En el Hotel Palace de Madrid, como las folclóricas que retrata Valeria Vegas en su libro Tan flamencas (Debate), comienza esta conversación.
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—¿De dónde le viene este interés por la copla? En nuestra generación es extraño.
—A mí lo que me gustaba era el pop. Empiezo a descubrir la copla por los programas de Lluvia de estrellas o Menudas estrellas de Antena 3. Una niña con pelucón imitaba a María Jiménez, pero en el año 95 no lo ves con esos ojos. Ellos cantaban el repertorio de algunas de estas copleras. Me podría haber dado por otros que imitaban a Antonio Machín… Pero fui conociendo a estas mujeres a través de sus imitadores. Luego, poco tiempo después, empiezo a ser más consciente. En mi casa no se escuchaba copla, era al revés. Mis padres escuchaban a Ana Belén y Víctor Manuel, Paloma San Basilio, Massiel, Aute, era todo lo opuesto. Aunque, curiosamente, dentro de ese género, sabían valorar mucho las folclóricas. Creo que los mejores piropos a las folclóricas se los han dicho Serrat, Sabina, Víctor y toda esta gente. Entonces, esta afición me vino de una manera muy casual, que luego se junta a cuando conoces un poco sus vidas, que es también lo que me fascina. Me gustan esas letras que ya son irrepetibles, que son a veces tan poéticas, y luego a la vez las vidas que ellas llevaban.
—Los autores de esas canciones no eran ellas. Eran hombres. ¿Cómo cree que esos autores masculinos tenían ese talento de captar esas historias tan duras que ellas mismas tenían y que a la vez llevaban a la escena?
—Fíjate que esbozando estas semblanzas me di cuenta de que casi todas ellas eran “la otra”. Yo no soy esa. Se les cumplía. Estrellita Castro, Concha Piquer, Imperio Argentina, eran mujeres en segundas nupcias. Venían a empezar con señores casados, o bien nunca conseguían anular su matrimonio o bien lo anulaban y entonces ellas eran las que llegaban después. Tenían vidas tormentosas, venían muchas de la pobreza, de unos orígenes muy humildes, de manera que esas letras les encajaban mucho. Pero creo que esos letristas, volviendo a tu pregunta, Edu, también escribían desde esa homosexualidad que no se podía vivir a puerta abierta. Y eso les hacía un poco ponerse en el lugar de esas mujeres. A la vez eran un reflejo de la sociedad: la mujer que aguanta, la mujer que sufre, la mujer que está esperando que el marido vuelva, la que se calla, la que tiene un amante, la que… Todo el rato eran grandes letristas en femenino. Creo que esto ha vuelto a ocurrir con Dinarama, que escribían canciones para Alaska, porque en Mecano eran más egoístas y escribían en masculino para Ana Torroja. Pero desde Carlos Berlanga y Nacho Canut no ha habido, de nuevo, alguien que construya la desgracia en femenino de una manera que te creas.
—Vivo solamente quedaría Manuel Alejandro, pero previo a Mecano, a Berlanga y Canut.
—Exacto. Manuel Alejandro es otro ejemplo perfecto, con los temas que hace a Rocío Jurado, a Jeanette, o como autor de muchas canciones de Raphael, que bien podrían haber sido temas copleros en voz de cualquier señora de estas.
