La primera novela de Fernando Bonete recupera la voz silenciada de Marcela de san Félix, hija de Lope de Vega, quien tuvo que convertir su celda en una “habitación propia”. Un retrato del Siglo de Oro desde el ángulo más humano, íntimo y descarnado.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de La hija del Fénix (Espasa), de Fernando Bonete Vizcaíno.
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EL DÍA DE EXEQUIAS
Una mujer en una celda sola.
Sus dedos avanzan despacio. Presionan una cuenta, luego otra. El misterio, el padrenuestro, los avemarías, el gloria, la salve son el quedo murmullo que logra despegarse de sus labios y vencerse en la parda oscuridad de la celda.
Esa misma penumbra de celosía recibe el rumor creciente de una multitud. Frenado por los gruesos muros del convento, el bullicio atenuado de la calle sirve de contrapunto a las campanas de la vecina parroquia de San Sebastián.
Tocan graves.
Muy lentas.
Tañen a tres.
El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo —el misterio, el padrenuestro, los avemarías—. Tocan a muerto —el gloria, la salve, el misterio—. Tocan graves —el padrenuestro, los avemarías—. Muy lentas —el gloria, la salve—. Repican a tres — el misterio.
Tocan a muerto.
De pronto, el sonido agudo de la pequeña campana del convento estalla en lo alto. Casi al mismo tiempo, unos nudillos tocan a la puerta.
—Sor Marcela, es la hora.
La mujer se yergue. Una columna casi toda de blanco se erige en mitad de la celda. Alta para su sexo y su época. Agita con la mano libre la túnica y el escapulario para que terminen de caer y vuelvan rectos a su sitio. Sobre el pecho de este último, la cruz griega bordada. Una vertical de paño rojo y una horizontal azul. Tres son los colores del hábito.
Blanco, rojo, azul.
El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo.
Trinitaria.
Cuelga el rosario del cinto de tela que rodea su estrecha cintura. Lo aprieta y se dirige hacia el armario. Dentro del mueble, fundiéndose con las sombras ocres de la madera, el velo negro. Lo saca, lo besa, se lo pone sobre la cofia. Una clausura en la clausura.
Marcela sale de su celda.
La luz de la tarde de agosto ha empezado a caer, pero el contraste con la negrura y el frescor del interior de la celda y la debilidad de unos ojos cansados por la pena la ciegan. Templa su mirada dirigiendo la vista hacia abajo, la fuente seca, el funesto ciprés, los clavelones y la humilde hierba del pequeño jardín interior de las Trinitarias Descalzas.
Allí no ve a ninguna de sus hermanas. Tampoco las novicias de las que es maestra rondan la galería de su piso. El claustro está desierto.
Al igual que la luz corre liberada de los muros, la algarabía procedente del exterior también salva los tejados hasta el claustro, y llega cada vez con más fuerza, recordándole que es el momento.
Echa a andar hacia las escaleras, empujada por ese fino, pero resistente hilo que siempre le unió a él, hilo fino y tenso que marca y duele, que ahora tira y hiere más fuerte a cada paso.
Llega abajo, deja atrás el claustro y enfila el pasillo que conduce a la iglesia del convento y a su entrada principal.
Al fondo, en la fachada vista desde dentro, las compuertas de roble siguen cerradas, pero los cerrojos ya han sido retirados. Todas sus hermanas se agolpan flanqueando la entrada. Al verla, prelada y provisora agarran sendas argollas y empiezan a tirar de ellas. Las hermanas se apartan al paso de las puertas. Permiten así la visión de la gruesa y oscura reja exterior que obstruye el pequeño pórtico de entrada impidiendo a las hermanas plegarse al mundo.
Para ellas, la ocasión es única. Algunas tienen oportunidades, pocas, de atisbar el exterior desde sus celosías, pero siendo la mayoría veteranas, llevan años consagradas y hace mucho tiempo que no se ven en situación tan expuesta.
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Autor: Fernando Bonete Vizcaíno. Título: La hija del Fénix. Editorial: Espasa. Venta: Todostuslibros.


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