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Ganadora y finalistas del concurso de relatos #detodalavida

Ganadora y finalistas del concurso de relatos #detodalavida

Más de 1.200 relatos se han registrado en la primera edición del concurso de relatos #detodalavidadotado con 2.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Desde el 15 de enero hasta el 2 de febrero, hemos recibido historias en las que nuestros recuerdos han cobrado el protagonismo desde todas las miradas posibles.

María Deulofeu Gabriel, con El último pastelillo, ha resultado ganadora —con un premio de 1.000 €—; y Patricia Aliaga Rodrigo, con La panadería eléctrica, y Paqui Rodríguez Extremera, con La cota cero del recuerdo, han sido los dos finalistas—han obtenido 500 € cada uno—.

El jurado ha estado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez. A continuación reproducimos el relato ganador y los dos finalistas.

***

GANADORA

TítuloEl último pastelillo

Autor: María Deulofeu Gabriel

Mientras seleccionaba las zanahorias más espigadas, Ana volvió a experimentar aquella extraña sensación. Aunque había aprendido a convivir con ella —como se acostumbra uno a la sombra del gato ajeno tras el cristal o al rumor de sus cacerías en el patio— ya era la tercera vez que se asomaba en un solo día.

La primera había sido al escuchar el tintineo tras abrir la puerta de la panadería en la que solían comprar siempre la mantequilla. Pronto aprendió que la receta nunca sería la misma sin ella, la que preparaba la dueña aún, a pesar de su edad. La segunda la estremeció un poco después, en la esquina, justo antes de encontrarse con la hija del carpintero. Habían sido muy cercanas en la niñez y ahora, aunque sus caminos eran distintos, no pudieron evitar reincidir en las mismas pláticas despreocupadas al pie de un durazno doblegado por el perfume de tantas flores.

No fue en los anaqueles de los que tomó la harina, sino al aproximarse a las bolsas de las nueces que se sintió, de nuevo, desvalida. Recordó, sin saber por qué, la mañana de su última niñez, en la que una fiebre grave disfrazada de resfriado le había hecho tambalear con las bolsas del mandado en la salida del almacén. Era cierto que aquel lugar ya no era el mismo. Desde hacía un tiempo había sido comprado por una cadena de supermercados que se esparcía en los poblados más rápido que un virus y que había dejado sin empleo a la mujer que en aquella ocasión, sin desprenderse del delantal, había acompañado a la niña que fue hasta la puerta de su vivienda.

La cerradura desdentada de aquella misma puerta de nogal por fin cedió y Ana pudo entrar, dieciocho años después, con las bolsas de las compras y la misma impresión febril del pasado. No se dejó intimidar por el silencio de los muebles que dormitaban fastidiados por el polvo y por la soledad. Se había empeñado en no dejar morir aquella casa. Viajó desde la ciudad ese verano con la intención firme de que la luz volviera a anidarla.

Ninguno de sus hermanos se sumó a la iniciativa a pesar de que, en los ojos de todos, una chispa fugaz se animaba ante el recuerdo, ante la sola mención del que fue durante tanto tiempo su hogar.

Lo primero que se le ocurrió fue preparar los famosos pastelillos de su mamá. Había encontrado el recetario la mañana en la que volvió. La vecina, que llegaba una vez al mes para darle mantenimiento al jardín, le entregó las llaves y un fajo de recibos de luz y agua que durante años había pagado por cuenta propia. Era cierto que nadie vivía allí, pero el gesto y la mención, en aquella primera plática, de la buena sazón de su querida amiga, le hizo decidirse por volver a poner en marcha aquel horno clausurado sin aviso.

Tras limpiar la cocina, esta vez con mayor escrúpulo, se sintió demasiado cansada para emprender aquella labor que requería tanta dedicación, tanta voluntad.

La verdad era que Ana nunca había explorado mucho aquello del cocinar, aunque siempre sintió si no una inclinación, al menos sí curiosidad por la pasión que despertaba aquel oficio en su mamá. Al posponer sus planes hasta el siguiente día, en el fondo sintió alivio. La verdad era que temía que el resultado fuera desastroso y que, contrario a lo que pensaba, no fuera capaz de replicar aquellos pastelillos que tanto recordaba.

