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8 poemas de Vicente Luis Mora

Foto: José Martínez.

Vicente Luis Mora es un poeta, ensayista, narrador, investigador y gestor cultural nacido en Córdoba en 1970. Ha sido profesor invitado en las Universidades de Brown (Estados Unidos) y Estocolmo (Suecia). En narrativa ha publicado las novelas Cabeza de Vaca (2017, XVIII Premio Torrente Ballester), Circular (2003, 2007) y Alba Cromm (Seix Barral, 2010) y el libro de relatos Subterráneos (DVD, 2006). En poesía libros como Mester de cibervía (Premio Arcipreste de Hita, Pre-Textos, 2000), Tiempo (Pre-Textos, 2009) y Serie (Pre-Textos, 2015). Ejerce la crítica en su blog Diario de Lecturas (I Premio Revista de Letras al Mejor Blog Nacional de Crítica Literaria). También ha publicado el libro de aforismos Nanomoralia (La Isla de Siltolá, 2016) Como investigador ha publicado la antología La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (1978-2015) (Vaso Roto, 2016) y El sujeto boscoso. Tipologías subjetivas de la poesía española contemporánea entre el espejo y la notredad (1980-2015), I Premio Internacional de Investigación Literaria «Ángel González» de la Universidad de Oviedo. También los ensayos Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual (Bartleby, 2006); Pangea. Internet, blogs y comunicación en un mundo nuevo (Fundación José Manuel Lara, 2006) o Pasadizos (Páginas de Espuma, 2008, I Premio Málaga de Ensayo). Presentamos una selección de poemas de Mecánica (46è Premi Vila de Martorell, Hiperión, 2021).

***

El reloj ciego

Conforman mi cuerpo
37 billones
de células.

Cada una de ellas,
cada uno de los días,
hace lo que debe.
Ejecutan su programación
y cumplen sus funciones
sin dudar, como un reloj.

La suma de esas células,
es decir, yo,
no ha sabido qué hacer
ni qué pensar ni uno solo
de esos días.

Soy la incertidumbre
de mi propio sistema.

***

Virginia sale al jardín

El ojo flota blandamente

Virginia Woolf

En el pasillo la realidad cruje
y se abomba, se curvan paredes y suelos,
en silencio se retuercen las líneas rectas
y los sólidos se esferan. Leonard duerme.
La realidad se puja, empuja, sobrepuja,
palabras fuerzan frases combadas,
pensamiento dimensión conjetura
calenturientamente.

Necesito luz y aire.

