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El repelente niño vicente, de Rafael Azcona

El repelente niño vicente, de Rafael Azcona

Niños insufribles los ha habido siempre, pero los que produjo el nacionalcatolicismo en España fueron de aúpa. Con El repelente niño Vicente, Rafael Azcona inmortalizó los rasgos de la personalidad de tan desquiciantes almas. ¡Menos mal que contamos con su hermana, la díscola Pepita, para contrarrestarlo!

En Zenda ofrecemos un relato de El repelente niño Vicente (Pepitas), de Rafael Azcona.

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Los amantísimos padres

Como la mayoría de los niños, Vicente necesitó del concurso de un padre y una madre para venir al mundo, pero en su caso se trató de progenitores muy especiales: don Alberto ya quería ser jefe de administración cuando todavía llevaba pantalón corto, y doña Victoria fue «sus labores» desde la más tierna infancia.

Vamos, que habían nacido el uno para el otro, y que en lugar de enamorarse en un baile, en un cine o en una excursión campestre, que es donde se solía enamorar la juventud en aquellos tiempos, quienes iban a procrear a Vicente se enamoraron en una conferencia, espectáculo que la pareja prefería a cualquier otro tipo de entretenimiento siempre que la conferencia fuera clasificada como «Recomendada para jóvenes sin formar». Los jóvenes de la época se consideraban moralmente formados a partir de los treinta o cuarenta años; eso dependía, como la madurez de los melones, de que fueran tempranos o tardíos.

La conferencia que incubó su idilio se titulaba «El dinero no hace la felicidad, y donde esté la salud que se quite todo», y en ella el conferenciante, un financiero que tenía como violín de Ingres aleccionar al prójimo —sobre todo al prójimo económicamente débil—, dejó bien claro que la riqueza hace muy desgraciados a los ricos y que en cambio los pobres son felicísimos gracias a su pobreza. «Es por esto que los pobres —dijo el altruista financiero para terminar— en lugar de incendiar la Dirección General de Loterías cuando no les toca el gordo en Navidad, se consuelan diciendo que donde esté la salud que se quite todo».

Las miradas de Alberto y Victoria —todavía no tenían «don» ni «doña»— se encontraron cuando aplaudían enfervorizados al conferenciante, y así se produjo el flechazo.

En honor a la verdad hay que dejar constancia de que, aparte del papel de Cupido que el citado conferenciante representó aquella tarde, la pareja ya estaba madura para crear un hogar: don Alberto vivía en una clásica pensión madrileña desde la muerte de sus ancianos padres, y ya se sabe lo que son las clásicas pensiones madrileñas: cuando el huésped protesta por lo mal que le zurcen los calcetines, la patrona le suelta un clásico «¡Anda y que te zurzan!», y el huésped, acatando la orden, va y se hace novio de una señorita dotada de costurero, y doña Victoria, además de costure ro provisto de su huevo de madera para zurcir, tenía muy buena mano para hacer croquetas.

Así que a su debido tiempo —doce años de casto noviazgo, consecuente y sacrosanto matrimonio, y honesto uso del mismo— don Alberto y doña Victoria se convirtieron en autores de los días de nuestro biografiado.

El matrimonio no vivía en la opulencia, pero tampoco en la estrechez: vivía en Madrid, calle de Fuencarral 133. Don Alberto no había llegado todavía a jefe de administración, pero con su sueldo podían pagar el alquiler, comprar acelgas, pescadillas y huevos fritos, y ahorrar diez o doce pesetas todos los meses; no podían tener criada, pero la tenían, porque doña Victoria, apenas empezó a engordar, se dedicó a visitar y a recibir visitas y ya no le quedaba tiempo ni para hacer las croquetas. Obvio es decir que constituían lo que se llama un matrimonio bien avenido y que, en consecuencia, se aburrían horrores. He aquí su plan de vida:

Se levantaban a las ocho de la mañana, y aunque las porras le convertían los jugos gástricos en ácidos abrasivos, don Alberto, respetuoso con las tradiciones, desayunaba lo que su padre desayunó hasta el día de su muerte —un par de porras remojadas en un café compuesto de cebada torrefacta y achicoria—, y ya con el esófago en carne viva, se despedía de su señora con una frase ritual: «Y ahora al ministerio, a cumplir con mi misión de probo funcionario», pero se callaba «que consiste en ponerle trabas y cortapisas a toda cabeza de contribuyente que se asome a la ventanilla». Doña Victoria, en cambio, se pasaba la mañana zampándose cualquier clase de fécula que se pusiera en su camino, y riñéndole a la criada y al gato.

A las dos de la tarde, cuando don Alberto regresaba de poner le impedimentos al contribuyente, y salvo en Cuaresma, que solo comían bacalao, en el almuerzo alternaban las acelgas con las espinacas y la pescadilla de ración con la carne de pescuezo, pero los jueves se atiborraban de cocido madrileño, que según decía don Alberto era, con el sol de España, lo que más nos envidiaban los extranjeros; los domingos los festejaban con un arroz con conejo y la digestión la hacían a diario dando cabezadas don Alberto mientras leía el abc, y regañándoles doña Victoria a la criada y al gato.

Las visitas se realizaban al atardecer y consistían en ir a las casas de otros matrimonios, o de recibirlos en la propia, y tanto en una como en otras, los caballeros repetían lo que habían leído en el periódico o, cuando venía al pelo, hablaban de enfermedades crónicas e incurables; las señoras comentaban lo caro que estaba todo, y si podían, en un descuido de los anfitriones, pasaban el dedo por los muebles para ver si tenían polvo.

Por la noche cenaban siempre huevo frito con croquetas, y el aburrimiento acumulado a lo largo de la jornada los derrumbaba en la cama completamente estupidizados, o sea, prácticamente dormidos. No nos debe extrañar, por tanto, que la pareja tardara lo suyo en generar a su primer vástago. Que —ya es hora de aclarar lo— no fue el repelente niño Vicente, sino la díscola niña Pepita.

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Autor: Rafael Azcona. Título: El repelente niño Vicente. Editorial: Pepitas. Venta: Todos tus libros.

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