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Galería de rara antigüedad, de Jaime Siles

Galería de rara antigüedad, de Jaime Siles

Jaime Siles (Valencia, 1951) es catedrático de Filología Latina y Director del Departamento de Filología Clásica de la Universidad de Valencia. Premio Ocnos (1973), Premio de la Crítica Nacional (1983), Premio Internacional Loewe de Poesía (1989) y Premio Internacional Generación del 27 (1998), ha recibido también el Premio Teresa de Ávila (2003), el Premio de las Letras Valencianas (2994) y el Premio Andrés Bello (2017), estos tres por el conjunto de su obra. En 2014 la Universidad de Clermond-Ferrant lo invistió Doctor honoris causa.

Ahora publica Galería de rara antigüedad con Visor Libros, un poemario que ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma. Este libro asume y desarrolla el precepto nietzscheano de revivir en sí la Antigüedad Clásica, de objetivarla en una serie de imágenes, estampas y situaciones en las que se proyecta no tanto la nostalgia de su mundo como la consistencia de su realidad, tan necesaria para comprender en su compleja profundidad la nuestra. No hay aquí, pues, arqueología sino pasión, cultura y vida entrelazadas en el amor a Grecia y a lo que como ejemplo fue.

Zenda publica sus primeras páginas.

LA CUESTIÓN HOMÉRICA: A VUELTAS CON LA ILÍADA

A Don Martín S. Ruipérez, in memoriam

Delante de mis ojos veo a Aquiles combatiendo.
Mirmídones y dólopes no se quedan atrás:
avanzan con todo su pesado armamento, mientras
Héctor y los troyanos cierran filas en frente
y las flechas de ambos se cruzan en el aire
como enjambres de abejas
y las lanzas de bronce brillan bajo el intenso sol.
Tengo dieciséis años y leo en griego
los versos de la Ilíada que ignoro entonces
cuánto y de cuántas formas me van a acompañar.
Cóncavas naves navegan por mi mente.
Catálogos de armas y guerreros también.
Se me va haciendo familiar su estilo:
tanto el de ellos como del de las palabras
que cada hexámetro, bajo la luz del flexo,
extiende sobre mí. Quiero que los aqueos
venzan y los troyanos pierdan, o al revés.
Me gustan los parlamentos de los dioses.
Admiro la belleza de Helena, que imagino,
los recursos de Ulises, la humanidad de Héctor,
los consejos de Hipóloco a Glauco y cómo
las generaciones de los hombres
—como las de las hojas— están destinadas a caer.
Todo está dicho —muy bien dicho— allí.
Cada composición tiene estructura,
cada ser humano es un relato, cada héroe
es una canción. Leo cómo los dos ejércitos
se mueven, cómo va sucediendo todo
lo que en la caída de Troya sucedió.
Tengo sesenta y cinco años y leo a Homero
en griego y ya no soy aquel ni el mismo
muchacho que hace cincuenta años lo leyó.
El texto no ha cambiado y sigue siendo el mismo.
Delante de mis ojos Aquiles sigue
combatiendo. Los mirmídones y los dólopes
no se quedan atrás: avanzan con todo su pesado
armamento, mientras frente a ellos cierran filas
Héctor y los troyanos y las flechas de ambos
se cruzan en el aire como enjambres de abejas
y las lanzas de bronce brillan bajo el intenso sol.
La familia de Príamo contempla cómo se desarrollan
los combates y las cóncavas naves varadas en la playa
y las tiendas del campamento aqueo y a Menelao
y Agamenón. Soy yo, y no ellos, el que cambia.
Soy yo el que, al no formar parte de la Ilíada,
está de antemano condenado a morir. Navego
por la página como el sol por sus rutas
y voy viendo cadáveres cerca o en torno a mí
y no son de troyanos ni de aqueos ni de dólopes:
son de padres, familiares, compañeros y amigos.
Nada muere en el verso: el ritmo del hexámetro
con su ámbar protege el tiempo que no acaba
nunca de suceder, pero el nuestro termina.
No: no mueren los héroes de La Ilíada
sino nosotros, sus lectores, que, a diferencia de ellos,
somos lo que somos pero sólo una vez.
Sólo como ficción el ser perdura. Pero nuestra epopeya
no es el combate en las playas de Troya
sino otro más humilde, condenado
a un oscuro y anónimo morir. Por eso mismo
siguen teniendo su sentido Héctor y Aquiles,
Patroclo, Príamo, Helena, Agamenón.
Ellos ni morirán ni han muerto. Pero nosotros sí.