—Como soy tan desastre, salto de tema: la asociación ideológica de la copla al franquismo, cuando la copla es anterior al franquismo. Da pena decir esto. (nos reímos)
—Fíjate, esto es algo que obviamente les jugó muy en contra, porque creo que ellas no sacaron ningún beneficio, más allá del beneficio típico del artista, que era, en ese momento, que si a Franco le gustabas te llevaba al Pardo y entonces te daba un reloj. Y esto hizo que luego muchas de ellas, como buenas beneficiarias, nunca fueran críticas con el régimen. Es el caso de Estrellita Castro o Imperio Argentina, donde todo les parecía maravilloso, pero porque creo que un poco entre la ignorancia y el haber vivido en una burbuja. Es verdad que, como bien has dicho, cuando rascas, buena parte de estos temas de Concha Piquer o de Estrellita Castro empiezan en la República, y luego llega el franquismo, y ellas al final vivieron lo que les tocaba vivir. Es decir que, seguramente, si esas adolescentes que empezaban o hubieran querido ser artistas en 1972 se hubiesen puesto la pana y hubieran cogido a Lluís Llach haciéndoles letras. Creo que cada cual es hijo de la época que le toca vivir. Esto no te exime de que tú luego tengas que hacer cierta autocrítica y seas consciente de ello cuando llegan otros tiempos. Lo hicieron muy bien Lola Flores o Carmen Sevilla. Todo el rato se debatía si realmente eran franquistas, y luego daban señales de ser mucho más modernas que la gente. Eran modernas a trompicones. Creo que es un poco injusto, porque cuando llegan los 70, ya en ese momento de tardofranquismo, Transición, con la llegada de estos nuevos estilos, que son geniales, del punk, del techno y demás, el franquismo era el reproche que se les hacía, además de llamarlas las “carrozas”, en pleno furor de edadismo, sin plantearnos que existían y fueron las primeras víctimas de eso.
—Ahora las miras y te dices: tenían cincuenta años…
—Claro, tenían cincuenta años. Pero tú leías la prensa y decían «carroza», en Sal y Pimienta o Interviú. Y además, se les reprochaba esta cosa de que pertenecían al régimen o que habían cantado durante el régimen: ¿qué iban a hacer? ¿Quedarse en su casa esperando al año 82 para poder hacer algo acorde?
—En su libro se abren ramas y ramas, pero a las folclóricas se las puede colocar en tres épocas. ¿El centro de una primera época serían Imperio y Piquer?
—La primera época son Concha Piquer y Estrellita Castro, para mí. E Imperio Argentina, más en el cine folclórico. Piquer demostró que se podía ser valenciana, viajar a Nueva York y volver cultísima de allí, y envalentonada. Y Estrellita Castro creó el cliché, que luego ha perdurado hasta el día de hoy, de lo de «arsa, quillo» que luego tanto Berlanga parodió en Bienvenido, míster Marshall. Luego hay una segunda época, que sigue siendo una época gloriosa, porque esos autores de estas tres primeras siguen en activo, y la viven Juanita Reina, Lola Flores, Gracia Montes, Lolita Sevilla. Incluida Carmen Sevilla, que ya también está en los años cuarenta. Ella siempre decía que no se consideraba folclórica, pero por pura vergüenza, porque sabía que no estaba vocalmente a la altura de las otras. Luego el género, una vez decae, va teniendo momentos intermitentes, y por lo tanto creo que las épocas doradas son esas dos. Lo que hay son como destellos, donde de pronto, cuando el género está regular, aparece una tal Rocío Jurado; cuando el género está decayendo, aparece una tal María Jiménez. Y de pronto aparece una tal María del Monte. Ahora nos hemos acostumbrado a su rol televisivo, pero María del Monte de pronto se situó en las listas de ventas en España, a la altura de Michael Jackson o de Madonna, con sus sevillanas. O Martirio, que era un revulsivo.
—Martirio no fue un gran éxito comercial pero siempre ha estado ahí, a un nivel artístico alucinante.
—Pero siempre ha estado ahí y sobre todo la llegada de Martirio suponía hacer sevillanas con letras de Kiko Veneno. Es decir, era renovar el género. Son estos destellos que aparecen, y serían una tercera época que dura muchísimo con subidas y bajadas.
—La rivalidad, característica esencial.
