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50 estados: 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos

50 estados: 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos

Bajo la apariencia de una panorámica de la joven poesía norteamericana actual, este libro es en realidad un monumental caballo de Troya destinado a marcar una época. Tenemos a trece poetas estadounidenses nacidos entre 1976 y 1994. Poetas ignotos, como revelaría una breve batida por Internet. A lo largo del libro los encontraremos antologados en su lengua original y traducidos al español por Ezequiel Zaidenwerg, quien también entrevista a cada poeta guardando cierta distancia burocrática. Todo ello conforma una «novela tenue» —en palabras del autor— y espectral, fantasma de una nación poética que se trenza por obra y arte del juego en una sola, abigarrada y deslumbrante intimidad. Antología novelada o falso documental, hijo del pudor o del exhibicionismo, el dispositivo que Zaidenwerg despliega en este libro urde una potente reflexión en torno a autoría, tradición y traducción, pero es sobre todo una confesión que se lee como un manifiesto, a un tiempo enmienda general, bomba lapa y carta de amor a la poesía contemporánea.

Zenda adelanta un texto del propio Zaidenwerg y cuatro poemas del libro.

***

NOSOTROS LOS AJENOS

Empecé a traducir con regularidad en 2005 porque escribía muy poco, en relación al menos con lo que en esa época imaginaba propio de un poeta. Por entonces, confiaba en que sería un impasse momentáneo. Doce años después, es evidente que esa esperanza resultó infundada, pero la fe me dura todavía, aunque haya tenido que encontrarle un fundamento nuevo a la ambición en que se sustentaba.

De acuerdo a la manera en que percibo que me ven mis pares, me volví traductor más que poeta. Sigo escribiendo a ráfagas como antes, pero traduzco a un ritmo cada vez más sostenido: a diario el último año, menos una jactancia que la necesidad, que ha ganado en urgencia con el tiempo, de habitar un poema cada día, estudiarlo por dentro y desarmarlo para luego reconstruirlo en mi lengua y en mi voz; y probarme la suya.

Desde entonces, traduzco sobre todo poesía estadounidense. No hace falta decir por qué razones y hasta qué punto los Estados Unidos son, para nosotros, los ajenos, objeto de fascinada perplejidad y varia imaginación desde la infancia. Personalmente, mi descubrimiento de la literatura se produjo con una traducción de Huckleberry Finn. En mi recuerdo, mientras viaja por el Mississippi con el esclavo fugitivo Jim, Huck se detiene en un pueblo vecino y compra una lista larguísima de cosas —un cuchillo, tabaco, whisky, tocino y provisiones varias— por un dólar. Yo ya tenía alguna idea del valor del dinero, y al parecer también estaba al tanto de la inflación, tan acuciante entonces como ahora, porque no me asombró que a un chico como yo le dejaran comprar esas sustancias y estuviera dispuesto a consumirlas igual que los adultos, sino el inquebrantable poder adquisitivo de una suma tan módica. Mi primera noción de la literatura fue esa moneda única, ese dólar platónico, ajeno a los vaivenes de la tasa de cambio, que podía trocarse por una larga serie de pequeños tesoros singulares. Años después, volví a leer el libro en su lengua original, para encontrar de nuevo ese pasaje y recrear aquella sensación. Como era de esperarse, nunca pude encontrarlo. Pero, en retrospectiva, me quedó la intuición de que tal vez traducir sea una forma de mostrar lo que siempre estuvo ahí a pesar de jamás haber estado.

Tenía en esa época una idea tan imprecisa como persistente, que mantuve los años que viví en Buenos Aires, de cierta entonación, cierto pulso común a la poesía estadounidense: una preocupación fundamental por lo concreto y la materialidad de la existencia, usualmente expresada en poemas narrativos; el gusto por lo coloquial y despojado en detrimento del adorno retórico; la marcada tendencia a recortar trozos de realidad en representación de un orden general o trascendente. Por supuesto, esa idea resultó totalmente equivocada, como pude notar al mudarme a Nueva York en 2012: era mucho más fuerte la vertiente experimentalista que entendía el poema como un dispositivo o artefacto que el duro realismo que había imaginado; estos últimos años, sin embargo, pareciera advertirse un tímido regreso de la lírica y las poéticas del yo.

