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Mirar el retrato de frente

Defiende el profesor Francisco J. Leira en su último e interesantísimo trabajo, Retrato de la Transición, que “una democracia que no se actualiza es una democracia que envejece” (p. 465). Es por eso, señala, que el objetivo último de su libro el de abrirnos a un debate, a una reflexión que nos permita mirar de frente nuestro pasado y liberarnos de los miedos que nos han llevado a la encrucijada actual en la que tememos o rechazamos sin más cualquier cambio del marco que estableció la Transición.

Para ello, aborda su estudio de manera original incorporando los testimonios recogidos en entrevistas realizadas por él en los últimos años a los que fueron protagonistas —tanto políticos como periodistas o artistas—, de aquella época vibrante: “una generación a la que el tiempo se le echa encima y cuya experiencia corre el riesgo de perderse” (p. 40). Consigue de esa manera presentarnos los hechos a través de las opiniones, las esperanzas, las alegrías, los enfados, las decepciones y, en definitiva, el conjunto intenso de emociones que todos ellos debieron de barajar como malabaristas empujados a la pista del circo sin un entrenamiento previo para lograr, en esos años tan delicados, entre todos, el consenso del que nació la Constitución y en el que se asentaron los pilares de nuestro actual estado democrático. Con la intención de permitirnos cultivar una “empatía intergeneracional que permita comprender los contextos históricos desde los que se ha actuado” (p. 469), es decir, no mitificar, sino humanizar los acontecimientos para aceptar que, como en toda obra humana, había errores y aciertos, algo que resulta básico para todo análisis crítico que tenga el objetivo de resultar productivo.

"Destaca desde un principio un aspecto fundamental, que el proceso estuvo marcado por una gestión deliberada del olvido, desde el inicio condicionado por un pasado incómodo, violento y no resuelto"

Como punto de partida, señala dos cuestiones importantes: primero, que la transición no fue homogénea porque los cambios llegaron a distinto ritmo —“¿Acaso hubo un solo proceso de transición a la democracia? ¿Acaso llegó el cambio al mismo tiempo a la justicia y a las fuerzas armadas?” (p. 38)—; segundo, propone ampliar el marco de estudio del periodo de la Transición, tradicionalmente situado entre la muerte del dictador y la llegada del PSOE al poder (1975-1982). Defiende Leira que la transición empezó antes, en pleno franquismo, pues es entonces cuando se establece el marco legal en el que se asienta —con la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado aprobada en 1947 y que permitió a Franco proclamarse jefe de estado y nombrar a Juan Carlos de Borbón su heredero y la Ley Orgánica del Estado de 1967 que estableció el procedimiento para nombrar al presidente del Gobierno, lo que permitió a Juan Carlos nombrar a Adolfo Suárez—, y termina en 1996 con la caída del gobierno socialista, momento en el que, en palabras que recoge de Nativel Preciado, “lo que se rompió no fue solo una estrategia de gobierno, sino ‘una forma de entender la política basada en la ética de la transición’” (p. 394).

Destaca desde un principio un aspecto fundamental, que el proceso estuvo marcado por una gestión deliberada del olvido, “desde el inicio condicionado por un pasado incómodo, violento y no resuelto. Voluntaria o involuntariamente quienes protagonizaron la transición distorsionaron la historia de España y efectuaron una reinterpretación con el fin de construir un marco institucional sin tener que afrontar los traumas colectivos (…) la transición evitó incorporar plenamente ese pasado en su relato oficial” (p. 42). Olvido que incluía como recursos el silencio, la no desfascistización y la aceptación de una postura centrista inexistente, y en los que arraigó el germen de gran parte de los problemas y reivindicaciones actuales: “La historia reciente de España está atravesada por todo lo que no se dijo, por lo que no se juzgó y lo que no se reparó” (p. 44).  En ese sentido, denuncia Leira el error cometido al no aceptarse la enmienda a la Constitución propuesta por Tierno Galván y Morodo que hacía alusión a la dictadura —‘El pueblo español, después de un largo periodo sin régimen constitucional, de negación de libertades públicas y de desconocimiento de los derechos de las nacionalidades y regiones que configuran la unidad de España, proclama, en uso de su soberanía’— ya que, al hacerlo, se eliminó “el único pasaje (…) que podría haber supuesto una ruptura explícita con la dictadura: pese al importante articulado en favor de los derechos humanos, no existe en toda la carta magna una sola condena del franquismo” (p. 275).