—Al final eran mujeres a las que les costó mucho llegar arriba. Te das cuenta de que, aunque las conocemos con el éxito y la canción, el hit de turno, hasta llegar hasta ahí se han pasado años en teatros ambulantes. Eran un poco como los cómicos de la legua, El viaje a ninguna parte, donde iban de pueblo en pueblo por esas carreteras tremendas, cantando con la madre al lado, porque eran menores de edad, cuando la mayoría de edad era veintiún años. Es decir, que cuando llegas valoras tantísimo el momento de llegar… Esto no justifica que seas una arpía. Pero creo que viene de ahí esa realidad. De ese mundo tan durísimo: “yo he tardado tantos años en sacar adelante una familia, en montar una casa…”. El hombre de la casa eran ellas. En el caso de Lola Flores, hasta que los polluelos despuntaron, ella tiraba del Pescaílla, de la hermana y del carro entero. Rocío Jurado ya se ha visto. Estas mujeres tiraban de toda la familia. Volviendo a tu pregunta, creo que el hecho de que te cueste llegar hace que cuando estás arriba no consientes que nadie te pise el poncho, como decía Concha Piquer. Luego, curiosamente, las miras con el abrigo de pieles cuando ya era la antimoda absoluta, a lo mejor incluso puesto en verano, porque les había costado tanto conseguir ese abrigo de pieles que ahora podemos hacer una doble lectura: «Este es mi triunfo, las joyitas, el abrigo de pieles».
—Es un poco como los raperos, el bling.
—Total, es poderío. Que provienen de lo mismo. Hay cierta ganas de vanagloriarse de lo que has conseguido, del poderío.
—Y con estas vidas tan interesantes, ¿por qué cree que el cine español les ha prestado tan poca atención? Salvo Fernando Trueba. Por ejemplo, la historia de Piquer es tan alucinante que Manuel Vicent la ha hecho novela en Retrato de una mujer moderna, pero no se ha hecho serie, no se ha hecho cine. Aparte de la pasta, como siempre en el cine español, ¿qué pasa ahí?
—Creo que ya vamos tarde, porque yo tengo la teoría de que como que cada diez años llega una historia. En el 89 fue Las cosas del querer, ¿te acuerdas?
—Es cierto, de Chávarri.
—De Jaime Chávarri, donde la gente descubrió a Manuel Bandera, Ángela Molina ya estaba, llevaba veinte años de carrera. Pero quiero decirte, fue un hit, y demostró que no te hacía falta tener una folclórica protagonizándola. Te bastaba con Ángela Molina, que era un rostro del cine español.
—Y Manuel Bandera, extraordinario, sí.
—Contando lo que venía a ser la historia de Miguel de Molina, algo ficcionada. Diez años después, en el 98, se repite con La niña de tus ojos, de Trueba. De repente con Penélope, recreando la historia de la Imperio Argentina, que van allá a rodar a la Alemania nazi y demás. Por la misma teoría, en el 2007 o 2008 se hubiera hecho, falta otra, y en 2018, otra. Y no es por falta de vida. En el 2008 se hizo el biopic de Lola. No funcionó. No llegaba para la vida intensa de Lola. Creo que hay un problema. Hace tiempo me dijo un productor que me comentaba que había intentado levantar una serie, una serie de ficción sobre Xavier Cugat, y les parecía antiguo a los productores. Cugat, el primer español que llega allí, que lo peta, que tiene esa vida, ¿sabes?, tan fascinante.
—Y esas canciones, que para una serie te mueres.
—Y esas canciones, su orquesta. Estéticamente ya es increíble. Este productor me decía que lo que ocurría es que les da miedo meter pasta, que es tan histórico, porque necesitas ambientación de época. Claro, te estás yendo a otra era. Entonces, creo que ese es un motivo, pero realmente el motivo no es, porque cuando quieren se hacen películas. Si Amenábar quiere, se va a cualquier siglo.
—El cautivo.
Exacto. O Ágora, o lo que fuera. Realmente es porque se considera como que ahí no hubiera una historia, como “esto es antiguo”. Nos sigue oliendo antiguo, cosa que los americanos cuando quieren nos cuelan historias de ellos de cualquier época y nos las comemos con patatas.
—Lola Flores.
—Es nuestro Elvis Presley. Es muy curioso, porque en mi casa mi padre detestaba a Lola. Yo que la amo, y mi padre, con Lola en vida, “qué pesada es”. A mi padre le sentó fatal aquello, como mucha gente, ahora nos hemos olvidado, de “una peseta cada español”. Ahora es un meme muy gracioso, pero en ese momento a la gente le sentó como una patada en el culo. Hay un problema: a los jóvenes les gusta Lola y no escuchan sus canciones, eso me da mucha pena. A mí me gusta el icono y me gustan el “pena, penita, pena” y ocho mil más. Pero lo que nos gusta de ella, lo que ha hecho que permanezca como personaje, que sea esta especie de Elvis Presley, es el hecho de que tiene algo que ya no vemos. Tiene una espontaneidad, tiene una manera de vivir la vida, tiene esta cosa todo el rato, desde la soberbia, ojo, desde una cosa absoluta de “yo soy la mejor, porque yo como no hay ninguna, porque yo he españoleado”.
—Y otra cosa que no veo en los artistas e intelectuales actuales: juntarse con otros de diferentes disciplinas. Músicos con filósofos, periodistas con pintores, actores con científicos… Así nacieron cosas como Sabor a Lolas, codirigido y coguionizado por Raúl del Pozo, que era avanzadísimo: hace poco sacaron una entrevista de Lola al Pescaílla haciendo Lola como si no le conociese e indagase en su vida. Una maravilla.
—Es que claro, lo interesante de Lola, que solo le ocurrió a Lola y a Carmen Sevilla, todas las demás se quedaron en la carretera, es que supo reinventarse. Supo reinventarse porque, sin ser moderna, era moderna. Cuando llegan los 90 y las privadas, y hay que buscar estrellas que te sostengan el cotarro, que te lo haga Joaquín Prat era muy fácil, era un experto del medio, o Julia Otero, o Jesús Puente… Pero que te lo hiciera Lola era una apuesta fuerte, porque era un personaje muy marcado, podía salir bien o podía salir mal. Y que de pronto esa intelectualidad, como tú dices, desde Raúl del Pozo guionizándola, hasta Umbral en sus columnas, iban todos encantados, todos. Y ella era muy consciente. Todos, Terenci, Antonio Gala, todos. Y ella hablaba con ellos, con esa admiración, pero del tú a tú.
—Integraba cosas suyas, y ellos de ella.
—Exacto, y ellos de ella. Hemos conseguido un programa por el archivo de Antena 3 para el programa de Sonsoles. Y era un programa de Hermida de principios de los noventa, con Vizcaíno Casas, otros y Lola. La más graciosa de todos era Lola. Todos la aplaudían, a todos esos intelectuales se les caía la baba con Lola. Como ocurrió en La clave.
—Se la metan en el ataúd.
—La bata de cola. Y todos rendidos a lo que ella decía. Pero volvemos a lo mismo que te decía de Serrat y Sabina. El juicio que se les ha hecho por parte de otro tipo de modernidad no es el mismo que hacía la modernidad de verdad, que era la que no necesitaba cantar esas canciones, pero valoraban esos mitos.
—El folclorismo y la prensa del corazón, ¿son el mismo monstruo de dos cabezas?