Empecé a traducir estos poemas hace casi una década, mientras aún vivía en Argentina, sin pensar en reunirlos en un libro. A medida que fueron acumulándose, se me impuso la idea de recopilarlos. La primera versión que proyecté era más reducida y no tenía entrevistas. Ya en Estados Unidos, cuando fui conociendo a algunos de los poetas, en persona o por mail, y tuve la ocasión de conversar con ellos, se me ocurrió que el libro, además de una muestra de poemas, podía ser un ensayo colectivo acerca de las múltiples maneras de la poesía estadounidense contemporánea; y, en cierta forma, una novela tenue. Los años dedicados a este oficio me convencieron de que eso que llamamos poesía es una interminable creación conjunta, un mosaico de poemas más que una galería de poetas.

Como muestra, este libro quiere ser menos representativo que variado. Es un mapa de estados de conciencia y de ánimo antes que un panorama de tendencias y grupos. Si bien se pueden ver líneas comunes entre algunos poetas aquí seleccionados, el conjunto es un arco de poéticas y voces muy diversas: el rugoso realismo semita de Joe Urbach; la apuesta por la imagen de Chris Talbott; la lírica epigramática de Sarah Diano; el pop paladar negro de Frank Shaughnessy; la devoción histriónica de Caitlin Makhlouf; el neoconfesionalismo de Amy Benoit; los poemas narrativos de inspiración panteísta de Adam Wolniewicz; la fusión de lisergia con relatos de aventuras de LeRoy S. Davis; los extraños paisajes y fábulas de 8A, heredero chicano de John Ashbery; las letras de canciones sin canción de Jillian Kwon; los collages y poemas encontrados de Michael Hoffner; el formalismo queer de Ariella Jenkins; y «Declaración de Independencia», el oscuro y precoz poema largo de Taylor Moore sobre la masculinidad en los Estados Unidos, de Thomas Jefferson a Donald Trump.

Es sabido que toda selección proyecta, en negativo, la imagen de su antólogo. En esta, en que invertí casi diez años, ya no sé si la mía es una sombra que apenas se insinúa o lo contrario: un dibujo por puntos. De lo que estoy seguro es de que en estos poemas se dejan ver mis propias experiencias de la década en que me hice adulto —muertes, separaciones, la política; pasiones duraderas o fugaces—, descompuestas como a través de un prisma.

Ezequiel Zaidenwerg

Crown Heights,

Brooklyn 31 de diciembre de 2017, 00:59

***

El hijo único (Chris Talbott)

The Only Child

I see him splash in the pool
Of his childhood, struggling not to sink,
A pair of floaters on his skinny
Arms — on vacation with his mother,
I see his thick glasses, watch
How he devours a book
In bed, while outside the sun shines &
The other children play in the yard —
I can picture him locked in
His room, away from the wrath
Of his young stepmother — or at school,
Sucking in his belly in a futile
Attempt to tie his shoes —
I see him reeling in the kitchen
As, somewhere, a plane taxis
To the runway, moments from taking
Off with his father forever — I see him
Tremble by the river, learning
Precociously, in the middle of a chilly night,
A new gymnastics from another
Body — I find him again, sitting on wet
Grass in the dull haze of drugs, drunk
& chain-smoking, chattering incessantly
With a lone friend — I catch him
Tormented by sex, alone before
Love & its atavism, lucid in
The naïveté he doesn’t know he has —
I watch how his muscles open, how
His height flowers upward — how, while
He grows shadowed with the desire
Of other people, he is burned, as by a silent ray,
By his own — in college, I see
Him with his hand raised, ready
With an inconvenient question —
I watch him transform soon after
Into a serial boyfriend, the most likely
Husband — I find him, eyes open,
In the conjugal night, gazing at the splinters
Of light that pass through the half-closed
Blinds and float across the ceiling —
I see him suspended in the air
In his assigned seat, unable
To sleep, sick to his stomach
Before the decision he will make, a plastic
Cup in hand — I discover him
Alone again, lost in the music,
Teeth coated with cement, trying
To learn how to live from flash
To singular blinding flash —
I observe how he floats amid
Fragility, gently, on his back — I watch him
Shut in himself, peeking over
The edge of his own youth.