ODISEA, NUEVA VERSIÓN DEL CANTO XI

Dejamos muy atrás las costas de la Hélade
e ingresamos en un espacio extraño
donde hasta el sonido del viento en las jarcias,
como el del agua al dar contra la quilla,
era tan raro allí como el color del mar.
No era solo aquella espesa niebla
que parecía inmovilizar toda la nave
ni tampoco los horribles gritos que se oían:
era algo, procedente de nosotros mismos,
que se iba extendiendo como la oscuridad.
Luego sufrimos intensas lluvias de hielo y de granizo,
tormentas que rasgaron nuestras velas
y un olor a azufre y ajo tierno, que hizo
que mis compañeros se quedaran dormidos
y que yo, hipnotizado como ellos,
me agarrara con todas mis fuerzas al timón.
Teníamos las ropas empapadas
y el aire era cada vez más húmedo
en aquellos parajes pantanosos,
llenos de fuegos fatuos, fantasmagóricas figuras
y espectros producidos por una cada vez
más densa y grisácea vastedad.
Todos mis compañeros seguían aún dormidos
cuando una luz muy tenue de un oro viejo tibio
avanzó hacia nosotros que navegábamos
aún sin rumbo cierto, si es que no nos encontrábamos
anclados en una especie de lugar sin tiempo
en el que todo menos aquella luz intermitente
parecía sumido y sumirnos en la inmovilidad.
De pronto aquella luz iluminó las sombras
que había en torno nuestro y oí varias voces
sin cuerpo que fácilmente pude reconocer.
Pero de todas ellas una, y muy querida,
la de Anticlea, mi madre, se me impuso.
Fueron muy pocas las palabras
que sobre aquel episodio en el oscuro
país de los cimerios Homero recogió.
La poesía nos separa de los nuestros
y yo, y mis viajes, hemos sido materia de canción.
“Madre —le dije— ¿volveré a ver la isla en que nací?
¿Regresaré alguna vez a Ítaca?, ¿Veré, crecido ya
a mi hijo, y me reuniré al fin con mi mujer?”
Sus respuestas a todas mis preguntas
las borraba la niebla. Sé de memoria las palabras
de Homero, pero no son las suyas sino éstas
las que más prefiero recordar: “hijo mío, la Noche
dura un muy breve instante tras del cual hay
no la tenue luz de oro viejo tibio que ayer viste
sino otra, hecha de la más sonora claridad.”
Espero que el Canto XI de la Odisea sea cierto
y quiero creer que Anticlea, mi madre, no mintió.
Ahora empiezan a disiparse el humo y la tiniebla
y, como ellos, también nosotros vamos a desaparecer.
Por eso, antes de que mis compañeros se despierten,
deseo repetirme las preguntas cuyas respuestas todavía no sé:
“¿Estuve en el país de los feacios? ¿Conocí a Alcínoo?
¿Me llamo Ulises o me llamo Nadie? ¿Existí alguna vez?”
El agua de la playa de Ténedos y el agua escrita
por los remos son la misma: juntas forman la letra
de una trivial canción. Inventad a Homero
como el inventó a Ulises: inventadlos a ambos
porque todos sois como nosotros dos.
¿Alguna vez llegaremos al fondo de la Noche
o seguiremos navegando por el oscuro país de los cimerios
convertidos en sombras para siempre,
entre el hedor y el humo de los muertos,
rodeados de todos los cadáveres que un día
cuerpos fueron y que arrastran ahora estas
horribles aguas putrefactas por pestilentes afluentes
y turbios valles yermos sin vida y sin vegetación?

AOIDIMOI

Dos jóvenes guerreros comentaban
escenas del combate en el que habían
tomado parte activa el día anterior
y del que habían salido casi ilesos.
“Cómo eran —decían— el rumor
de las flechas en el aire, el entrechocar
de los escudos, el pánico insuflado
por las temibles lanzas y cómo aquel
bello y perfecto orden del principio
había quedado convertido
en horrendo espectáculo en el que
se mezclaba el extraño perfume
de la sangre con el raro sonido
que los cuerpos hacían al caer.
Todo eran gritos y dolor y nadie
sabía dónde estaba ni tampoco
qué es lo que hacía allí.
Combatían sin más, y eso era todo.
Combatían como les habían enseñado:
eran autómatas con armas en las manos
sobre un suelo que el polvo
y los cadáveres ya no dejaban ver”.

