Nada

Ilustración: Juan Carlos Viéitez.

Hace días que no como, no duermo, tampoco rezo. Hace días que me refriego por las esquinas de esta casa como el perrillo chico que soy. Me miro las manos: son pequeñas, gordas, y tengo las uñas llenas de mugre; «son mías», pienso mientras me lamo. Me corretean por el cuerpo cientos de bichos y yo me rasco, me rasco, me rasco, porque me pica, me pica, me pica. Me pican las manos, las piernas, la cabeza y los nudillos de las manos y de los pies. Me rasco con las uñas, me rasco con los dientes. Me retuerzo como un gusano por el suelo, pego manotazos al aire y busco a tientas una luz: «No puedo más», aúllo.

Creo que estoy triste. Que las palabras no salen porque se amontan en la garganta y se apelmazan, convirtiéndose en bolitas chiquititas de barro que trago o que se convierten en nidos en los que se va amontonando todo lo demás. Me cuesta hablar, me cuesta escribir y me cuesta aceptar una mano que acaricia. «Guau, guau», me hace falta ladrar si alguien se acerca. Soy todo pelos y pulgas, un gurruño tirado en el suelo. Desde aquí, desde mi rincón, solo me queda observar.

***

En Nada, de Carmen Laforet, Andrea se muda a Barcelona para estudiar letras. Allí la esperan su abuela, sus tíos y una casa llena de muebles amontonados, comidos de polvo y miseria. La guerra ha pasado por encima de ellos como de tantos otros; ha quedado poco y lo que queda está hecho cisco listo para quemar. Sin embargo, en el piso de la calle Aribau cada uno se agarra a lo que puede y como puede, porque la vida sigue.

Sus tíos, Juan y Román, se tienen el uno al otro como el apestado a su peste. Los dos —excombatientes— son violentos, maleducados y tienen la mecha muy, muy corta. Juan da palizas casi a diario a su mujer, Gloria. Al mismo tiempo, Román goza con cada episodio violento que contempla o provoca entre ellos. Gloria, por su parte, se aferra como un clavo ardiendo a su bondad e intenta cuidar a su chiquillo lo mejor que sabe y le dejan, mientras se rebela como puede contra su marido en cada paliza y contra el odio visceral que se profesa abiertamente con Román. Angustias es la tercera hermana. Tiene un trabajo fijo y honrado, una habitación limpia y una moralidad intachable. Para ella, esa casa está llena de locos y desequilibrados a los que desprecia: ella es la única que se salva. La abuela es un saquito de huesos que no parece entender demasiado bien su situación ni la de quien con ella vive y que mantiene la esperanza de quien sencillamente no ve. El cuadro lo completan una criada oscura a la que casi todos temen y aborrecen, un perro, un loro y un gato lleno de pulgas. Una casa, en definitiva, colmada de desesperanza.

Lo que Andrea tuvo que sentir al cruzar el umbral de esa puerta no creo que difiera mucho de lo que siente una persona al saber que, por mucho que se esfuerce, diga o haga, terminará cayendo en un inmenso vacío, planeando en la nada. Duchas de agua fría, comida escasa, violencia constante y amargura se esconden, sin ninguna sorpresa, en la calle Aribau. Se la come el hastío. El contraste entre su vida y la de quienes conoce en la universidad se le revela esclarecedor: los demás viven, ella solo existe para observar. Avergonzada, sucia y chiquitita en un rincón. Sabe que esa mugre no se irá así como así. «También es suya», pienso. Me la imagino rascándose, lamiéndose, retorciéndose como un gusano. Aullando como yo, pero bajito.

***

Andrea sobrevive al caos, no se sabe muy bien cómo, pero sobrevive lo suficiente para recorrer las calles de Barcelona sorteando sus problemas y bondades; lo suficiente como para trazar amistades, de esas que se tienen cuando todo lo demás falta. Su amor por su amiga Ena lleva a Andrea a gastar su pequeña paga de orfandad en lujos con los que honrar su existencia y extirpar así su miseria: flores, chocolates o un pequeño tesoro familiar. Poder corresponder a quienes la cuidan se convierte en su prioridad. Su hambre pasa a un segundo plano: se transforma en un perrillo que se rasca y se lame, pero que vive tranquilo de caricias tras las orejas. Ena la quiere y la acepta, y para ella es más que suficiente. Sale del vacío, ya no roza con los dedos la nada. Está viva.

***

Ahora me pregunto si donde yo estoy es en el vacío, si es eso la tristeza. Si es un sitio, un espacio, un momento en el que las caricias no están, no porque no se den, sino porque no me rozan. Yo estoy dentro, los demás fuera. Si soy capaz de sentir más allá del picor y las heridas que me levanto de tanto rascarme. Si mis nidos sabrán albergar. Si conseguiré volver a hablar, a escribir y a aceptar manos de forma sincera.

Si podré convertir la correspondencia a aquellos que me cuidan en mi prioridad y seguir siendo un perrillo, pero uno que no observe, uno que viva feliz y tranquilo de caricias detrás de las orejas. Y estar, de nuevo, viva.

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Autora: Carmen Laforet. Título: Nada. Editorial: Austral. Venta: Todos tus libros.

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