El Pijoaparte golpea el pitillo contra la muñeca y, ya prensado, lo coloca entre sus labios. Lo enciende con la mano derecha mientras protege la lumbre con la mano izquierda. Desfilan frente a él numerosos personajes, todos arquetípicos. Primero, claro, Teresa. Universitaria idealista, burguesa al límite del desencanto vital. Después Maruja, desengañada y servil, resignada y pobre. Luis, «doméstico animal de lujo» que frisa la imbecilidad y palpa la hipocresía. Bernardo, el amigo del alma; Rosa, cuyo embarazo transforma el futuro; el Cardenal, jefe del hampa; los Serrat, despistados ricachones… Detrás de la candela humeante del cigarro, el Pijoaparte también puede ver cómo resurge la elevación de Montjuic, cómo brilla la verbena de San Gervasio, cómo sosiega el mar de Blanes, la Rambla, el parque Güell, la universidad, Pueblo Seco o el Raval. Un friso de aquella Barcelona compleja, hermosa aun en el gris de la dictadura, inimitable. Un texto que alimenta el orgullo catalanista, aire de Volksgeist con barretina.
Bueno, pues al calor del homenaje que indudablemente merece su creador, Juan Marsé, se ha desatado una polémica eterna. ¿Pertenece alguien que publica en castellano a ese ente llamado literatura catalana? Y, por ende, la reflexión terminaría en la pregunta que da título a esta columna: ¿qué o quiénes forman dicho ente? ¿Qué es la literatura catalana? Si tenemos en cuenta que las literaturas en idioma español y en idioma catalán llevan conviviendo al menos durante los últimos seis siglos allende el Ebro, cabría citar aquí el concepto filológico de «intertextualidad», acuñado por Bajtín, potenciado en España por Dámaso Alonso, y recurrente en los estudios filológicos actuales. La intertextualidad es la relación de un texto con todo el conjunto de textos que lo circundan; dicho de otro modo: el texto depende de su contexto cultural. Por tanto, en todo texto ideado en o desde Cataluña, ese contexto bebe, necesaria e indivisiblemente, de dos lenguas.
Sin embargo, para reclamar que, por ejemplo, Marsé forma parte del corpus literario catalán prefiero dejar a un lado la teoría literaria y centrarme en el primer párrafo. Porque hay una Cataluña que vive en estos autores, en sus personajes, en sus espacios. Hablamos de maestros soberanos del oficio, cuyo retrato de la sociedad forma parte del imaginario catalán, más allá de la lengua o incluso la procedencia. Por volver a la pregunta del encabezado: no importa demasiado qué es la literatura catalana, pero sí importa que ésta no sería lo que es sin nombres como el propio Marsé, Vázquez Montalbán, Laforet, Gil de Biedma o los hermanos Moix, por nombrar sólo a algunos escritores catalanes que blandieron con maestría el castellano en la historia reciente. Siempre resulta clarificador, en estas cuitas, cambiar el adjetivo por el sintagma preposicional; es decir, hablar de «literatura en catalán», no de «literatura catalana». Pero mucho me temo que ese ligero cambio sintáctico no daría pie a la necesaria trifulca política que se desliza por todo este asunto. Pero de eso, de convivencia lingüística y respeto cultural, mejor hablamos otro día.


Un vasco o un catalán o un manchego escribiendo en castellano, pero ambientando en sus respectivas regiones, no deja de ser literatura catalana, vasca o manchega y a la vez española. El nazionalismo en general es cerril y, en este caso, el periférico es muy manipulador. Vivo en una autonomía bilingüe y sé de primera mano como las gastan. Hay grandes nombres en los literatos del este de la península: a los arriba mencionados hay que añadir a Félix de Azua y Francisco Casavella, catalanes, y a Manuel Vicent y Paco Cerdá, valencianos. Y Pérez Reverte, murciano.
Y se me olvidó mencionar a otro grande: Eduardo Mendoza.