Al guardar la mantequilla notó que en los compartimentos todavía había algunos frascos de pepinillos y un par de recipientes vacíos de vidrio en los que se solían guardar las mermeladas. Nunca esperó que, al abrir la puerta del congelador, la sensación de que su alma se había desplazado a otro sitio ─y que había estado experimentando desde hacía algún tiempo─ se intensificara de tal modo que le fuera necesario buscar algo a lo que sostenerse.

El mismo sol de siempre, agonizante, volvía a colarse por el ventanal que siendo pequeña le parecía inalcanzable. Sentada sobre su regazo de madera, Ana daba, temblorosa y cubierta del rocío salado que brotaba desde su corazón roto, un primer mordisco al último pastelillo de zanahoria cocinado por su madre en vida.

Mientras aquel instante se desvanecía en su boca, se sintió de nuevo habitada.

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FINALISTAS

Título: La panadería eléctrica

Autor: Patricia Aliaga Rodrigo

Yo no creo en la nostalgia. La nostalgia es una trampa para viejos con miedo a morirse. Yo creo en la memoria, que es otra cosa: la memoria es un cuchillo bien afilado. Y corta. Si no corta, no sirve.

Tengo noventa y dos años, una prótesis de cadera que suena como una cafetera vieja y una lengua que todavía no se ha jubilado. El cuerpo hace ruidos raros, pero la cabeza sigue funcionando, que ya es bastante. Vivo en el mismo barrio desde antes de que el barrio tuviera nombre, antes de que tuviera farolas y antes de que tuviera vergüenza. Vivo aquí desde cuando las calles no se parecían a sí mismas y la gente se conocía por la voz, no por la foto del carné ni por el número del portal.

La panadería sigue ahí. Ahora se llama Bakery & Coffee, tiene una pizarra negra en la puerta y palabras en inglés que nadie del barrio sabe pronunciar sin pedir disculpas. Pero yo la sigo llamando la panadería de Remedios, porque una cosa es modernizarse y otra borrar la historia con un rotulador blanco.

Remedios era bajita, gorda, con bigote fino y una voz que parecía un sermón enfadado. Tenía los brazos fuertes de amasar y una paciencia corta para las tonterías, que suele ir junto. Cuando llegó la electricidad al barrio —yo tendría nueve o diez años— todos creían que aquello era magia: una bombilla colgada del techo, un horno nuevo, un interruptor como si fuera el botón de lanzar un cohete.

Remedios lo miró todo con desconfianza y dijo:

—Esto no es magia. Esto es trabajo con enchufe.

Y ya está. Fin del misticismo.

Antes, el pan se hacía de madrugada, a oscuras, con fuego real. El horno tragaba leña como un animal viejo, las manos se llenaban de ceniza, la masa se pegaba a la piel y el calor te dejaba los párpados blandos. La panadería era una cueva caliente donde la gente entraba muda, como si fuera una iglesia, pero sin mentiras.

Cuando llegó la luz, todo cambió. El barrio se iluminó, las noches dejaron de dar miedo, las mujeres dejaron de caerse por las escaleras y los niños pudimos leer sin dejarnos la vista. Los hombres empezaron a llegar más tarde del bar, eso también, pero nadie es perfecto y el progreso nunca viene solo. Eso no lo cuentan los nostálgicos profesionales, que recuerdan el pasado como si hubiera sido cómodo.

Yo iba cada mañana con una talega de tela que había cosido mi madre. Remedios siempre me daba un trozo de masa cruda.

—Para que aprendas que la vida no siempre está hecha —me decía.

Eso sí era pedagogía, no los libros de ahora ni las charlas motivacionales.

El barrio se construyó alrededor de ese horno. Las bodas se celebraban con su pan, los entierros también, el hambre también. Las fiestas, las peleas y los silencios pasaban por allí. Todo pasaba por allí, como por el bar, como por la iglesia, como por el cementerio. Si querías saber cómo estaba el mundo, mirabas el pan.

Una vez hubo un apagón grande, de los de antes, de los que dejaban al barrio en una oscuridad de animal prehistórico. La gente bajó a la calle como si se acabara el mundo: gritos, velas, radios, niños llorando y hombres que no sabían qué hacer con las manos. Remedios abrió la puerta de la panadería y sacó el pan igual, caliente y oliendo a hogar, como si nada.

