cerca había edificios altos. Nosotros también los freímos a disparos. Hemos luchado codo con codo con guardias civiles. Todavía no me acostumbro. Por todas partes llegaban trabajadores armados: en los otros cuarteles habían sometido a los sublevados, salvo a los de El Pardo, que se han fugado a la sierra. Eso nos daba moral. Como a las once, apareció una sábana blanca en una ventana. La Guardia Civil y los de Asalto creyeron que se rendían y avanzaron, pero los tirotearon.
—¿Había necesidad de matar a todos?
—Eran fascistas, Pepe.
La escena fue dantesca. Tras la entrada de la multitud, las paredes acabaron rojas de sangre. Se linchó a oficiales desarmados y a muchos cadetes. A los falangistas se les reconocía por sus uniformes nuevos. Se los hizo formar para ejecutarlos en el propio patio del cuartel. Según salía, Ángel se cruzó con Cipriano Mera, recién salido de la cárcel Modelo, que llegó ya con el patio lleno de cadáveres.
—Me imagino que tu amigo Basilio estará entre los cadáveres. Los han llevado a todos al hospital central. He oído que faltan ataúdes.


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