Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 5 de junio de 1936: El Madrid republicano
Una vez terminada su jornada de oficina, Pepe Mañas se acercó a coger el tranvía a la plaza Mayor. Allí, desde principios de mes, las obras de la explanada seguían paradas. Eso no quitó que hubiera por los soportales mucha actividad. Las tiendas abrían, los limpiabotas trabajaban, los tranvías daban la vuelta a la plaza repletos de gente, aunque quizá se veían en los estribos menos obreros. En el reloj de la plaza dieron las siete, y hacía buena temperatura. Con las manos en los bolsillos, se detuvo en la parada. Todavía se le hacía raro ver la plaza Mayor sin árboles.
Claro que cuando uno se paseaba a uno y otro lado del puente de Toledo, lo que te asaltaba era el mismo olor a madera bien curada de las carpinterías que proveían de peonzas a los niños. Y tampoco cambiaba el repiqueteo de martinetes en las herrerías con fragua al fondo donde se cambiaban herraduras a los caballos. Ni los mandiles blanquiverdes de los pescaderos. Quizá en las obras se pasase de los albañiles tradicionales, de blusa blanca y pañuelo al cuello, a las cuadrillas de inmigrantes sin preparación que habían ido construyendo la Ciudad Universitaria, ganando para Madrid los solares y campos cultivados de cereales que aún había cerca. Algunos trigares y alfalfales empezaban donde terminaba el caserío de Carabanchel.
A lo mejor destacaba el olor a gasolina quemada y el de los hierros calientes de los tranvías que se sumaba al humo de tabaco de las tabernas, o al de café tostado a las puertas de las tiendas de comestibles, el de canela, cacao y vainilla de las fábricas de chocolate o el de castañas asadas, cuando por Navidades los vendedores con chistera las asaban en hornillos. Y en el centro, el olor a aguarrás o a barnices de ebanistería cedía ante el de las churrerías y buñuelos que los repartidores de pan llevaban en cestos sobre la cabeza, junto con hogazas y vienesas para la merienda. Pero eso tenía que ver con la modernidad, no necesariamente con la República.
Y luego estaba el ruido de bocinas anegando las voces pregoneras de los vendedores ambulantes y la algarabía del mercado. Los gritos de cocheros y conductores, los organillos, los pitidos del guardia regulando el tráfico. Esos ruidos ahogaban el viejo Madrid en cuyo Rastro todavía se veían gitanos con burros, y por donde seguía habiendo terrenos con ovejas, vacas y caballos. No era inhabitual, en barrios periféricos, ver jinetes camperos y carros tirados por reatas de mulas o carretas cargadas de jara para las panaderías. O carruajes funerarios guiados sobre el pescante de una carroza por un cochero ataviado de levita, corbata y chistera, y arrastrada por caballos de penachos negros.
En realidad, concluyó Mañas, la República no era más que un ropaje nuevo para el mismo viejo cuerpo social.


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