—Son un monstruo de dos cabezas porque ellas entendieron algo. Hoy en día, yo soy muy defensora de la reivindicación de lo que está denostado. Lo puedes llamar La Veneno, lo puedes llamar la prensa del corazón, lo puedes llamar Cine de barrio, porque creo que detrás hay cierta antropología social. Estoy obviando lo que no es ético. Sea prensa del corazón o sea prensa política o sea deportiva, lo que no es ético no es ético. Te escuché el otro día en el programa de La Sexta, el análisis tan bueno que hiciste de cómo la prensa del corazón ha edulcorado el tema de Julio Iglesias. Te faltó solo una cosa, fíjate, el ¡Hola!. El mal de todos los males es el ¡Hola!. No es la prensa rosa en sí. A veces, en Diez Minutos, en Lecturas sacaban de pronto un tema… Pero estabas en lo cierto, pero yo lo centraría en el ¡Hola!. Realmente, el boletín oficial de Julio Iglesias era el ¡Hola!, el del rey de España era el ¡Hola!, el de Bertín Osborne era el ¡Hola!. El ¡Hola! Se ha encargado siempre de vendernos ese amor y lujo, que está muy bien, pero me voy por las ramas… Las folclóricas entendían que la manera de llegar al público eran los medios. La prensa te preguntará por tu marido, por tu vida doméstica y si haces tortilla de patatas con o sin cebolla. Pero te vengo a decir esto porque ellas, y no solo ellas, son un claro ejemplo de cómo utilizar la prensa del corazón en dos direcciones. Sin ser folclórica, aunque tiene mucho folclorismo, Concha Velasco, que es esa gran actriz española que ha trabajado en infinidad de títulos en todas las épocas y también se ha ido reciclando, tenía muy claro que la prensa era parte de llegar a las casas. Es decir, que si ella promocionaba una obra de teatro, Filomena Marturano, para que fueran a verla al teatro sabe que en la consulta del dentista o en la peluquería van a coger esa revista y verán: «Concha, mira, ha hecho esto». Al mes siguiente tiene que corresponder, y Concha contará lo que sea de, por ejemplo, que su hijo le preocupa porque saca malas notas, y ya está. Y lo que tiene maravilloso la prensa del corazón es que el noventa por ciento se diluye. Nos hemos quedado con cinco hits: se diluye todo, se diluye, hay que rellenar páginas. A mí la prensa del corazón me gusta mucho con las folclóricas: en mi colección tengo a María Jiménez en el dentista con la boca abierta o a Carmen Sevilla cuando se sacaba el carnet de conducir con la «L». Todo eso para mí no es prensa del corazón, me parece pop warholiano.
—¿Massiel, en la ventana donde se cayó?
—Donde se cayó posando con el moratón y todo esto, claro, limpiando. Todos limpiamos mucho.
—Y tenemos nuestros días.
—Para caerte es mucho limpiar. Todo eso me parece warholiano. Y creo que parte de que no haya folclóricas también es porque ya no se involucran en esa prensa del corazón.
—En su libro está muy bien ver esas historias juntas y sus paralelos. Uno de ellos es la triste vejez de gran parte de ellas. Lola Flores tuvo una triste vejez por una enfermedad, pero no tuvo triste vejez.
—Ni siquiera vejez, pobrecita, porque murió con sesenta y mucho. El último caso de un final más deslucido y más triste: Encarnita Polo. Que te estrangulen, que al final de tu vida, que eres una artista que te has visto jodida con las preferentes de Bankia. Le pasó de todo. Y que al final de tu vida, entres a una residencia y un tío que acaba de entrar el día anterior te estrangule. De Estrellita Castro se contaba que murió y que descubrieron que debajo del colchón había mucho dinero, que no guardaba ella, lo guardaba su difunto. Ella no sabía que el marido iba guardando dinero, y la pobre seguía trabajando, ya no trabajaba ni en teatros, ya eran boites, en su momento. Y la pobre seguía cantando “Mi jaca”. La Polaca acabó viviendo en Marbella olvidada.
—Concha Márquez Piquer.
—Concha Márquez Piquer, Conchitín, se convirtió en personaje del corazón.
—María Jiménez tuvo una última época esplendorosa pero una salud terrible.
—No, una salud de mierda, que ella misma se volcó en conseguir.
—Efectivamente, también.
—Además, vidas desgraciadas, y en vida cierto via crucis. Hay datos que se han olvidado: Paquita Rico, su primer marido se suicidó. Imperio Argentina, sus dos hijos se murieron, estando ella en vida. Su hijo con 21 años se suicida y cuando ella termina hacer Azabache, que era un espectáculo con Rocío Jurado de la Expo 92, a los pocos meses de estar como reviviendo otra vez las mieles del éxito, su hija, que era drogadicta, muere y le deja un montón de nietos en herencia. Son vidas tremendamente desgraciadas. Carmen Sevilla se ha pasado veinte años en una residencia que la gente ya no sabía si estaba viva o muerta. Llevaba quince años con un Alzheimer galopante. Hay algunas… Fíjate, las que parece que han llevado ese final mejor son las que han optado por esa discreción absoluta, como Gracia Montes. Ese lugar en el que tus miserias escondidas son menos miserias.