—Mientras haya manos, hay pan —dijo.

Eso se me quedó tatuado en el cerebro más que cualquier rezo y más que muchas promesas.

Ahora el horno es eléctrico, las dependientas tienen piercings, el pan se cobra con tarjeta y el barrio parece un catálogo inmobiliario con nostalgia de mentira. Pero hay algo que no han podido quitar: el olor. El olor sigue siendo el mismo, y eso no hay modernidad que lo arregle ni que lo estropee.

Cada mañana bajo despacio, con mi bastón, como quien baja a ver si el mundo sigue en su sitio. Entro, pido una barra y me siento en el banco de fuera. No miro el móvil porque no lo necesito, no miro a la gente porque ya la conozco y no miro el mundo porque lo tengo visto. Huelo el pan y me doy por servido.

Y me acuerdo de mi madre, de Remedios, del primer beso que me dieron detrás del horno, del día que aprendí a cambiar un enchufe sin electrocutarme y del día que nació mi hija. Me acuerdo del día en que el barrio tuvo luz por primera vez. Todo eso cabe en una barra de pan, aunque ahora lo envuelvan en papel reciclado.

La gente joven cree que lo importante es la velocidad, que todo tiene que ser rápido, inmediato, nuevo y brillante. Yo creo que lo importante es que las cosas duren, que acompañen y que no te fallen cuando estás jodido. Lo demás es decoración.

Eso es lo de toda la vida.

Yo no quiero monumentos, ni placas, ni homenajes. Quiero pan caliente por la mañana, luz por la noche y memoria que no se apague. Porque mientras haya alguien que recuerde, nada se pierde del todo: ni los barrios, ni las panaderías, ni las mujeres con bigote, ni los hornos viejos, ni los nombres. Ni nosotros, aunque ya no pintemos mucho.

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Título La cota cero del recuerdo

Autor: Paqui Rodríguez Extremera

El hormigón tiene una memoria brutal, pero la tiza es volátil.

Elena, a sus cincuenta años, observa el plano de sección que descansa sobre su mesa de dibujo. El proyecto es una escuela en la periferia, un encargo de esos que exigen luz y presupuestos de miseria. Pero hay un error en los niveles; la cota cero no está donde debería. Elena suspira, y en el gesto de frotarse los ojos, el rastro de grafito en sus dedos le devuelve un aroma que no debería estar ahí: madera húmeda y el polvo seco de una pizarra que se borraba con desgana.

Entonces, el tiempo deja de ser una línea para convertirse en un plano de estratos solapados.

Ahí está ella: Doña Adela. No era una figura de cuento. Adela era una mujer de geometría severa, de rebecas grises que parecían armaduras de punto y manos que olían a la cal de los muros. No regalaba elogios; los elogios son voladizos peligrosos si no tienen donde apoyarse.

—Elena, tu letra <<p>> no tiene cimentación. Se va a caer en cuanto sople la gramática —le dijo un martes de 1982.

En aquella aula de techos altos —que en la memoria de Elena hoy se dibuja como un espacio de compresión y descompresión—, Adela no enseñaba a leer; enseñaba a resistir. Para ella, una oración bien construida era un muro de carga; un adjetivo innecesario, un exceso de ornamentación que ocultaba las grietas del pensamiento.

Elena cierra los ojos y la ve. Adela no caminaba, patrullaba el perímetro del conocimiento. Se detenía frente al pupitre de Elena y, sin decir nada, corregía la inclinación de su mano. No era una caricia, era una calibración.

—Si no dominas el ángulo del lápiz, el mundo te saldrá torcido —sentenciaba.

A sus cincuenta años, Elena comprende que aquella mujer no buscaba que fueran niños felices, sino ciudadanos estructuralmente íntegros. Aquella nostalgia no es dulce, es una deuda técnica. Adela le inyectó el miedo al vacío y el respeto por el eje.

Recuerda el día de la gran nevada. El pueblo quedó sitiado por el blanco, un vacío absoluto que amenazaba con borrar los límites de las cosas. Los niños lloraban, asustados por la desaparición del paisaje. Adela se levantó y, en lugar de consolar con frases hechas, se acercó a la pizarra. Dibujó una línea horizontal perfecta. Una viga de carboncillo.