Recordaban no cada maniobra
sino sólo el montículo en que se replegaron,
el humo que todo lo envolvía
y la llanura cubierta de despojos
a la que se les dio orden de volver.
Muchos de sus amigos yacían allí muertos
y de los heridos prefirieron no hablar.

Pensaron que sus vidas confluían en esto:
seres para la guerra, como eran,
las suyas tendrían este mismo final.

Luego levantaron sus copas y brindaron
por el aedo o el rapsoda
que les daría a ambos la inmortalidad.

Murieron frente a Troya varios días después.
Han dejado de ser dos jóvenes guerreros
y viven convertidos en lo único que acaso
para los hombres del futuro ambos quisieron ser—
sólo esto: cantables, es decir, tema de canción.

La guerra de Troya aún no ha terminado.
Eso —y no otra cosa— dicen estos guerreros
mientras limpian sus armas y se aprestan al día
en que para ellos todo, menos la guerra de Troya,
terminó.

MNAMÓN EL CRETENSE

A Don Luis Gil

Mucho antes de que existiera el borgiano Funes
hubo en Creta un memorioso todavía mayor.
Su nombre no deja dudas al respecto:
se llamaba Mnamón y todo lo conservaba
dentro de su memoria: los archivos del reino,
las cuentas de palacio, los enseres, las bestias,
las piezas y cabezas de ganado, las armas,
los carros, los pertrechos, todo cuanto informaba
aquella primitiva —o no tan primitiva— sociedad.
Todo, todo estaba dentro de su memoria.
Todo, todo, menos él, que no formaba —¿o sí?—
parte del inventario y que, por ello, carecía
de existencia real: no era un objeto como todo
cuanto le rodeaba, y no serlo le producía
angustia y desesperación. Los esclavos, las vasijas
y los animales tenían existencia real. Él, en cambio,
tenía por misión recordar todo lo que los otros eran:
su número, su género, su cantidad. Y él, que podía
recordarlos uno a uno a todos y enumerar todas
sus cualidades, describir sus distintos caracteres
y hasta catalogarlos según su precio, su peso o su tamaño,
nada lograba saber nunca de sí. Como él en Creta, había,
hubo y hay pero que muchos hombres, que saben todo
de todo, pero que —a diferencia de Mnamón— lo saben
para no tener que saber nada de sí.

PHOINIKASTAS

Escribo todo lo que Mnamón me dicta.
No me molesto nunca en recordarlo,
pues eso es lo único que debe hacer él.
Yo me limito a dibujar los signos
que la realidad entera representan.
Por eso no me angustio ni desespero
tampoco como él. Lo mío es más sencillo:
anotar lo que dicta, no tener que pensar
lo que él recuerda y, sobre todo, no tener
que saber. No soy un hombre triste,
conozco bien mi oficio: convierto
en escritura cuanto me dicta él.
¡Ojalá nunca llegue el día en que tenga
que hacer yo ambas cosas: recordar
las existencias y ajuares de palacio,
el número de enseres y vasijas,
cuál es la cantidad de grano almacenada,
cuántas las ánforas de vino, cuántos
los guerreros y los trébedes, y cuántos
los esclavos que tiene mi señor! ¡Ojalá
nunca llegue ese día, porque entonces seré
un hombre desgraciado y triste:
tan desgraciado y triste como lo es Mnamón!
¡Ojalá yo no tenga que depender de mi memoria!
¡Ojalá los dioses borren las pocas imágenes
que de las cosas tengo! ¡Ojalá los dioses
destruyan todo cuanto soy capaz de recordar
y me dejen tranquilo dibujando los signos
sobre esta tablilla de barro para siempre,
pues eso es lo que quiero: eso y nada más!

MERÁNIDES EL FRIGIO

Meránides el frigio
miraba el brillo de los caballos tracios
perlados por el metálico rocío de la sal.

La luz del mediodía coronaba sus crines
y el curso de sus venas tatuaba sus patas.

Parecían estatuas de bronce
y Meránides el frigio los miraba
como si en ellos no hubiera ya nada animal.