—Y la última: ¿qué hacemos con la Pantoja?
—La Pantoja es un personaje muy difícil.
—Vamos por partes. Artísticamente, ¿qué hacemos con la Pantoja?
—Artísticamente, la Pantoja tiene una carrera cuanto menos interesante, aunque no te guste el género. No es de mis favoritas, pero sí es verdad que la Pantoja llega a estar en ese momento de Quintero, León y Quiroga, o sea, pilla los últimos coletazos. La apadrina Rafael de León, ya muy mayor, y llega a tener estos temazos que le hace Perales como “Marinero de luces”.
—Entra el pop.
—Exacto, es una balada melódica totalmente. Todo el rato se va adaptando. Hay una Pantoja de los 70, una Pantoja de los 80, una Pantoja de los 90. Creo que lo peor que le puede ocurrir es tener una vida privada tremendamente expuesta, también porque ella jugó a exponerla. Aquí volvemos a lo mismo: la prensa del corazón. Puede parecer que no le hizo un favor, pero es que ella abrió las siete puertas del infierno. Si tú te dedicas a hacer exclusivas con la niña que has adoptado, estás en tu derecho de pedir respeto. Pero hay algo donde tú has abierto una brecha, donde algo te va a salpicar, porque tú estás comercializando tu vida. Entonces, ahora estéticamente lo entendemos muy bien, pero la Pantoja empezó a traspasar ciertas líneas. El momento de la Pantoja, del alcalde de Marbella, la cárcel y todo…
—La propia adopción facilitada por Fujimori y Montesinos en Perú.
—No decimos nada, pero se adelantó a cien personas, cogió a la niña y…
—Se hizo el reportaje.
—Y se hizo el reportaje. Todo esto le coincide en una época muy mala, porque esto lo hacen en 1978 y había ese amiguismo de la prensa, de tapar a las estrellas que colaboraban. Pero eso se acaba en los 80 y le coincide en un momento en el que se abre la veda de enemigos, de carnaza. No había esta ética deontológica que hemos tenido después, o que la prensa ha aprendido a cortarse desde hace muy pocos años. Esos años obviamente deterioran su imagen de una manera brutal. Creo que hay incluso empacho de la Pantoja. Y si no es Pantoja, es los derivados: no ayuda, porque creo que ha hecho que se ensombrezca al artista.
—Estuve en su último concierto en Madrid y me pareció desigual, sin dirección ninguna.
—No, es que no hay dirección. Es que no hay dirección, porque además seguramente no se deja asesorar.
—Hay unas pocas cosas esplendorosas y hay cosas que no das crédito.
—Porque además ella es una cantante. Ella no tiene esta cosa de “tengo una idea” y el talento artístico de decir “aquí baja una orquesta, y aquí hace no sé qué y aquí no sé cuántos”, y tal. Tiene una voz de la hostia, y entonces ya con eso es suficiente. Creo que habría que dejarla tranquila. Estaría muy bien que se retirase, porque esto te limpia también muchísimo. Lejos de España.
—Como el rey emérito.
—Exacto. Entonces, todo esto irá calmando las aguas, la gente no tendrá empacho de la Pantoja y no tendremos noticias absurdas constantemente todas las semanas de la Pantoja. De repente, cuando quieras regresar diez años después como una especie de Tina Turner, se cogerá con muchas más ganas. Eso sí, también te digo, nos ha dado, a nivel entretenimiento, más que la última temporada de Stranger Things.
—Más que la primera, no diga la última.
—Exacto, más que incluso la primera. La última, obviamente, es más floja.







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