Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 4 de junio de 1936: Reunión de patronos
A mí la huelga, sencillamente, me hace polvo. No puedo dar respuesta a quienes me llaman. Estando sin montadores eléctricos, tengo averías que se quedarán sin atender. A todo esto, la Casa del Pueblo y los locales de la CNT parecen un carnaval. Están todos de vacaciones. Es como de chiste. Y eso que ya abren las tabernas…
El conde de Romanones fue el primero en ponerse en pie, apoyado en su bastón. Él y los demás patronos —Romanones, por sus negocios, tenía vínculos con todas las patronales— se hallaban reunidos en un antedespacho, esperando al ministro de Trabajo Lluhí. El conde acababa de pasar por Gobernación. Allí seguían todos agobiados con los disturbios de Santander, donde un pistolero de Falange había abatido al director de La Región, y de Zaragoza, donde una potente bomba destrozó el edificio en el que estaban las dependencias de Izquierda Republicana, del Partido Socialista y UGT. Como es lógico, las comunicaciones entre ambos ministerios eran incesantes.
El Ministerio de Trabajo era el más problemático. A Lluhí se le notaba el cansancio en la cara. Por el momento, se resolvía el conflicto de los camareros: los afectos a la UGT regresaban a sus puestos, aunque hostigados por la CNT. Era un primer paso. Había que romper uno de los frentes, el más débil, y en este caso el ministro logró hacer mella en los ugetistas.
Pero en la huelga de la construcción su mediación no estaba resultando eficaz, y los patronos —una veintena de dueños de constructoras, con traje y sombrero— seguían negándose a reunirse con trabajadores. Había entre ellos algún antiguo capataz enriquecido devenido empresario, pero la mayoría eran miembros de la burguesía acomodada o aristócratas del barrio de Salamanca que no pisaban una obra jamás.
—Siento el retraso, señores. Siéntense, por favor. —Lluhí, dando ejemplo, ocupó la cabecera de la mesa—. Ya sabrán que con lo de los ascensoristas y calefactores me he visto obligado a pasar el relevo a Gobernación. Al negarse la patronal a aceptar la fórula propuesta por nuestro Ministerio, el asunto ha pasado a ser un conflicto de orden público. Espero que no sea el caso con ustedes, y que nos mostremos todos comprensivos.
—Es lo que corresponde —indicó Romanones, siempre partidario de la flexibilidad. Como en tantas cosas, era un rara avis en la patronal. Nadie secundó su asentimiento.
—Todo dependerá de cómo se comporten estos energúmenos —dijo otro de los patronos, cariacontecido, con voz grave.
—No dispongo de mucho tiempo, señores —continuó el ministro Lluhí, que vivía bajo un estrés permanente—. La última notificación que me trasladaron ustedes dejaba tajantemente claro que la patronal se niega de manera unánime a dar satisfacción a la demanda de los trabajadores. ¿Sigue siendo así?
—Nuestra principal exigencia, señor ministro —procuró suavizar el tono Romanones. Y su sonrisa zorruna asomó bajo el blanco bigote— es que las conversaciones se lleven en el marco del jurado mixto. Es el órgano expresamente establecido para ello. Es nuestro único punto de intransigencia…
—Pues ustedes verán —suspiró el ministro—, pero ya habrán comprobado que los trabajadores mantienen un frente unido, con comunicaciones constantes entre la Casa del Pueblo y la sede de la CNT en la calle de la Luna. Como se ha confirmado esta mañana, todas las obras están paradas. Hay camiones con piquetes dando vueltas por los tajos de Madrid. Están perfectamente organizados, y con apoyos. Hoy mismo llegó un telegrama de la Federación de Obreros de Argentina, y llueven los comunicados de solidaridad internacional. Eso les da mucha visibilidad y resta margen de maniobra. El Gobierno está preocupado y el señor Casares Quiroga me ha hecho llegar su ruego de que acepten ustedes al menos sentarse a una mesa con los sindicatos. ¡Piensen que el Gobierno sufre un desgaste extraordinario con tanta huelga!
—Me temo, señor ministro —dijo uno de los patrones, robándole la palabra a Romanones—, que todo está hablado. Lo único que pretende la patronal, a estas alturas, es que los sindicalistas se sometan de una vez por todas a la legalidad vigente. O eso, o que se atengan a las consecuencias.
El clima de tensión que se sentía por doquier empezaba a ser latente. No parecía haber voluntad de diálogo en ninguna de las partes.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: