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Donde muere la muerte habita el olvido

Donde muere la muerte habita el olvido

Donde muere la muerte es el título bajo el que Francisco Brines reúne sus meditados últimos 23 poemas, si descontamos el prefacio «Brevedad de la vida» que opera, por estar escrito en prosa poética, como un poema más. Los editores de este cuidadoso volumen, de la colección Nuevos textos sagrados de Tusquets, ya nos advierten en una oportuna nota final que el autor estuvo trabajando en estos poemas «durante los últimos 25 años» y que «no pudo llegar a corregir las pruebas del libro, así que la editorial ha decidido mantener de la forma más fiel posible el manuscrito como él lo dispuso».

Pero que el lector no se engañe, nos encontramos ante un libro muy meditado de Francisco Brines, bien articulado y cerrado en cada uno de sus poemas, desde los que ha querido establecer un sincero diálogo con la otredad, además de revisar los significados más profundos de su obra.

"El lector sabe que en la escritura del poeta póstumo ya no arde la pasión, sino que de ella emana una desabrida luz que trata de abordar un diálogo definitivo"

Algunos notables poetas de su generación —del Grupo del 50— han tenido cierta inclinación por los libros póstumos, que no postreros, aunque entre ellos puedan establecerse notables diferencias. Jaime Gil de Biedma jugó a ser un poeta póstumo —quizá porque «quería ser el poema mismo»— para distanciarse de su personaje poético y poder ver en vida los efectos que ocasionaba este posicionamiento en el lector; Ángel González —con Nada grave— también fue un poeta inesperadamente póstumo, por mucho que sus luces ya fueran otoñales desde Prosemas o menos. Pero Francisco Brines, teniendo en cuenta estos coetáneos precedentes, se nos presenta como el más deliberado —si no el más auténtico— poeta póstumo de este magnífico elenco de poetas.

Y es que la perspectiva desde la que un poeta escribe este tipo de libros —de ahí el interés que suscitan— es muy diferente, pero también la del lector que se acerca a sus páginas como último destinatario. El lector sabe que en la escritura del poeta póstumo ya no arde la pasión, sino que de ella emana una desabrida luz que trata de abordar un diálogo definitivo. Un diálogo definitivo que compendie la existencia y re-signifique la escritura de la obra de su autor. El lector se sabe por ello el recipiendario de este legado último, de este pacto secreto con la escritura que pretende remansar el paso del tiempo. Francisco Brines no defrauda en este sentido, más que ante un alegato final en Donde muere la muerte, nos encontramos —parodiando al poeta— ante un epílogo que acaba prologando toda su obra.

"Francisco Brines, desde su característico elegiaco tono meditativo, aunque de una manera más concisa y directa en estos poemas, vuelve a repensar sus grandes temas literarios"

Francisco Brines vuelve a transitar en Donde muere la muerte por los grandes temas de su poesía, pero también lo vuelve a hacer de la mano de sus poetas dilectos, de sus maestros. Si El otoño de las rosas evoca a Juan Ramón Jiménez, en este libro último —Donde muere la muerteaparece ineludiblemente el Luis Cernuda de Donde habite el olvido. El paralelismo de ambos títulos resulta evidente, incluso podría hacerse un juego de palabras: Donde muere la muerte habita el olvido. Y es que el poeta de Elca parece seguir un subrepticio diálogo con el autor de La realidad y el deseo, y quizá por ello, siguiendo el mandato cernudiano, cada uno de estos poemas parezcan «el recuerdo de un olvido».

Francisco Brines, desde su característico elegiaco tono meditativo, aunque de una manera más concisa y directa en estos poemas, vuelve a repensar sus grandes temas literarios —entre los que destacan: el paso del tiempo que todo lo degrada y usurpa y el olvido—, como balance de su experiencia y de su poesía. Brines todavía tiene humor y lucidez para reafirmarse en su hedónica contemplación de la existencia, homenajeando el «Recuerda, cuerpo…» kavafiano en dos poemas admirables: «Las noches extinguidas (Desnudos en la noche)» —«Os besó mi mirada, os besa mi recuerdo, dos distintos deseos»— y «Creados a su semejanza» —«y regresa tu cuerpo […] y amemos siempre el mundo / porque una vez fue digno de este sueño»—. Pero Brines también recorre los grandes tópicos literarios desde el Beatus ille y el Locus amoenus —siempre centrados en los aromas de azahar de Elca, como «Trastorno de la mañana»: «Nunca vi una mañana / que cantara, que oliera)/ con tanta luz»—, o «Declaración de amor en Elca»: «del universo vasto que se muestra de día en el azul»—, hasta el Vita flumen manriqueño del «Último viaje» —«para llegar al mar / ya tan cercano»—, en donde el poeta se despide desde La última costa subido a la barca de Caronte. Por todo ello, la lectura de estos poemas no solo resulta emocionante sino imprescindible, por todas las implicaciones, connotaciones y relecturas que conllevan, para poder interpretar Las brasas de la poesía brinesiana. Un libro como este solo podía finalizarse con una poética memorable, y Francisco Brines lo hace con «El vaso quebrado» —«quiero que dejes / las palabras gastadas, bien lavadas, / en el fondo quebrado / de tu alma, / y que, si pueden, canten»—. Un magnifico colofón que cierra y abre eternamente su poesía a sus lectores.

Francisco Brines vuelve a conjurar a Luzbel desde estos poemas póstumos, que es el olvido; para ello, como señala en su primer poema, no «habla», sino que susurra a través de los labios de su lector, el único «testigo» Donde muere la muerte cuando lo habita el olvido.

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Autor: Francisco Brines. Título: Donde muere la muerte. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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