Salgo a ver el jardín,
pero basta posar una sandalia
sobre la grama fresca para entender
que es el jardín el que me percibe a mí.
Motas de polen me nievan,
los insectos se enredan en mi pelo,
pequeños coleópteros rojos se alternan
con mis labios, las briznas de césped
detectan que el bulto de mi cuerpo las apenumbra
y se retraen levemente, decepcionadas.
Las plantas saben que estoy aquí,
detectan una alteración química
en el entorno; acaso les llega un hálito
de mi perfume, me creen competidora, flor errante.
Las hormigas prueban la carne de mis pies,
pero me ven presa grande, difícil de transportar.
Los árboles despliegan sus receptores, sé
que me olisquean, quizá porque estoy hecha
básicamente de agua, y me ven poza vertical,
demasiado rápida para sus lentas raíces.
Soy un charco claro. Siempre resulto inadecuada.
Por muy despacio que me mueva,
soy rauda para sus antenas digestivas;
por veloz que me desplace, para los pájaros
tengo las maneras de las piedras. Leonard duerme.
Ante la naturaleza, distraerse es concentrarse;
los estímulos conectan contigo y te aprisionan
en sus redes efímeras de olores y tonalidades
agresivas, hasta el siguiente hechizo. Somos
la alimentación de los instantes, las capturas
de los colores, los instrumentos de las cosas
y no al revés, como nos enseñaron.
Los helechos y las zarzamoras me reclaman,
me ofrecen sus bayas y sus frutos para inseminarlos;
yo les ofrezco mis dones, invisibles. Durante
buena parte de la tarde nos miramos. Células
observándose en silencioso respeto. A mis espaldas,
la montaña carga con su dotación de seres vivos,
alimentándonos a todos: dona el agua a las raíces,
a los gusanos da madera, insectos a las aves,
hierbas, frutos y aves a las bestias, las bestias
a nosotros y nosotros, por fin, a los gusanos.
Se entretiene la giganta arbolada con estos juegos,
de leves variaciones, por los siglos.
Hojas de arce barren mi cabeza, limpiándola
de miedo. Nadie alcanza dones afuera.
Recorre mi cuerpo la omnisciencia jardínea
de quien mira con miles de ojos y terminaciones
nerviosas, de quien mira con el cuerpo de lo verde.
Sigo sin saber cuál es la palabra para luna
cuando eres la luna. De la misma forma,
el jardín nunca llegará, al formularme como idea,
a la palabra Virginia. Y esa es la felicidad
de las especies. El aire corta el cielo enrojecido.
A lo lejos siento el río, que me llama,
pero es pronto y prefiero rozar los rododendros
con los dedos; hojas y nervios contra huella dactilar,
dos escrituras nerviosas una contra otra,
como leyéndose en braille. La conciencia
del jardín comienza a perder el interés
en mí; decido volver dentro, pronto -Leonard
ha despertado- estará la cena dispuesta.

Entro en la casa, pero aún me giro
y veo el declinar del sol y cambia
el jardín, la miopía pretende
suavizar realidades y soy otra Virginia,
que mira a mi través y que desde otro jardín
en llamas me mira en este instante y se contempla.

***

Poema en estratos

Me despierta el ladrido puntiagudo de un perro.                           04/09/2017
Abro los ojos y tardo unos gozosos
segundos en recordar quién soy,
aparece el mapa de lo reconocido,
todo es gris en él, todas las provincias pardas.
Hasta entonces todo era posible.
Voy al baño a ponerme las lentillas                                                 06/09/2017
para no ver el yo borroso reflejado;
en su solución líquida las lentillas giran,
peces azules planos, ligeramente cóncavos,
ya dentro del ojo láminas de mar
delatan todo espuma a su través.
Salgo a la calle con visión marítima.
Paseo conectado a una red aislada
sin conocidos, sin interacción.
Llueve la mitad del tiempo, en la mitad                                           03/10/2017
de la cara, sobre una sola parte
del cuerpo, la otra permanece seca,
como un esparto; la mano inversa empapa
mi rostro al frotarme los párpados, no veo
más que una nube difusa de datos inválidos
que no arman sentido en la mente,
soy guarismos ininteligibles mal leídos.
De pronto reparo en que lo único que resta                                   10/10/2017
de la tragedia del Hinderburg
es la foto del Hinderburg en llamas.
La silicona circular os distorsiona
hasta volver los cuerpos definidos.
Cuando pienso en imágenes congelo                                                11/10/2017
el pensamiento en un instante verde,
donde se proyecta la figuración.
Si esto es Madrid, por qué me siento en casa.
Quizá por las aceras rotas,
que impiden caminar mirando al frente.
En las ciudades viejas
no existe el horizonte.
Una lentilla es un zepelín rajado
por el centro y extendido hacia fuera.
Así se escribe la histeria, quiero decir
aquí se inscribe la histeria, no hay mar.
No he decidido escribir este verso,                                                 12/10/2017
pero ahí está; quiero borrarlo,
pero resiste. Escribo para
llevarme la contraria, con ganas
de anular la voluntad.
Apenas mediodía y me he rendido.
El sol convierte en ondas las paredes.
Me siento hueco en medio de la calle,                                             14/10/2017
veo el mundo creado por reproducción
asistida. De ahí esta sensación de inautenticidad,
de no haber vivido nunca antes este momento,
de no llegar a experimentarlo, como si fuera
a nadie a quien las cosas le suceden.

