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Donde dio clases el diablo

Donde dio clases el diablo

No es el enclave más visitado de la ciudad que riega el Tormes, pero sí uno de los más enigmáticos. A espaldas de las catedrales, tras superar el Patio Chico y tomar una pequeña calle que transcurre entre edificios de nueva planta que intentan remedar la apostura de los viejos palacios, una pequeña plaza luce en su adoquinado unas líneas que recuerdan los contornos de la planta que en su día tuvo que tener la pequeña iglesia de San Cebrián. Nada queda en pie del viejo templo, que dicen que se levantó en el siglo XII sobre lo que era el mismo límite de la ciudad, con su ábside inserto en la muralla a modo de cubo defensivo. Toda su huella se reduce a los contornos del espacio que una vez acogió sus muros y al pequeño hueco que se abre en el punto en el que debió de situarse el altar mayor y desde el que una angosta escalera desciende hacia los restos de la antigua cripta, que se construyó aprovechando el pronunciado desnivel del terreno y aún conserva una pequeña parte de la bóveda de cañón que cubrió su superficie.

"En algún momento se comenzó a propagar por Salamanca un rumor que aseveraba que quien realmente daba sus clases en la ya famosa cueva era el mismísimo diablo"

Fue esa cavidad la que hizo correr ríos de tinta. Aunque su aspecto diste mucho de inspirar temor o suspicacias —lo que en su momento fue una galería subterránea es hoy un recoleto rincón al aire libre—, a ella le debe Salamanca buena parte de la fama heterodoxa que acumuló desde que la historia tuvo a bien obsequiarla con el privilegio de acoger una de las universidades más reputadas del mundo. En 1464 vio la luz en Francia un libro anónimo titulado Recueil des Histoires de Troyes en el que se aseguraba que Hércules había fundado en esa ciudad una academia donde enseñaba a sus pupilos artes mágicas. Manuel García Blanco, en su obra Siete ensayos salmantinos, recoge que, según esa tradición, el semidiós habría labrado en la tierra un gran hoyo, «dentro del cual puso siete artes liberales y muchos libros». No parece que le saliera muy bien la cosa; pese a que ese saber a disposición de todo el mundo, las gentes de allí eran de natural rudo y tenían otras preocupaciones. Tampoco su fundador, obligado como estaba a dispersar por el mundo sus heroicidades, tenía mucho tiempo para dedicar a su escuela, así que optó por moldear una estatua dotada con el don de la palabra y la instaló en aquella cavidad para que los interesados que tuvieran a bien acercarse por allí le consultaran las dudas que pudieran tener.

 

Quizá porque la historia resultaba poco verosímil, o acaso porque en España los mitos clásicos tenían menos arraigo que las viejas supersticiones locales, el acervo popular le dio al argumento un giro que resultaba, no se puede negar, más atractivo. En algún momento se comenzó a propagar por Salamanca un rumor que aseveraba que quien realmente daba sus clases en la ya famosa cueva era el mismísimo diablo, que adoptaba la forma de Asmodeo o de cualquier otro demonio adornado con el don del conocimiento para seleccionar a siete estudiantes de las aulas salmantinas a los que incorporaba, durante otros tantos años, a esa peculiar universidad paralela en la que les instruía en ciencias ocultas, tales como la nigromancia o la astrología. Una vez finalizado el ciclo, el diablo hacía un sorteo para elegir a uno de sus alumnos, que quedaba a perpetuidad bajo su yugo. Se especificaba, además, que Lucifer no estaba solo en su maestrazgo, sino que contaba con la ayuda de un sacristán o bachiller que respondía por Clemente Potosí, y algunas versiones apuntaban a la presencia en su cueva de una cabeza parlante que probablemente fuese una reminiscencia de aquella estatua hercúlea con capacidad para resolver cuestiones teóricas.

"Empezaron a apodarle El astrólogo o El nigromante, y en su calidad de experto en esas disciplinas sería inmortalizado luego por autores como Ruiz de Alarcón, Rojas Zorrilla o Quevedo"

A partir de ahí, la imaginación fue haciendo el resto. Un escritor portugués, Francisco Botello de Moraes, escribió en 1734 una Historia de las cuevas de Salamanca en la que recogía todas esas creencias y situaba en la cripta de San Cebrián a dos personajes mágicos: la madre Celestina y una diablesa llamada Mariálvara, que habría tenido cuerpo de mujer y patas de cabra. También comenzaron a desfilar nombres propios de intelectuales que supuestamente habrían formado parte de ese elenco de estudiantes a los que el diablo seleccionaba para impartirles su doctrina. Se menciona a veces al sacerdote navarro Pierre de Axular, pero quien se acabó ganando la fama de discípulo diabólico por antonomasia fue el escritor Enrique de Villena. Razones había para ello, porque la suya es una de las figuras más extravagantes de nuestra literatura tardomedieval. Perteneció a la nobleza castellana, corría por sus venas sangre real y ostentó el señorío de la villa de Iniesta, además de oficiar como caballero y maestre de la Orden de Calatrava. Le dio tiempo a pergeñar una obra abundante en la que se ocupó de temas muy diversos, de la medicina a la poesía, pasando por la teología, pero lo que le confirió su no demasiado buena reputación fue su querencia por el ocultismo. Empezaron a apodarle El astrólogo o El nigromante, y en su calidad de experto en esas disciplinas sería inmortalizado luego por autores como Ruiz de Alarcón, Rojas Zorrilla o Quevedo. La leyenda asegura que Villena fue uno de los discípulos aventajados del demonio y que, llegado a un punto, empezó a ingeniárselas para desarrollar por libre sus habilidades en las artes oscuras. Lo hizo bien y consiguió escapar, pero en un descuido su propia sombra se quedó atrapada en la cueva, lo que lo convertiría hasta su muerte en uno de los más firmes adeptos a Satanás.

"La leyenda, no obstante, siguió su curso y hubo varias plumas encargadas de refrescarla de cuando en cuando"

Todo esto según el mito. Lo que a ciencia cierta sabemos que ocurrió allí es mucho más prosaico. En algún momento de la segunda mitad del siglo XV, y sin duda escandalizada por todas aquellas historias de demonios y aprendices de brujo, la reina Isabel la Católica ordenó tapiar el acceso a la cripta de San Cebrián con argamasa y piedras. A finales de la siguiente centuria, la iglesia fue demolida y la cueva sirvió, primero, como trastero del palacio del Mayorazgo de Albandea y, después y sucesivamente, como despensa de panes y almacén de carbones. La leyenda, no obstante, siguió su curso y hubo varias plumas encargadas de refrescarla de cuando en cuando. Es famoso el entremés en el que Cervantes, muy finamente, se la toma a risa al presentarla como un subterfugio del que se sirve un estudiante para engañar a un marido burlado. La dimensión mítica y literaria se situó así por encima de la propia cueva, que ni siquiera pudo localizarse en Salamanca hasta que, en la década de 1990, las excavaciones arqueológicas permitieron recuperar lo poco que quedaba de ella y sacar sus vestigios a la luz. Los que quieran conocerla pueden dejarse caer por la llamada Cuesta de Carvajal, que asciende desde la explanada de San Esteban hacia los predios catedralicios, y asomarse por ver si encuentra allí los ecos de las explicaciones de Asmodeo o el rastro de la sombra de Villena. Quien esto firma ha pasado junto a ella unas cuantas veces, y a todas las horas posibles, sin que se le premiara con ninguna revelación ultraterrena, pero quién sabe de qué tretas puede llegar a servirse el diablo, o qué requisitos debe uno cumplir para hallarse entre sus discípulos.

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