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8 de julio de 1936: Alfonso XIII recuerda su partida

8 de julio de 1936: Alfonso XIII recuerda su partida

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 8 de julio de 1936: Alfonso XIII recuerda su partida

Mi idea, majestad, es abrir el libro con la crónica de su emotivo viaje a Cartagena… siempre que no tenga inconveniente en revivirlo conmigo.

—¡Qué proclive eres al patetismo, Ruano! Pero te voy a dar gusto, mira. Si no recuerdo mal, en la última entrevista nos quedamos en el momento en que los guardias civiles nos alcanzaron a la altura de Aranjuez, entonces en plena orgía revolucionaria. El antiguo puente sobre el Tajo era un hervidero de gente. Todos acudían con pancartas y banderas a la plaza porticada donde convocaban una manifestación para festejar mi salida de Madrid. Pero a pesar de que íbamos en caravana y con escolta, nadie se dio cuenta de que estaba entre ellos. Nuestros coches se abrieron paso entre la multitud vociferante y ganaron velocidad al cruzar bajo la arcada que cierra la plaza camino de Ocaña, no sé si la conoces…

"Cuando me reconocieron, se limitaron a quedarse quietos y a llorar en silencio, de pie. Parecía El Angelus de Millet. Eso emocionó a mis acompañantes y a punto estuve de llorar yo mismo"

—La conozco, majestad.

—Al cabo, más o menos en el kilómetro cien, decidí bajar a estrechar la mano de los guardias civiles que nos escoltaban. La noche era espléndida. Rondaríamos los veinte grados. Lucía una luna llena primaveral en medio de un cielo tan despejado como mi conciencia. Uno de los sargentos nos aconsejó variar el orden de la caravana, y a partir de ese momento abrieron ellos la marcha. Detrás iba el coche del ministro de Marina, el tercero era el mío. Seguía el de mis ayudantes militares y cerraba el grupo la segunda furgoneta de la Guardia Civil.

—¿Y no se detuvieron en ningún momento?

—En La Roda de Albacete. Para repostar gasolina. Eran pasadas las doce de la noche. El pueblo estaba tranquilo. Pero algún trasnochador debió de percatarse, porque, cuando el último vehículo terminó de repostar, se le echaron encima. Igual creyeron que iba dentro yo. Los guardias civiles no llegaron a disparar, porque el conductor arrancó y aceleró, pasando entre los energúmenos que salían con azadas de entre las malezas. No les dio tiempo más que a lanzar piedras contra el vehículo. Después, no volvimos a detenernos hasta un paso a nivel con barreras cerradas, cerca de Murcia. Allí se nos acercaron unos campesinos. Solo que a diferencia de los de Albacete, esta pobre gente, cuando me reconocieron, se limitaron a quedarse quietos y a llorar en silencio, de pie. Parecía El Angelus de Millet. Eso emocionó a mis acompañantes y a punto estuve de llorar yo mismo. Pero pasemos por encima de estas minucias.

—Al contrario, majestad. Son los detalles así los que hacen buenos los reportajes. La literatura siempre está en los detalles.

"De pie en la lancha motora me despedí con un último «¡Viva España!» de quienes quedaban en tierra. El recordarlo todavía se me pone la piel de gallina. Desde entonces, no he vuelto a pisar territorio español"

—Los campesinos nos despidieron con un «¡Viva el rey!» que, al cabo de los años, todavía resuena en mis oídos. Nada más arrancar de nuevo, una vez que los vagones de mercancías dejaron libre el cruce y las barreras del paso a nivel se alzaron, nos adelantó un coche que saltó, dando tumbos, por los raíles. Se lanzó calle adelante a gran velocidad. En la caravana, conjeturamos si no serían los que nos habían intentado agredir en La Roda. Sospechamos que querían avisar en los pueblos de que llegábamos y que nos bloquearan el camino, para apresarme o Dios sabe qué.

—¿Y qué hizo entonces?

—Decidimos acelerar, para evitar posibles contratiempos. Yendo a máxima velocidad, adelantamos al coche en cuestión y recuperamos el retraso. Así llegamos a Cartagena de madrugada. Ya comenzaba a clarear cuando aparcamos en el muelle del Arsenal militar y pude estrechar la mano del almirante Magaz, capitán general del Departamento, la del gobernador militar de Cartagena y la del comandante general del Arsenal. Recuerdo que un rojo incandescente vibraba en el horizonte. Lo más emocionante fue cuando me subí a la lancha motora que había de conducirme al crucero Príncipe Alfonso, fondeado en medio del puerto militar, y de pie en ella me despedí con un último «¡Viva España!» de quienes quedaban en tierra. El recordarlo todavía se me pone la piel de gallina. Desde entonces, no he vuelto a pisar territorio español.

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