Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 24 de mayo de 1936: La Feria del Libro
La mañana del domingo era sagrada. Los madrileños, al salir de misa, paseaban bajo las acacias del Retiro o Recoletos y se quitaban el sombrero para saludarse unos a otros con afectación. Los que querían, descansaban en los bancos, a la sombra. Algún marido, a su vuelta, sería capaz de matar a su esposa por no encontrar el cocido listo. Pero por el momento disfrutaba del paseo matutino.
Había medio centenar de casetas por el andén derecho de Recoletos, bajando hasta Colón, a la sombra de los plátanos. Se notaba que el ambiente político crispado afectaba los ánimos del público. Bajaba la asistencia y la temática de las conferencias evolucionaba. Ese primer día anduvo Ramón J. Sender, en la caseta de Cenit, disertando sobre Rusia.
Allí estaba Hernando, con su prestigiosa colección de clásicos, y Victoriano Suárez, que lanzaba las obras completas de Menéndez Pelayo y Juan Valera; dos editores con librería propia en la calle del Arenal y en Preciados. También la librería de Fernando Fe y Francisco Beltrán, el de la calle del Príncipe.
En obras técnicas destacaba Ruiz, de la plaza de Santa Ana, y el francés Esteban Dossat, importador de novedades. También las publicaciones jurídicas de la prestigiosa editorial Reus, con tienda en Preciados. O la Nacional y Extranjera, con local en Caballero de Gracia. Y no podían faltar los Rubiños, libreros de varias generaciones. Ni la librería San Martín, en la Puerta del Sol, frente a cuyo escaparate fue asesinado José Canalejas. Ni la Sociedad General Española de Librerías, Diarios, Revistas y Publicaciones, y tantas otras.
La red de librerías madrileñas cubría una extensa zona céntrica limitada por la calle de Atocha y su casi paralela del Prado, continuaba por Santa Ana, Carretas y las calles transversales hacia Esparteros; las calles Mayor y Arenal; la de San Bernardo hasta la vieja Universidad Central; la de la Luna y del Desengaño y alguna que bajaba a Gran Vía en una zona llena de los libreros de viejo para profesores o de ocasión para los estudiantes que de paso se entretenían en prostíbulos cercanos. Y por el este, el comienzo de Alcalá y la calle del Príncipe, que rodeaban Puerta del Sol y aledaños, con el local de la editorial Mundo Latino, que popularizó a Rubén Darío, y la Casa del Libro de Espasa Calpe.
—¿Me decís que Rusia es agresiva? —exclamó el novelista Ramón J. Sender, con su frente alta. Se encaró con el público congregado ante la casta—. Pero ¿cómo puede no serlo, si tiene por vecinos a los dos pueblos más belicosos del mundo: Japón por el este, y Alemania en la frontera europea? Es casi un milagro que exista la URSS. Pero lo más fascinante, cuando uno viaja a Moscú, no es eso. Lo más fascinante es que el Metro lo han construido los obreros, y que apenas hay obra en la que no se sienta que el Estado es de los proletarios. Todavía, desde luego, hay pequeños autobuses de procedencia norteamericana y coches oficiales Lincoln abiertos, nada apropiados para el frío moscovita. Pero pronto esos vehículos también serán de fabricación rusa y no quedará ningún objeto, ¡ninguno!, que no lleve la marca del proletariado…
La gente asistía interesada a lo que decía aquel intelectual que, como tantos otros, había sido obnubilado por el sueño ruso.


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