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5 poemas de ‘Paulina’, de José Belmonte Serrano

5 poemas de ‘Paulina’, de José Belmonte Serrano

Tras nueve largos años de deliberado silencio, desde 2014, fecha en la que publiqué mi cuarto libro, Se está haciendo de noche (Huerga&Fierro), con prólogo de Julio Llamazares, he vuelto a visitar a esa esquiva y majestuosa dama llamada Poesía, cuando, si he de ser sincero, había perdido por completo la esperanza de publicar una nueva obra de creación. Cierta tarde de invierno, a última hora, cuando más arreciaba el viento y apretaba la lluvia, eché un libro en mi mochila y anduve sin descanso hasta hallar una vieja estación, solitaria y perdida. Me senté en uno de sus bancos y, aunque, por la edad, ya había domesticado mi corazón y había pactado con mi mente el futuro rumbo, aún pude tomar un inesperado último tren, sin saber con certeza su destino. Estos versos, que aparecerán bajo el título de Paulina en la editorial La Fea Burguesía, son el fruto de aquella aventura.

***

NADIE NOS AGUARDA

“… el ruido de los trenes es bueno para el alma humana”.

Manuel Vilas, Los besos

Pasan lentas las horas de la tarde,

cálidas como los trenes que mueren

en las estaciones de viejos lugares

donde hace tiempo se apagaron las voces

de todos sus viajeros.

 

Cerca de allí, en un patio olvidado,

una acacia ofrece su generosa

sombra, refugio de sueños y de aves.

Unos cuantos árboles polvorientos,

sin frutos, casi sin hojas.

Y una golondrina que rasga el cielo,

azul e inmenso como un océano,

con sus alas oscuras y ligeras.

 

El cansado viento, con voz secreta,

conduce las nubes de seda blanca

hacia su arrogante y extraño destino,

como un pastor dirige su ganado

a la quietud y al sueño.

 

Pasan lentas las horas.

Todo se desvanece con la noche,

ahogada en su temeroso silencio,

como una bella forma de vida.

 

Nadie nos aguarda. Nadie sale

al encuentro a alumbrarnos el camino.

Sólo una luz, y recuerdos hermosos,

la sutil belleza que tanto amamos.

Un libro descansa sobre la mesa:

oscuro paraíso que resplandece.

***

LOS BÁRBAROS

“Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de ello con nadie”.

Dino Buzzati, El desierto de los tártaros

Hace unos cuantos años que camino

por en medio del desierto, perdido,

al frente de un ejército de sombras

al que conduzco

hacia una muerte segura. Y, aun así,

los bárbaros nos pisan los talones.

***

EN RECUERDO DE FRANCIS SCOTT (1896-1940) Y ZELDA FITZGERALD (1900-1948)

Eran encantadores y felices,

bellos como una soleada mañana.

Y lo fugaz les añadía encanto

a sus locas vidas.

Pronto aprendieron a beber champán

en copa larga de cristal purísimo.

Las fiestas se convirtieron en material

para su literatura. Y sus novelas

se poblaron de ricos, de gente alegre

como ellos mismos, que conducían

lujosos coches a velocidades insólitas.

 

Sin saberlo acaso, retrataron

su propio drama, su final infausto,

con una precisión que dejaron plasmada

en la lápida de sus propias tumbas.

***

EL POZO

Nunca llegué a pensar que un día

todo aquello sería para mí.

Ni mi padre, que era callado, parco

en palabras, me dijo: hijo mío,

todo cuanto ves será tuyo,

como en las películas de los cines

a los que nunca acudíamos.

 

La casa sólo tenía una cuadra vieja

y deshabitada en donde había

un cerdo que sacrificábamos a final

de cada otoño,

un gallinero roto y sucio que nos abastecía

de carne para el asado de los domingos,

y un pozo oscuro, profundo y estrecho

en el que, a veces, durante el silencio

de la noche se podía escuchar

el rumor de las olas

y el largo lamento de los ahogados.

***

TARDES DE DOMINGO

A Juan Marsé

 

“Por ciertos ruidos de la calle, que oía, adivinaba la suavidad de la tarde”

A. Camus, El extranjero

Era domingo. El dominó, la cerveza.

Conversaciones en la barra del bar.

Una mañana tranquila,

sin nada que hacer.

Por la tarde, el fútbol. Casi la felicidad

embellecida por el ocio. Ciertas

muchachas con su cola de caballo,

con ese ritmo de princesas de barrio,

y el sabor dulzón del carmín en sus labios.

Un aire provinciano, reposado,

y una hermosa sonrisa dirigida

siempre a los otros.

De regreso a casa, las calles mal iluminadas,

aceras destripadas y solitarias.

Solares abandonados.

El eco lento y fugaz de unos pasos.

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Autor: José Belmonte. Título: PaulinaEditorial: La Fea Burguesía. Venta: Todos tus librosAmazon.

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