Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Miércoles, 1 de enero de 1936: El rezo del presidente de la República
El Año Nuevo de 1936 cayó en miércoles. Ese día don Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la Segunda República y hombre religioso como pocos, asistió, como acostumbraba, a misa. No sé dónde, aunque a mí me gusta imaginármelo en una de las capillas del antiguo Palacio Real. Eso cuadraba bien con la elevada imagen que de sí mismo tenía este político de cincuenta y ocho años, soberbio, susceptible, de indudables dotes intelectuales, prodigiosa memoria y oratoria rica, sugerente, sinuosa, barroca y andaluza, al que yo visualizo comulgando, con esa misma cara seráfica de Marlon Brando, al interpretar al patrón de los Corleone, en El padrino.
Pero eso quedaba muy atrás. Ya se habían republicanizado todos. Ya nadie cuestionaba su lealtad a la República. Ni siquiera Gil-Robles, a quien el mismo Alcalá-Zamora echaba en cara no jurar la Constitución republicana (y quien replicó con justicia que él al menos no había roto el juramento de lealtad a la monarquía). Pero en cambio había una cuestión que preocupaba a este hombre religioso que permitió, mal que le pesara, la quema de iglesias y conventos («Una verdadera calamidad presidencial en los momentos difíciles», dirá un testigo de la época) y que tras su señalada pasividad durante el bienio de gobierno de las izquierdas, una vez confirmada la victoria de la CEDA y la formación de los gabinetes radicales de Lerroux, empezaba a hacer un uso inédito de sus amplias prerrogativas. Primero, amnistiando a Sanjurjo y a los cabecillas de la revolución de Asturias. Luego, hinchando en lo posible las corruptelas del famoso estraperlo, en el cual aparecía implicado Lerroux, su principal rival centrista. Y por último —su acción más decisiva—, acababa de expulsar del poder a la CEDA, el partido católico liderado por José María Gil-Robles. Su idea, que iba a resultar ingenua, era tutelar a gente como Chapaprieta y Portela, dos políticos de perfil bajo con los cuales pretendía imponer un grupo parlamentario centrista que, ante el descrédito de izquierdas y derechas, se convirtiera en la opción determinante en las próximas elecciones.
Por todo ello, no parece improbable que este político resentido, este «perturbado», en opinión de Azaña, este funambulista de la política, motejado el Cacique de Priego y Don Botas por sus oponentes, con pobres miras más allá de su ambición personal, sintiera algún tipo de remordimiento en su conciencia maleada y en alguno de los recovecos de su mente, según comulgaba, arrodillado ante el capellán de palacio:
—Oh, Señor, perdóname por mis intrigas y mi resentimiento, por mi arribismo, por mi falta de columna vertebral, por mi pecado de orgullo, por haberles metido chinas en el zapato a mis potenciales aliados, y por haber pactado, contra mis convicciones, con aquellos cuyos excesos me han horrorizado sin que haya podido remediarlo…
Casi me parece oírlo, con esa voz melosa con que dormía a las serpientes.


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