***

Objeción al objetivismo 

Piero della Francesca
pinta a su mecenas de perfil,
para ocultar que es tuerto.

Velázquez, en cambio, pinta al suyo
—Inocencio X— troppo vero,
cierto y mendaz al mismo tiempo.

Los bosques y montes de Patinir
parecen exactos, pero observados de cerca
resultan ser azules.

Seurat disemina puntos
que el ojo transforma en ríos.

Picasso responde a su clienta
que no le importe no identificarse
con su retrato,
que ya se reconocerá.

Oscar Kokoscha muestra
al psiquiatra Forel
con cuatro dedos.

Y Wilde nos recuerda que el rostro
es la menos importante
de nuestras representaciones.

Dejemos el realismo atrás,
es la puerta del olvido.

***

El cielo interior

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

ROBERTO JUARROZ

En el centro de la mente hay otro cielo,
un espacio curvado y primordial
donde sucede el cosmos
invertido: el fondo es claro
y negras las estrellas. La escritura
refleja ese sistema en el papel.

En ese cosmos blanco de la noche
mental hay existencia en un planeta;
en él seres humanos se preguntan
si en el vasto sistema planetario
donde estamos nosotros habrá vida,
y ser y pensamiento inteligente
más allá de lo autorreferencial.

Y dentro de su mente habrá otro cielo,
y dentro de su cielo habrá otra mente…

***

El delfín y la expansión del universo

El universo crece
sin que sus objetos
aumenten de tamaño.

La imagen de un delfín
dando tumbos sobre la arena gris,
combando su plata elástica
sobre el polvo superficial
de un planeta sin atmósfera.

El sol no está vivo,
sino activo.

La idea de una vida que surge
de cosas inertes
parece tan inverosímil y fantástica
como un delfín que lucha por respirar
oxígeno en una roca giratoria,
y sin embargo es cierta.

La Tierra
nunca ha pasado dos veces
por el mismo lugar.

***

La mano habla

Este fragmento está redactado
con la mano recta y blanda,
y se nota.

Éste, en cambio, ha sido escrito
con la mano inclinada,
forzando la cursiva en la incisión,
afilando el trazo, usando
la pluma como una cuchilla.

Esta estrofa viene del puño apretado,
inscribiendo, dejando el papel
imposible por el dorso, legible
con espejo, una escritura
de antípodas y rabia.

Quizá cerrar los ojos
mientras la mano escribe
deje a las palabras ciegas;
quizá la mano dicte,
y no nosotros;
quizá tamborilea
y permuta el lenguaje
al ritmo de los dedos;
quizá la menor variación del trazo
afecta a la escritura;
quizá la tensión y emplazamiento
de los dedos
determina las palabras,
quizá el hecho de escribir sentados
impide a las palabras levantarse.

***

Fósiles

Antes, la basura estaba fuera de nosotros. Ahora está dentro. Los plásticos degradados que hace años proliferaban en escombreras y vertederos riegan nuestra sangre, fluyen por el interior, irrigándonos. Los metales pesados que siglos atrás dormían en la oscuridad de las montañas se depositan en las venas oscuras que serpentean por nuestros pies. La basura nos integra, nos forma y nos conforma, llega a nuestras células y se instala en la información genética; la basura que somos se propaga a nuestros hijos; los polímeros, vinilos y polietilenos absorbidos a través del pescado y el agua serán nuestros futuros fósiles. Al abrir nuestras tumbas dentro de quinientos años sólo encontrarán un esqueleto decorado con hilos de plástico. Un chisporroteo de huesos y cables de colores, macabro como el espinazo de una ballena varada, repleta de trozos brillantes de bolsas de supermercado. Confeti para la fiesta de la extinción masiva.

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Carmen Arelys Rivero
Carmen Arelys Rivero
2 años hace

Me encantó el poema – de Virginia sale al jardín – de Vicente Luis Mora