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11 de febrero de 1936: Azorín visita al presidente Portela

11 de febrero de 1936: Azorín visita al presidente Portela

Martes, 11 de febrero de 1936: Azorín visita al presidente Portela

La presidencia de Gobierno, instalada en la primera planta del palacio de Villamejor, en Castellana, estaba tan repleta de cornucopias y relojes dorados como las estancias del Palacio Nacional. El fasto no había desaparecido con la espantada de Alfonso XIII. Al contrario: los republicanos parecían dispuestos a demostrar que eran más papistas que el Papa.

De entrada se había incrementado el número de alabarderos reales. Y uno de los escándalos mitigados de la República, para gran disgusto de Alcalá-Zamora, fue el saqueo oficial del palacio de La Granja con vistas a acomodar los salones del palacio de Buenavista, cuando se instaló el entonces ministro de la Guerra, Manuel Azaña, junto con su mujer. A raíz de ello, don Niceto Alcalá-Zamora, que veraneaba en La Granja con su familia, tuvo que acostumbrarse a una decoración minimalista del antiguo palacio borbónico de la sierra de Guadarrama.

"Azorín, con su tristeza congénita, parecía un fantasma embutido en un traje anodino y desgastado, diríase de otra época. Asemejaba más un escribano que actor de su propia vida"

—Bien, pues usted me dirá…

Sentado al otro lado del gran escritorio —¡llevaba meses esperando ocupar el despacho!—, Manuel Portela, la cabellera revuelta, los ojos a ratos desorbitados por una impaciencia crónica, fijó la vista en su visitante. Aquel hombrecillo enjuto y apagado, de aspecto gris y voz sosegada, era uno de los intelectuales más famosos y miembro destacado de la Generación del 98, a la que él mismo ayudó a bautizar. Azorín, con su tristeza congénita, parecía un fantasma embutido en un traje anodino y desgastado, diríase de otra época. Asemejaba más un escribano que actor de su propia vida. Y en cierto sentido, el autor de La voluntad lo era. Como escribió Ortega y Gasset: «Azorín cultiva cada vez más la soledad. Tanto que esta su soledad no consiste ya simplemente en que se halle sin nadie a lado, sino que se ha convertido en una realidad, en un cuerpo transparente y sólido, en un caparazón cristalino que llevase en torno de su persona».

—No quería inquietarle —empezó quien se llamaba a sí mismo el Pequeño Filósofo—, pero he sentido necesidad de transmitirle a usted, como actual jefe del Gobierno, la inquietud que se siente en el mundo de las letras por la situación política. No hace falta mucho para darse cuenta de que el desencanto se ha apoderado de la mayor parte de quienes en su momento fueron baluarte de la República. Ortega no hace más que repetir que «no es esto, no es esto», con la influencia que sus palabras tienen. Unamuno ya sabemos que vive a la contra. Baroja hace tiempo que se ha encerrado en el escepticismo. Maeztu enaltece lo que no puede enaltecerse. Y los únicos que se mantienen fieles a la República son los jóvenes, poetas como el mayor de los Machado, Lorca y Alberti, Bergamín, los estudiantes de la Residencia, el círculo de la Institución Libre de Enseñanza, y otros que han crecido con la República establecida y que la creen, ingenuamente, inmune a las turbulencias actuales. Los que, como yo, hemos vivido turbulencias en el pasado, sabemos cómo puede degenerar todo…

"Solo quería hacerle saber que, si en algún momento necesita algún tipo de intermediación con los intelectuales, me tiene usted a su servicio"

Azorín hablaba como quien recita una letanía, con voz casi susurrante. Portela escuchaba y se preguntaba para sus adentros cuál era el motivo real de la visita. Qué era lo que venía a ofrecer o a vender y a cambio de qué. Todo el que pedía una cita con él tenía algo que pedir. Por fin, Azorín se detuvo y guardó silencio. Era como si se le hubiera acabado la cuerda. Miró su reloj.

—Solo quería hacerle saber que, si en algún momento necesita algún tipo de intermediación con los intelectuales, me tiene usted a su servicio —dijo.

Portela se lo agradeció. En signo de deferencia, acompañó al intelectual hasta la puerta y se quedó mirando cómo el Pequeño Filósofo se alejaba, con pasos cansinos, camino de la escalera.

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