"En el cuadro complejo y lleno de matices que Leira traza, y que se lee casi como una novela de Le Carré, asistimos junto a los protagonistas a las dudas que produjo el nombramiento de Suárez"

Recorremos con el autor esos años complicados en los que los distintos actores tuvieron que ajustar sus papeles porque el que no sabía leer los tiempos, quedaba irremediablemente al margen. Ley sociológica de adaptación y supervivencia, que no sólo afectó a los protagonistas del tardofranquismo —“La incertidumbre del futuro tras la muerte de Franco permitió que muchos actores del régimen oscilaran entre distintas corrientes, adaptando sus discursos según las circunstancias” (p. 56)—; sino también a los opositores al régimen que en esos años vieron cómo capitalizaban su larga lucha aquellos que sabían entender lo que la sociedad reclamaba.

Xavier Vidal-Foch sostiene en sus declaraciones al autor que “durante la transición se produjo una combinación de reforma y ruptura más matizada y compleja de lo que habitualmente se reconoce” (p. 199). Y es bien cierto si pensamos que entre septiembre de 1976 y diciembre de 1978 se llevaron a cabo tres reformas fundamentales: eliminar la legalidad franquista, legalizar los partidos políticos y disolver las Cortes para convocar elecciones democráticas. El clamor social que en la calle se resumía en el grito ‘libertad, amnistía y estatuto de autonomía’…

En el cuadro complejo y lleno de matices que Leira traza, y que se lee casi como una novela de Le Carré, asistimos junto a los protagonistas a las dudas que produjo el nombramiento de Suárez, al juego de equilibrios y las delicadas gestiones que hubo que realizar para redactar la Constitución o para modernizar el ejército, las tensiones que desató el regreso de Carrillo y la legalización del PCE en un momento marcado por el peso de la violencia terrorista y por la permanente amenaza de un ejército acostumbrado todavía a dirigir el país y un largo etcétera de una intensa y emocionante carrera de obstáculos.

"Sólo se podrá conseguir un Estado de derecho moderno, plural y vanguardista si miramos por fin el retrato de frente y decidimos qué queremos ver reflejado en él"

El esfuerzo pedagógico realizado por medios como el programa de televisión ‘Aprenda usted a votar’ con Antonio Ferrandis, “una herramienta de transición: un puente audiovisual entre la dictadura y la democracia” (p. 250), o el rápido aprendizaje de los mecanismos electorales que tuvieron que realizar los periodistas para poder informar son aspectos cotidianos que ilustran muy bien los retos diarios de aquellos años, algo quizá difícil de imaginar para aquellos nacidos ya en democracia.

Es muy interesante entender también la alegría y la corriente de energía vital e ilusión que embargó a la sociedad. Gabilondo habla de un “estallido de voces silenciadas durante décadas” y de un “escenario visualmente impactante, caótico pero lleno de vida, con una pluralidad de actores deseosos de instaurar conjuntamente una nueva realidad” (p. 228). Y Miguel Roca, uno de los padres de la Constitución, cuenta que una noche de diciembre de 1977 al salir de una reunión en el Palau de la Generalitat “cogió un taxi y el conductor le dijo: “Això ha de sortir bé”. Aunque el hombre no sabía exactamente en qué consistía el texto constitucional, comprendía su importancia histórica. Para Roca, ese encuentro resume el sentir colectivo de una sociedad deseosa de estabilidad política” (p. 269).

Esa alegría y confianza en el sistema democrático es lo que parece ahora que hemos perdido, como bien denuncia Leira “remitirse de forma constante al pasado violento para justificar que cualquier revisión de nuestra democracia podría desatar un nuevo conflicto nacional es un grave error” (p. 467). No debemos, por tanto, dejar que la mirada sacralizada a la Transición —que Leira compara con la del artista Basil Hallward al retrato de Dorian Gray en la conocida obra de Oscar Wilde—, nos impida reconocer que sólo se podrá conseguir un Estado de derecho moderno, plural y vanguardista “si miramos por fin el retrato de frente y decidimos qué queremos ver reflejado en él” (p. 469).

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Autor: Francisco J. Leira Castiñeira. Título: Retrato de la Transición: La memoria que escondimos en el desván. Editorial: Siglo XXI. Venta: Todos tus libros.

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