Por un momento pensó que no eran animales
ni estatuas de bronce sino dioses
y sintió su galope y vio cómo sus cascos
golpeaban el suelo, y una nube de polvo
nublaba su visión.
Supo que habían ascendido hacia el cielo
y que eran transparentes y azules como el aire,
y que nunca ya nadie los vería
como él, a la luz de aquel eterno mediodía,
fundidos en la luz y el aire para siempre, los miró.

La vida está hecha de instantes
como el de Meránides el frigio,
en los que los dioses nos revelan,
más que la belleza, el carácter fugaz de su visión.

Saber que las imágenes existen
ocultas en los pliegues de las cosas
y que sus símbolos traducen,
unas veces la luz, y, otras, la oscuridad.
Y que nosotros vivimos siempre
del lado de la sombra y que lo que nos llega
son los restos, los flecos, los despojos
que nos arroja, a modo de limosna,
la bondad o el descuido de algún dios.

Eso es lo único propio que poseemos:
aquello que los dioses, en su olvido calmo,
nos han querido dar.

Veamos, pues, las cosas
como vio sus caballos Meránides el frigio
y ascendamos como ellos: estatuas de bronce
fundidas para siempre en un aire sin tiempo
transparente y azul.

BELEROFONTE LAMENTA SU SUERTE

Hubiera sido yo feliz en Argos, en la corte de Preto,
si su esposa Antía no se hubiese prendado locamente de mí.
Por sus mentiras fui enviado a Licia, al reino de Yobates,
con una carta sellada para él, en que se le decía
que debía matarme. Pero Yobates no lo hizo sino
que me encargó una serie de empresas casi irrealizables
como dar muerte a la Quimera, someter a los sólimos,
derrotar a las Amazonas y todas, todas las llevé a cabo
y —con ayuda del caballo Pegaso— las cumplí.
Mi apostura fue la causa de mis males. Como todos,
aspiré a demasiado y aquí estoy, derribado
por mi propio caballo, que no quiso elevarse hasta el cielo
tanto como lo quise yo. Como un proscrito, solitario
malvivo.
¡Ojalá Yobates hubiera obedecido el encargo de Preto
y, nada más haber llegado a Licia, hubiera ordenado
entonces y allí mi ejecución! Todos lleváis —como yo—
escrita vuestra muerte, y es mejor no aplazarla: el tiempo
puede ser una dádiva, pero nunca es un don. Que nadie,
pues,
aplace vuestra muerte: aceptadla de buen grado y con ánimo
en el momento mismo que la veáis venir. Os lo digo yo,
Belerofonte, hijo de Glauco y de Eurimeda, que pude
haber
vivido feliz en la corte de Preto, en el reino de Argos, pero
que, por mi apostura, no lo fui. Los dioses urden el
miserable
destino de los hombres, que es uno y siempre el mismo
y consiste en morir.

DE UN INNOMINADO PAFLAGONIO

Hablábamos Calístenes y yo de un paflagonio,
cuyo nombre ahora no recuerdo bien
que, hecho prisionero, durante muchos años
sufrió la esclavitud.
Deshecha su ciudad, arrasada su casa, confiscados
sus bienes y perdida su lengua, que era —nos dijo—
su única familia, tuvo que inventarse a sí mismo
para poder sobrevivir y, obligado
por tan adversas circunstancias,
no halló para su mal otro remedio
que engendrar en su mente un nuevo yo.
De día era un esclavo, obediente al látigo
y la voz de sus crueles amos,
no tan fuertes y astutos como él.
De noche, en cambio,
se hizo la ficción de que era libre
y transitaba por todos los lugares de su agrado,
visitaba los templos, ofrendaba a los dioses,
mantenía conversaciones con filósofos,
discutía con poetas y rétores
y volvía a todo cuanto, cuando era libre,
formaba parte de su mundo
y era sinónimo de su condición.

A menudo he pensado en este paflagonio
que, siendo esclavo, no dejó de ser libre
y que tal vez lo fue aún más que aquellos
que, por derecho propio, se supone lo son.

No recuerdo el nombre de aquel esclavo paflagonio.
Poco importa: es su ejemplo, y no el nombre,
lo que quería traer a colación.

Calístenes y yo hablamos de él —no sé por qué— a
menudo.
Nosotros somos libres, pero no al sabio modo en que lo
fuera él.

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Autor: Jaime Siles. Título: Galería de rara antigüedad. Editorial: Visor Libros. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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