Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Jueves, 6 de febrero de 1936: En el aeródromo de Cuatro Vientos
En el aeródromo de Cuatro Vientos, al suroeste de Madrid, el actual jefe de Aeronáutica, el general Goded, acababa de encerrarse en su oficina, en esa oficina en la que hasta hacía nada telefoneaba casi a diario a su entonces superior jerárquico, José María Gil-Robles. El dirigente de la CEDA lo recuperó durante su mandato en el Ministerio de la Guerra, al igual que a otros generales derechosos como Franco, Mola o Fanjul.
Goded, reconocido africanista, héroe de la guerra de Marruecos, que participó en el desembarco de Alhucemas, la operación militar más brillante del ejército español en África, no había sido excluido de esos contactos. El «pedantuelo», como lo llamaba Azaña, ya se había indisciplinado abiertamente, y el actual promotor de la posible sublevación en ciernes, el general Mola, contaba ya con su adhesión. Y sin embargo, según se acercó al teléfono, Goded no las tenía todas consigo.
La misión que se le había encomendado era preparar Madrid para un hipotético golpe que tendría su epicentro en el cuartel de la Montaña, con el apoyo de los militares de Cuatro Vientos. El problema era que Cuatro Vientos no era un entorno fácil. Con la excepción de Kindelán y otros generales aristocráticos de primera hornada, los aviadores jóvenes se mostraban en su mayoría favorables a la República. Ramón Franco, héroe rebelde del Plus Ultra y el hombre que estuvo a punto de bombardear el Palacio Real, seguía siendo un ejemplo para muchos.
—¿Cómo demonios preparo yo esto? —murmuró.
Con las ideas poco claras, se acercó a la ventana y ojeó la famosa torre de señales. Aquella torre de control fue construida en 1920 por Enrique Sierra en sus talleres del paseo de las Delicias. Desde allí se habían trasladado las piezas prefabricadas en hormigón para la terraza de más de cien metros cuadrados que cubría la planta baja. Era el elemento más característico del aeródromo, que en breve sería autorizado como alternativa a Barajas. La altura de la torre era emblemática de un cuerpo militar que siempre había aspirado hacia lo alto, hacia lo intangible y lo imposible…
Goded levantó la vista hacia el cielo. ¡Cuántas cosas habían tenido que pasar desde su lejana infancia en Puerto Rico, hasta acabar en este cuartel de aviación! Cuántas cosas había visto y vivido. Y no obstante había algo que unía todo aquello —el mar del Caribe, el desierto de Marruecos y el cielo de Madrid, ese cielo tan ensalzado por los pintores— y era la sensación de grandeza, de absoluto.
Algo que la aviación española contemporánea —cuyas hazañas más recientes iban desde el vuelo hasta Manila de la Escuadrilla Elcano hasta la travesía del Atlántico del Plus Ultra, hidroavión comandado por Ramón Franco, ambas en 1926, sin olvidar la invención del autogiro por De la Cierva— parecía dispuesta a recuperar, recogiendo el testigo aventurero de los grandes exploradores del siglo XVI: Pizarro, Cortés, Elcano, Cabeza de Vaca… Americano de nacimiento, Goded siempre había tenido presente su ejemplo.
Esa era la gran España a la que él pertenecía y a la que siempre pertenecería. La España que la República quería enterrar. Algo que, mientras viviese, él no consentiría.
Pero para ello iban a necesitar muchas armas, eso era evidente, pensó, volviendo a su mesa de despacho. Fanjul ya había empezado a concentrar fusiles en el cuartel de la Montaña. La idea era proclamar el estado de guerra y atrincherarse hasta que llegaran otros generales de prestigio, como Franco…, que no acababa de decidirse. Porque Sanjurjo podía decir muy alto aquello de «con Franquito o sin él nos sublevamos», pero cuando se habían sublevado sin él, la cosa había terminado como el rosario de la aurora.
Aquello no podía hacerse más que con Franco y con todos los demás generales, incluido Queipo, que tan poco le gustaba. Todos debían estar unidos. Y si todos lo estaban, entonces los días de esta puñetera república estaban contados, reflexionó, con la vista fija en el teléfono.


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