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6 fragmentos de Maggie Nelson

Foto: Tom Atwood.

Maggie Nelson es una escritora nacida en San Francisco, Estados Unidos, en 1973. Estudió en la Universidad de Wesleyan y se doctoró por la City of New York University (CUNY). Su trabajo desafía los límites de los géneros literarios y en él confluyen la autobiografía y la memoria, la crítica de arte y la teoría, la historia de las vanguardias, la teoría estética, la filosofía y la poesía. Entre sus libros de poemas destacan Something Bright, Then Holes (Soft Skull, 2007), Jane: A Murder (Soft Skull, 2005), libro sobre el asesinato de la hermana menor de su madre, tema que también trata en su memoria The Red Parts, The Latest Winter (Hanging Loose, 2003) y Shiner (Hanging Loose, 2001). En la actualidad, enseña en la Universidad de Southern California y entre otras becas ha sido beneficiaria de la otorgada por la Fundación Andy Warhol, la Guggenheim y la de la Fundación MacArthur. Sus títulos de no ficción incluyen Los argonautas (Tres Puntos Ediciones, 2018), El arte de la crueldad. Un ajuste de cuentas (Tres Puntos Ediciones, 2019), The Red Parts (Free Press, 2007), Women, the New York School, and Other True Abstractions (University of Iowa Press, 2007) y Bluets (Tres Puntos Ediciones, 2021), del que presentamos una selección de fragmentos.

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13. Una entrevista de trabajo en una universidad, con tres hombres sentados delante de mí, al otro lado de la mesa. En mi currículum dice que estoy trabajando actualmente en un libro sobre el color azul. Llevo años diciéndolo sin escribir ni una palabra. Es, quizás, mi manera de sentir que mi vida está «en progreso» en lugar de sentirme como esa porción de ceniza que cae del extremo de un cigarrillo encendido. Uno de los hombres pregunta: «¿Por qué azul?». La gente me pregunta esto a menudo. Nunca sé cómo responder. No podemos elegir qué o a quién amamos, quiero decir. Simplemente no tenemos elección.

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94. Bueno, como quieras. Habla la disfunción. Habla la enfermedad. Habla lo mucho que te echo de menos. Habla el azul más profundo, hablando, hablando, hablando siempre contigo.

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95. Pero, por favor, no vuelvas a escribir para decirme que te has despertado llorando. Ya sé que estás enamorado de tu llanto.

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194. Uno puede desear estar sorprendido (etát d’attente), pero es difícil, si no imposible, estar sorprendida a voluntad. Quizás lo mejor que uno podría hacer es mirar hacia atrás y ver qué sorpresas han ocurrido y, probablemente, volverán a ocurrir, «Aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor» (Dylan Thomas) y todo eso. Pero aún no estoy segura de cómo separar el amor del amante sin provocar algún tipo de carnicería.

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197. Supongo que es posible que un día nos encontremos y que parezca que no ocurrió nada entre nosotros. Suena inimaginable, pero la verdad es que ocurre todo el rato. «No hay blancura (perdida) tan blanca como el recuerdo / de la blancura» escribió William Carlos Williams. Pero uno no puede perder también el recuerdo de la blancura.

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199. Porque desear olvidar lo mucho que amaste a alguien –y, luego, olvidarlo de verdad– puede asemejarse, a veces, a la matanza de una hermosa ave que eligió, por nada menos que gracia, hacer de tu corazón su hábitat. He oído que este dolor puede ser reconvertido, por decirlo así, al aceptar «la impermanencia fundamental de las cosas». Dicha impermanencia me desconcierta: a veces parece un acto de voluntad; otras, de rendición. A menudo siento que me mezo entre ambos (mareo).

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