Imagen de portada: ©Felix Swensson
Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para muchos más confuso: la literatura.
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Hanna Nordenhök sintió la llamada de la literatura durante un vuelo. Tenía siete años cuando su padre se la llevó como acompañante al estreno de una obra de teatro traducida por él mismo: Bodas de sangre, de Federico García Lorca. La sala estaba en la otra punta del país y, durante el viaje en avión, el hombre leyó a su hija la historia que había trasladado al sueco, un manuscrito en el que dos hombres se pelean por amor y en el que tres mujeres lloran de dolor. Y lo que ocurrió durante aquel trayecto es que la voz del padre amado, sumada al calor que desprendía el texto y al zumbido del primer avión tomado en la vida, despertó en la pequeña un sentimiento, mejor dicho una necesidad, que hoy identifica con el nacimiento de su vocación.
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Walter Tevis también realizó un viaje iniciático. Un viaje que, en su caso, lo traumatizó lo suficiente como para convertirle en escritor. A los nueve años padeció una dolencia cardíaca que lo obligó a ingresar en un hospital de California durante algo más de un año. En vez de quedarse a su lado, sus padres —un alcohólico incapaz de reconocer su problema y una castradora empeñada en dinamitar la autoestima de su hijo— se mudaron a Kentucky para hacerse cargo de unas tierras heredadas y, cuando el pequeño recibió el alta, se limitaron a enviarle un billete de tren para que se reuniera con ellos. Tevis tenía diez, casi once años y recorrió 3.500 kilómetros en la más absoluta de las soledades. Tiempo después, señaló aquella época como el germen de todo: de su literatura y, también, de su alcoholismo.
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A los doce años, Jon Lee Anderson pidió permiso a su padre para visitar a su hermano en Togo, donde había ido de viaje antropológico. Su progenitor consintió y, como muestra de confianza, le dio doscientos dólares en cheques de viaje. El preadolescente recorrió el continente europeo en autoestop y, durante el viaje, le robaron el pasaporte, se rompió una pierna —una que un agente de la Guardia Civil le golpeó mientras le llamaba “gilipollas y maricón”— y sobrevivió como indigente en las islas Canarias, junto a los españoles marginados por el franquismo y a los magrebíes, a quienes, según recuerda en Aventuras de un joven vagabundo (Anagrama, 2024), la Benemérita torturaba hasta hacerlos enloquecer.
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El padre de Arthur Schopenhauer estaba desesperado porque su hijo no quería dedicarse ni al comercio ni a la contabilidad, sino a algo tan absurdo como puede ser la filosofía. Resuelto a hacerle cambiar de opinión, le ofreció un viaje de un año por toda Europa a cambio de renunciar a su sueño universitario. Arthur aceptó, cómo no. Pocos jóvenes se resisten a unas vacaciones con todos los gastos pagados. Durante su periplo por el viejo continente, Schopenhauer vio cosas maravillosas, pero también horrores que le marcaron para siempre: ejecuciones en la horca, ciudades devastadas, galeras con chusma encadenada… Su padre había subvencionado aquel viaje con la idea de convertirlo en un ciudadano próspero, pero el joven alemán descubrió tantas miserias, tantos dolores y tantas desigualdades que, al final, no pudo más que dedicar su vida a la única ciencia capaz de mejorar la vida de nuestros iguales: la filosofía.
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Con tan solo nueve años, Joseph Conrad desplegó un mapa de África sobre la mesa de su casa en Cracovia y, colocando un dedo sobre el espacio en blanco que marcaba la parte desconocida del continente, exclamó: “¡Cuando crezca, iré allí!”. Algo más de dos décadas después, estando a los mandos del barco de vapor Le Roi des Berges, remontó el Congo y visualizó por primera vez el germen de El corazón de las tinieblas.
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Fueron muchos los escritores que sintieron el despertar de su vocación literaria durante un viaje, pero no cabe duda de que fueron muchos más los que experimentaron la misma emoción estando simplemente en casa. Porque ya dejó dicho Horacio que “aquellos que cruzan el mar cambian de cielo, pero no de alma”.
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La última novela de Hanna Nordenhök es Cesárea (Seix Barral).


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