*

El hijo único

Lo veo chapotear en la pileta
de la infancia, luchando por no hundirse
con flotadores en los brazos flacos —
de vacaciones con su madre, miro
cómo lee de un tirón una novela
en la cama, con sus anteojos gruesos,
mientras afuera brilla el sol & todos
los demás chicos juegan en el patio —
podría imaginármelo recluido
en su cuarto, escapando de la furia
de la madrastra joven — o en la escuela,
comprimiendo la panza en un intento
frustrado por atarse los cordones —
lo contemplo aturdido en la cocina
mientras, en algún lado, carretea
el avión que está a punto de llevarse
para siempre a su padre — lo descubro
precoz, temblando junto al río, mientras
aprende en medio de la noche helada
una gimnasia nueva en otro cuerpo —
vuelvo a encontrarlo sobre el pasto húmedo,
bajo la bruma blanda de las drogas,
borracho, parloteando sin parar,
fumando un cigarrillo tras de otro
con un único amigo — lo sorprendo
atormentado por el sexo, a solas
frente al amor & su atavismo, lúcido
en ser ingenuo sin saberlo — miro
cómo se abren sus músculos & crece
la flor de su estatura — cómo, mientras
se va cubriendo de deseo ajeno,
lo quema como un rayo silencioso
el suyo propio — en la universidad,
lo veo con la mano levantada
hacer una pregunta inconveniente —
lo miro convertirse, en poco tiempo,
en un novio serial, en el marido
más probable — lo encuentro con los ojos
abiertos, en la noche conyugal,
mirando las esquirlas de la luz
que pasan a través de la persiana
entrecerrada & flotan por el techo;
lo veo suspendido por el aire
en su asiento asignado, sin poder
dormir, con el estómago revuelto
por su futura decisión, & un vaso
de plástico en la mano — lo descubro
solo otra vez, perdido entre la música,
con los dientes cubiertos de cemento,
intentando aprender cómo se vive
de un fogonazo cegador a otro —
observo cómo flota entre lo frágil,
de espaldas, mansamente — lo contemplo
recluido en sí mismo, encaramado
al borde de su propia juventud.

***

El coliseo (Adam Wolniewicz)

The Colosseum

All we had to do was sketch a circle,
with a stick or foot, across the parched
earth, and suddenly the Colosseum
appeared before our eyes: Romans
with their bangs and sandals,
all in white; Caesar in his purple
robe, a crown of laurels in his hand,
waiting for the victor, surrounded
by an exultant din, like the hubbub of
the schoolyard. Then, we’d take
our gladiators from their glass jars
and make them fight: spiders
that gravity had already vanquished;
slow beetles in black suits of armor;
a centipede entangled in itself;
a cricket with a single wing. One day,
a technical development —chopsticks—
made it possible for us to capture
a pair of scorpions, a big one and
a smaller one, which we placed
in separate jars. When we released
these mythological creatures
into the perimeter of dirt, they fled
at once, and I managed to entrap them
inside an upside-down-jar,
facing each other: Underwater Combat.
At first, the small one circled
the bigger one, shaking its tail
as if it were a rattlesnake.
The other one ignored it. But then,
without so much as curving back
its tail, it ripped out the small
one’s stinger in its jaws, proceeding,
once it had been disarmed, to devour
its head. And so, imaginary
boos resounding in our ears,
in solidarity with the underdog,
we lifted up the jar and smashed
the monster with a rock. The next day,
after breakfast, we discovered
some black ants hauling off
the indistinguishable remnants
of the fight, heading underground.
And all we could make out
of the victor, torn apart,
hoisted up on the back of some
invisible bug, like an offering
to the deity of the underworld, was
the sharp point of that powerful arm,
the stinger, as it sank into the ground.

*

El coliseo

Bastaba con trazar sobre la tierra
reseca, con un palo o con el pie,
un círculo, y de pronto el coliseo
aparecía frente a nuestros ojos:
romanos con sandalias y flequillos,
todos de blanco; el César con su toga
púrpura y la corona de laureles
en la mano, esperando al ganador
en medio de un barullo jubiloso,
como de patio de la escuela. Entonces
sacábamos a nuestros gladiadores
de sus frascos de vidrio y los poníamos
a combatir: arañas derrotadas
ya de antemano por la gravedad;
lentos escarabajos de armadura
negra; un ciempiés enmarañado sobre
sí mismo; un grillo sin un ala. Un día,
un adelanto técnico —palitos
chinos— hizo posible la captura
de una pareja de alacranes: uno
grande y otro más chico, que pusimos
en frascos separados. Al soltar
a aquellos animales mitológicos
sobre el perímetro de tierra, pronto
se dieron a la fuga y yo alcancé
a volver a cubrirlos con un frasco
boca abajo, encerrándolos el uno
frente al otro: Combate submarino.
Al principio, el más chico daba vueltas
alrededor del grande y agitaba,
como si fuese un cascabel, la cola.
El otro lo ignoraba. Pero luego,
sin ni siquiera arquear el aguijón,
le arrancó el suyo al chico con las fauces
y después procedió, tras desarmarlo,
a devorarle la cabeza. Entonces,
bajo una silbatina imaginaria,
y en solidaridad con el más débil,
levantamos el frasco y aplastamos
con una piedra al monstruo. Al otro día,
después del desayuno, descubrimos
unas hormigas negras que acarreaban
los restos indistintos de la lucha,
bajo la tierra. Y distinguimos solo
del vencedor, despedazado, en andas
de un bichito invisible, como ofrenda
a la divinidad del inframundo,
la punta de ese brazo poderoso,
el aguijón, hundiéndose en el suelo.