—Mientras sepáis dónde está el horizonte, nadie está perdido —dijo con una voz que cortaba el frío—. El miedo es un fallo de cálculo.

Calculad el espacio que hay entre vosotros y la puerta. Ese es vuestro reino.

Elena abre el cajón inferior de su escritorio de diseño. Debajo de las facturas y los contratos de obra, sobrevive un resto arqueológico: una cartilla de caligrafía. La abre. No hay pegatinas de estrellas ni mensajes de ánimo en rojo. Hay anotaciones técnicas de una mujer que trataba a una niña de seis años como a un ingeniero en potencia: <<Cuidado con los espacios de aire entre letras>>; <<El trazo debe ser firme, el papel no perdona la duda>>.

En la página central, Elena encuentra el rastro de un desastre: un borrón de tinta azul donde ella, desesperada, intentó corregir una palabra. Adela no la obligó a repetir la página. Rodeó el borrón con un círculo perfecto y escribió debajo: <<Usa el error como zapata. Sobre esto, construye algo más alto>>.

Esa frase es hoy la piedra angular de su estudio.

La nostalgia, piensa Elena mientras retoma el escalímetro, no es un regreso al pasado, es el mantenimiento de la estructura. Adela no fue la “querida profesora”; fue el encofrado que evitó que la identidad de Elena se desplomara cuando llegaron las tormentas de la edad adulta, los divorcios que parecieron demoliciones y los fracasos profesionales que crujieron como vigas fatigadas.

Elena se levanta. Camina hacia el ventanal de su estudio. La ciudad es una selva de acero y vidrio, un caos que solo se sostiene porque alguien, en alguna parte, aprendió a trazar una línea recta. Siente una punzada de frío, una corriente de aire que parece venir directamente de aquella aula de 1982. Es una nostalgia necesaria, un recordatorio de que la belleza no es el adorno, sino la honestidad del material.
Vuelve al plano de la escuela. Coge el lápiz. Su mano, ya con la piel más fina y las venas marcadas por el medio siglo de vida, se mueve con una precisión mecánica, casi ajena. Redibuja la cota cero. Ajusta los niveles.

—El trazo debe ser firme, Adela. El papel no perdona —susurra.

No hay lágrimas. Solo hay trabajo. Un trabajo que es, en sí mismo, un monumento de hormigón y luz dedicado a la mujer que le enseñó que, para tocar el cielo, primero hay que saber dibujar el suelo que pisamos. El plano está listo. La estructura aguanta. Adela, desde algún rincón de la geometría universal, asiente con la severidad de quien sabe que el deber ha sido cumplido.

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2 Comentarios
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Truman
Truman
1 hora hace

Definitivamente si estos son los 3 mejores de 1200…. el nivel ha sido muy bajo. Solo falta el de la pizza…. El tercero tiene más calidad literaria que el ganador. Felicidades a los premiados.

Última edición 1 hora hace por Truman
basurillas
basurillas
29 minutos hace

Felicitaciones a las tres autoras y al jurado que eligió los relatos. Los tres son magníficos. Con un hilo conductor de nostalgia positivo que explica el presente en los tres.
Ah, en uno de ellos esa palabra “talega” que hacía años que no escuchaba, ha tenido la virtud de transportarme a mi niñez, cuando todas las mañanas, con la bolsa del pan, acudía a la panadería del barrio durante años y años, para comprar siempre aquellas dos barras, que en una década no subieron de precio, una de seis y otra de cuatro pesetas. Y yo aprovechaba el viaje para, en la churrería y ultramarinos cercana, ver las últimas novedades de los sobres sorpresa de Montaplex, los que valían el duro de mi asignación semanal; o comprobar en el escaparate de la mercería, al principio de la calle, la existencia de alguna nueva miniatura pintada de la marca eko, con sus soldaditos de colores y sus tanques a escala, en envase de cartón y acetato transparente. Un lujo inalcanzable para mi y mis juegos hasta mis posibles regalos de cumpleaños.
Ya nada de aquello existe pero, es verdad: “mientras haya alguien que recuerde, nada se pierde del todo”.