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23 de julio de 1936: El alcázar no se rinde

23 de julio de 1936: El alcázar no se rinde

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Jueves, 23 de julio de 1936: El alcázar no se rinde

En diferentes ciudades se produjeron acuartelamientos y asedios por parte de milicianos y fuerzas gubernamentales. El más famoso fue el del Alcázar de Toledo, donde la Academia de Infantería. Lo defendió el coronel José Moscardó. Allí se refugiaron dos mil personas: la mayoría guardias civiles de la provincia con sus familias y algunos cadetes de la Academia. 1.250 hombres, 550 mujeres y niños. Ni las ametralladoras, ni los obuses de la artillería, ni los bombardeos aéreos consiguieron doblegarlos. Se atrincheraron en un edificio singularmente bien ubicado en lo alto de Toledo.

Al coronel Moscardó, la orden de acuartelamiento le había pillado en Madrid, donde preparaba el viaje de una comisión de la Escuela Central de Gimnasia, de la que era director, a los Juegos Olímpicos de Berlín. Mientras se dirigía a Toledo, su mujer quedó escondida con su hijo Carmelo en el domicilio de un compañero, acuartelado también en el Alcázar, donde los detuvieron. Su otro hijo, Luis, estudiante de veinticuatro años, fue capturado por las milicias en su domicilio toledano y llevado a Diputación provincial.

Los republicanos se vieron obligados a cambiar de estrategia. A las diez de la mañana, el representante del Frente Popular en Toledo, Cándido Cabello, jefe local de Izquierda Republicana, hizo una llamada al Alcázar. Pidió hablar con el coronel Moscardó. Este estaba en su despacho rodeado de oficiales. Fuera, la aviación, la artillería y los milicianos seguían atacando la Academia. Por fin, Moscardó cogió el teléfono.

—Tengo a mi lado a su hijo, Moscardó. Lo mandaré fusilar si en el plazo de diez minutos no rinde el Alcázar. Para que vea que no miento, le va a hablar su hijo Luis. Chico, díselo a tu padre.

—Papá, los republicanos me tienen preso. Dicen que me matarán si no te rindes. Pero por mí no te preocupes. ¿Qué les digo?

—Sabes lo que implica ser militar, hijo. Tú me conoces y me comprendes. Por tu vida no puedo entregar el honor de cuantos estamos aquí. Encomienda tu alma a Dios y muere gritando: ¡Viva España! y ¡Viva Cristo Rey!.

—Lo haré, papá. Un beso muy fuerte.

—Otro para ti, hijo mío. Dile al jefe de los milicianos que se ponga de nuevo.

—Aquí estoy. ¿Qué me responde, Moscardó?

—No me gusta su propuesta. Puede usted ahorrar los diez minutos y fusilar a mi hijo. Pero no pierda el tiempo llamándome. El Alcázar no se rinde.

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