***

Te fuiste (Caitlin Makhlouf)

You Left

You left to skate across the scabs. You left to hike around
the bush. To postpone. You left to repopulate Kentucky with
rabbits.You left to reconsider, to recalculate, to mask the S&M
in “activism”. You left to clear your mind, to bust your ass 24/7.
You left to reassess. To ascertain the concept of the “commune”.
On the transnational highway of white privilege, you left to
steer your social drive in a rental car —Thelma & Louise

May Alcott. “No phone reception”, “in the middle of nowhere”
—with your sporadic texts in neo-Braille, you left to mince
your words like meat. You left to be who you are. You left to
be yourself. Who you should be, if you had been who you
thought you were or thought you could be. You left to deftly
pack up everything in boxes, suitcases. To trick your stomach
full. You left with your bags of tricks and your organic smoke
bombs. You left to find your forest fire. Toward your national
park. Into your rangers’ arms.

*

Te fuiste

Te fuiste a patinar sobre las costras de la herida. Te fuiste a
caminar. A dar rodeos. Posponer. Te fuiste a repoblar Kentucky
de conejos. Te fuiste a reevaluar, rizar el rizo. A enmascarar las
letras S & M de «activismo». Te fuiste a despejar, a deslomarte
24/7. Te fuiste a digerir. A dirimir la idea de «comuna». En la
autopista transnacional del privilegio blanco, te fuiste a manejar
tu afán social en un auto alquilado—Thelma & Louise

May Alcott. «Sin señal en el teléfono», «en mitad de la nada»
por mensajes en neo-braille erráticos, te fuiste a sopesar, como
quien pesa carne, tus palabras. Te fuiste a ser quien sos. Quien
deberías ser, si hubieras sido quien pensaste que eras o podías
ser. Te fuiste a embalar con eficiencia todo en valijas, cajas.
A engañar el estómago. Te fuiste con tus bolsas de trucos y
tus bombas de humo orgánicas. Te fuiste hacia tu incendio
forestal. Hacia tu parque nacional. Te fuiste hacia los brazos
de tus guardabosques.

***

No soy el jefe, sólo un empleado (8A)

I’m Not the Boss, I Just Work Here

For T. J.

And what if you couldn’t shake off
your recurring dream about some hare
krishnas making millions on Wall Street?
Why not follow your own yearnings,
the contagious dance of your body
with your body? And what if you weren’t
naked underneath your clothes, and an
iridescent blot covered your entire
skin, from neck to wrist, up to
your ankles —like a wetsuit, but
tattooed? Just yesterday,
with your back against the wall
behind the meatpacking plant, you smoked,
pensive, bandaged everywhere
except your eyes, awaiting the gunshots
under the merciless sun,
like a desiccated mummy, ready
to be used. Just add water.
 If the steam’s placebo effect
—which trickles from your muzzled mouth
this morning— evaporates, stay calm:
all memories are chemical,
but everything keeps better
in the cold. Come on, take me by the hand
and turn in circles while I unwind you,
like a ballerina writing messages
across the ice with her feet.

*

No soy el jefe, solo empleado

a T. J.

¿Y qué si no pudieras sacudirte
el sueño recurrente de unos hare
krishna que hacen millones en la bolsa?
¿Por qué no perseguir tus propias ansias,
el baile contagioso de tu cuerpo
con tu cuerpo? ¿Y si abajo de la ropa
no estuvieras desnudo, y un borrón
tornasolado te cubriera toda
la piel, del cuello a las muñecas, hasta
los tobillos —el traje de un surfista,
pero tatuado? Ayer, sin ir más lejos,
con la espalda apoyada en la pared
de atrás de un frigorífico, fumabas
meditabundo, todo envuelto en vendas
menos los ojos, mientras bajo el sol
inclemente aguardabas los disparos,
como una momia disecada y lista
para su uso. Solo agregue agua.
Si el efecto placebo del vapor
—que esta mañana sale de tu boca
amordazada— se disipa, calma:
todo recuerdo es farmacología,
pero en el frío todo se conserva
mejor. Vamos, tomame de la mano
y gira mientras yo te desenrollo,
como una bailarina que escribiese
mensajes en el hielo con los pies.

—————————————

Autor: VV. AA. Título: 50 estados: 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos. Selección, traducción y prólogo: Ezequiel Zaidenwerg. Editorial: Coedición de Fulgencio Pimentel y Kriller71. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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