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4 de julio de 1936: Juan March en Biarritz

4 de julio de 1936: Juan March en Biarritz

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Sábado, 4 de julio de 1936: Juan March en Biarritz

Todavía hoy, uno se puede acercar al café Royalty e imaginar cómo era hace sesenta años. Pegado a la plaza Georges Clemenceau, sigue siendo un local popular. Tiene estética a medio camino entre el pub irlandés y la taberna vasca, con fachada con toldos rojos —el rojo habitual en Iparralde— y su terraza de mesas que bien entrado el verano estarían ocupadas. Pero fue en su interior, guarecidos, donde se vieron los dos hombres que acababan de pedir el uno un café y el otro, más mayor, una infusión de manzanilla.

—No perdamos el tiempo, señor Herrera. ¿Qué noticias trae de Marruecos?

—Noticias complicadas, señor March.

"Siendo diputado March, lo acusaron ante la Comisión de Responsabilidades de prevaricación y contrabando. March se defendió en el Congreso exigiendo pruebas. No las hubo"

Francisco Herrera Oria, hermano del dueño del periódico El Debate, se entrevistó ese sábado con el financiero mallorquí Juan March, figura destacada entre los exiliados españoles enemistados con la República. Francisco Herrera, de rasgos severos, nariz noble, mandíbula prominente, pelo corto y plateado en las sienes, daba la misma sensación de seriedad jesuítica que su hermano Ángel Herrera. No le sentaba bien el mono de trabajo con que venía disfrazado y que le había permitido cruzar la Península. En cuanto a Juan March, no necesita presentación. Aunque estuvieran solos en un rincón del local, había a la puerta del restaurante un par de gendarmes retirados que le servían de escolta.

Franco sigue sin decidirse y Yagüe, a quien vengo de visitar en Marruecos, dice que solo se sublevará si Franco se pone al frente de la Legión. Y Mola se desespera. Él quiere colocar a Franco ante el hecho consumado. Dice que hay que enviarle un avión cuanto antes, y que eso solo lo puede organizar usted.

Juan March suspiró. Era un cincuentón, calvo, de perfil aguileño, con gafitas redondas que escondían un ligero estrabismo. La vez que se vio obligado a defenderse de la Comisión de Responsabilidades de las Cortes Constituyentes, Azaña escribió que parecía un viejo gallo desplumado, cohibido por los enemigos, y furioso. Estaría viejo y desplumado, pero seguía siendo un gallo de pelea, con ganas de desquite, y sus desencuentros con los republicanos venían de lejos.

Como cualquier revolución necesita dinero, el Comité revolucionario había pensado en él para ser el banquero de la República. En una ocasión, al coincidir en un restaurante, Indalecio Prieto bromeó: «Ya podría usted desprenderse de dos millones, para congraciarse y que no le pase nada». Su reacción fue, según Azaña, sonreír como un conejo. Desde el poder se le ofreció, vía Miguel Maura, un «seguro contra la revolución» que desdeñó. Más tarde, Azaña pensó en él para financiar el armamento de los revolucionarios portugueses y March exigió a cambio que lo recibiera y se formalizara, cara al público, la relación. Azaña dudó, y pasó el tiempo.

Despechados, los republicanos decidieron actuar contra el multimillonario. En 1932, siendo diputado March, lo acusaron ante la Comisión de Responsabilidades de prevaricación y contrabando. March se defendió en el Congreso exigiendo pruebas. No las hubo. Pero eso no fue óbice para que Prieto lo tildara, desde lo alto de la tribuna de la carrera de San Jerónimo, de personaje infecto, despreciable, y lo metiesen en prisión durante los buenos dieciséis meses que duró el proceso.

Dieciséis meses durante los cuales no se pudieron concretar los cargos. Meses amargos para March, quien al final decidió fugarse… por la puerta de la cárcel de Alcalá de Henares, y en coche.

"Cualquiera que conspirara contra la República sabía que tenía abiertas las puertas de la fortuna de Juan March"

Desde entonces vivía exiliado en Francia, y era una referencia para cualquier conspiración. Tanto el general Mola como los tradicionalistas le debían armas y donativos, y cualquiera que conspirara contra la República sabía que tenía abiertas las puertas de su fortuna.

Y aquí estaba, siempre pendiente de la evolución de la política madrileña, el chueta mallorquín, esperando a que se produjera el alzamiento.

March tenía una excelente memoria y no olvidaba nunca un agravio.

—Si es solo eso, está arreglado —replicó—. Dígale a Yagüe que tendrá en breve noticias de la llegada de Franco. Yo me encargo de ello.

Se dieron la mano y Francisco Herrera se levantó, aliviado. Juan March se quedó meditabundo en la silla. Con un gesto tranquilo, vertió el contenido de su sobre de azúcar en el café.

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