Siempre que termino de ver una película o una serie me da por dejar un comentario en Tuiter. No estoy seguro de cuál de mis patologías me empuja a hacerlo, pero el caso es que lo hago. Cuando acabé Sinners la pasada semana, compartí lo siguiente: “Se salvan el videoclip bluesero y el “Rocky Road to Dublin”. Pero, para ver la misma película, me quedo sin duda con el Titty Twister, con Robert Rodriguez y con Salma Hayek. Los Oscars ya son oficialmente una broma”.
Lo primero que se me pasó por la cabeza fue el clásico “¿pero qué cojones?“. Después tuve la tentación de ponerme canchero y responder algo como “no sé si me aburre más la película o el comentario”. Pero el caso es que me hizo pensar. No en el blues o en el hoodoo o los griots, que ahora sé lo que son porque lo he buscado en ChatGPT, y menos en las ganas que tienen los irlandeses de matar negros, cosa que jamás detecté en las múltiples ocasiones que he visitado el país de mis adorados Pogues, sino en los motivos que me alejan del cine moderno. Para mi reflexión parto de la siguiente premisa: Sinners, la película con más nominaciones a los Oscars de la historia del cine, más que Eva al desnudo, el doble que Casablanca o cuatro veces las recibidas por 2001: Una odisea del espacio, es una copia afectada de Abierto hasta el amanecer, la gamberrada de Robert Rodríguez. Lo que pasa es que Ryan Coogler, director de la nominadísima cinta, no se conforma con un giro de guion sorprendente y unas cuantas escenas vertiginosas y excitantes. Entre otras cosas, porque no se le ocurrieron a él. Lo que hace Coogler es sustituir el aforismo “si no tienes talento para crear, copia” por “eleva”, y de ese modo convierte una película de zombies en un mejunje pretendidamente trascendente que encierra una protesta. Y este es el primer problema: que siempre debe subyacer una causa. Y si uno va a ver 12 años de esclavitud o Pena de muerte, ya sabe que se irá a casa pensando. Pero tener que desentrañar las claves de una película de vampiros asesinos me resulta incomprensible y fatigoso. Para ilustrar mi argumento me viene al pelo una de mis películas favoritas de los ochenta: Los Inmortales. Ya saben, personajes condenados a vivir eternamente hasta que un rival les corta la cabeza. ¿Por qué? Porque sí. Y si el Kurgan mata al inmortal negro no es por el odio racista de los rusos esteparios. Es porque sólo puede quedar uno. Y si ensarta con su espada a un ex-marine en un callejón no es porque la soberbia banda sonora de Queen le produzca un arrebato. Es porque sólo puede quedar uno. Si acaso la única escena con fondo es el momento en que McLeod acribilla a un nazi que pretendía matar a una niña.
El segundo problema es la necesidad continua de maestría. Todo debe resultar sublime. Cada toma debe ser única. Cada plano, memorable. Da igual lo que necesite la película o la escena. Los campos de algodón desenfocados y oníricos, el videoclip bluesero que reúne en un granero de principios de siglo XX a cantantes y bailarines de todas las épocas hasta la actual. ¿Porque mola y yo lo valgo? No, amigo. Porque los raperos en 2026, como los labriegos del sur de Alabama en 1920, también protestan cuando cantan. Y todo, claro, en un insuperable plano secuencia. Después está esa estética tan encorsetada de la corrección política. Más causas pero de otro tipo. Las mujeres mandan en el sexo. Siempre. Llevan la iniciativa. Siempre. Salma Hayek en bikini y con una boa por estola, con el pie en la boca de Tarantino y derramando champán por su muslo, cosifica. Y es tan constante la exigencia que las escenas de sexo que salpican la película resultan extrañas y a destiempo. No es que no se vean venir, es que se tropieza uno con ellas. Un poco como llegar a casa un sábado de madrugada y escuchar a tus padres. Pero la corrección, lamentablemente, no sólo afecta al sexo. La asignación de roles está radicalmente condicionada por la ambición de pertenecer al lado correcto de la historia. Zombies sureños que tocan blues, buenos; zombies irlandeses que bailan folk en una celestial coreografía del “Rocky Road to Dublin”, que no todo va a ser descartable, malos. Y así. Y por si pudiera parecer que mi pataleta está motivada por la rabia que me da un comentario adverso o por una mala noche de “mejor nos quedamos y vemos una peli de las que tenemos pendientes”, sustituyan Sinners y Abierto hasta el amanecer por Una batalla tras otra y El gran Lebowsky, la lucha de razas del siglo XX por la revolución social del siglo XXI y los planos de campos de algodón por cambios de rasante propios de una atracción 3D de Disney. Todo sublime, eso sí. Todo correcto. Todo cargado de sentido. Hala, feliz gala de los Oscars.
Al cabo de un día había recibido tres respuestas (no es que sea un influencer precisamente) y una particularmente elaborada decía lo siguiente: “The Sinners describe al blues como música racial, vincula el blues con el Hoodoo y las tradiciones de los griots africanos. Presenta la colonización irlandesa, que a su vez fue colonizada por los británicos, como deseosos de destruir y aniquilar lo negro. Para mí, genial”.



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