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5 poemas de Melchor Pérez

5 poemas de Melchor Pérez

Zenda publica cinco poemas de Melchor López (Tenerife, 1965), de su reciente libro Según la luz (editorial Trea), un poeta que en 1994 fue incluido en la antología Paradiso: siete poetas, preparada por Andrés Sánchez Robayna. Según la luz reúne poemas escritos entre 1993 y 2015 agrupados en «ocho cuadernos de viaje», referidos a otros tantos ámbitos desde una intensa y límpida percepción poética, plena de verdad y belleza.

 El dios Oro

Te busqué inútilmente

en mi extravío por las salas

del Museo Británico, dios Oro.

Quería tenerte ante mí,

no en la lámina oscura

de una enciclopedia,

frente a frente los dos mirándonos.

Quería ver tus ojos maliciosos

y tus brazos de basta soga,

tu cuerpo de cordones y madera,

ridículo y terrible.

Te busqué acaso

siguiendo tu llamada.

 

Dios Oro, pobre

dios, muñeco de palo, tosco ídolo,

en qué vitrina en qué sala cautivo,

lejos de tu isla aguardas

el día del rencor y la ira,

la hora del hacha,

del incendio y su llama desatada.

 

Dios Oro, dios

tahitiano de la guerra,

ay del día que te liberes

en tus fuerzas malignas,

en tus potencias sin gobierno,

en los tifones de tus climas.

El horror cegará entonces los ojos

del guardián abatido,

en el silencio de las salas

se oirá un estruendo grande

como si un furibundo cíclope

derribara los muros de su celda,

y un resplandor extraño,

con la forma temible de tu cuerpo,

ascenderá en la noche.

 

Dios Oro,

dios Oro,

estos versos que ahora escribo

responden quizá a una orden tuya,

a un mandato secreto, a un conjuro

que somete a mi mano. Estos versos

acaso anuncian ya tu despertar,

el final del letargo,

la amenaza cercana, la venganza

contra aquellos que ríen

irreverentes, hacen chanzas

ante tu burda

imagen destructora.

 

Ante unos cuadros de Mark Rothko

Sí, usted fue, Mark Rothko,

el último dios vivo. Sí, el último

dios. O su enviado.

 

Sentado ante sus cuadros, conmovido,

oyendo ahora en esta sala

la música que suena, mueve

silenciosa las cuerdas, los colores,

las franjas paralelas

de su pintura,

con mi espíritu al fin

hallando su reposo, sosegándose,

ya aquietada mi carne

en su pobre materia,

vencidos los deseos,

las ansias doblegadas,

postrado como en una iglesia

levemente alumbrada

donde apenas se oyesen en el eco

algunos pasos, siento

que, si me concentrara,

si mi mirada se abriera, cerrándose,

ciega en sus ojos, hacia adentro,

lograría llegar

allá donde usted, Rothko, pintaba,

lograría pasar

sin dolor, casi sin esfuerzo, sí,

al otro lado.

 

La sirena

Era mediodía otra vez. Las plantas colgaban del techo vencidas por el calor. Almanaques, crustáceos y estrellas de mar decoraban las paredes. Hablábamos y llenábamos las copas en espera del almuerzo. Laura dijo: La madre es una señora guapa; la hija, por su piel, por sus gestos, podría ser tu hermana.

La muchacha venía de pescar hermosos peces de encendidas agallas, de vivísimos colores, como también hubiera podido traer conchas o tornasoladas caracolas o las más escondidas y extrañas piedras del fondo. Su piel, sus gestos, quizás, sí, fueran semejantes a los míos, pero yo vi en ella la mirada de la sirena inviolada engastada en sus ojos, pero yo adiviné, además, una brillante hilera de escamas naciéndole bajo el vestido

 

Catacumbas de San Francisco

Para la calavera de Juan Llampallas

 

Aquí yace Manoel Gomes dos Santos.

Aquí yace Maria Albina de Sá Nasareth.

Aquí yace Custódio Luiz de Miranda.

 

Los enterrados próceres de Oporto

ya no lucen sus finas galas,

abajo, en las tumbas coronadas

por huesos y macabros coros de calaveras.

 

Los enterrados próceres de Oporto

ya no pueden oír, arriba,

en el templo, el canto de los ángeles

declarando la gloria de la vida

que todavía fluye, poderosa,

entre profusos oros vegetales.

 

Aquí yace Thomas Leite Ferreira.

Aquí yace Maria Emilia Braga.

Aquí yace.

Aquí.

 

La paz, en Braga

Para Antonio y Mari Ramos

Posiblemente fuera por el frescor desprotegido de la piedra. O por el hálito de novicia de la brisa que soplaba en el jardín descuidado. O por el canto de los pájaros que tejían minuciosos las arañas de la tarde. O tal vez fuera por ver a aquella anciana diminuta, encogida en su cuerpo derrotado, aquella anciana, portuguesa de tan pobre, que rezaba sola en la iglesia de los Congregados. O tal vez fuera por las campanas que resonaban con sus ritmos semejantes dentro de la campana del aire. O porque mi espíritu estaba en vilo, recogido, envuelto en su misterio interior, dispuesto a dejar sonar su escondida arpa al más ligero roce. Debió ser por todo esto por lo que me asaltó la paz en Braga. Debió ser por todo esto, y por algo más, algo irreductible al conocimiento, por lo que la paz, insospechadamente, me asaltó en Braga; la paz que apaciguó durante unas horas mi exaltado espíritu y me hizo estar en conformidad con todo: con dios, el mundo y los hombres, este mundo que creó un dios y que destruyen los hombres, los hombres que son y no son de dios.

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Autor: Melchor López. Título: Según la luz. Editorial: Trea. Venta: Amazon y Fnac 

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