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Gutmaro Gómez Bravo: “La relectura ideológica de la Guerra Civil se impone a las zonas más grises”

Gutmaro Gómez Bravo: “La relectura ideológica de la Guerra Civil se impone a las zonas más grises”

La dictadura franquista no nació de la improvisación, ni el final de la guerra fue fruto de una traición. Detrás del desenlace del fratricidio hubo un plan, pensado al milímetro, tras el cual hubo un personaje mayúsculo, opacado por relatos trágicos —empapados en ideología de saldo—, el coronel Ungría. Gutmaro Gómez Bravo ha rescatado la figura del jefe del espionaje nacional en su último libro, Cómo terminó la guerra civil española (Crítica), una obra que muestra que el final de la guerra fue una gran operación de estrategia orquestada desde el cuartel de Burgos.

Hablamos con Gutmaro Gómez Bravo de lo mucho que les importó el espionaje a los sublevados y lo poco que lo hizo a los republicanos, sobre la quinta columna que facilitó el trasvase de poder en Madrid y acerca de la simplificación que hace la ideología de la Guerra Civil.

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—Su libro pone en valor uno de los pilares de la victoria de los sublevados, su servicio de espionaje.

—Es algo sobre lo que no se ha hablado mucho en general, y menos aún sobre la etapa final en particular. El desarrollo de la Guerra Civil tiene mucho que ver con la guerra moderna, donde el espionaje, los servicios de información y, sobre todo, de contrainformación son muy importantes. Los nacionales consiguen que no les hagan nada en su retaguardia; consiguen destrozar a los republicanos sin tener ninguna injerencia, ni siquiera de los soviéticos. El espionaje fue fundamental.

—De esos militares del servicio de espionaje de los nacionales, uno de los que tiene más protagonismo en su libro es el coronel Ungría. No fue tan conocido como otros personajes de la Guerra Civil, pero tuvo un papel determinante en el tramo final. 

"En cuanto llegó a Marsella se fue a Burgos, y una vez allí, Franco le hizo jefe de información. La República no tuvo nada parecido"

—En el cuartel general de Burgos hubo militares del Estado Mayor y generales que luego ocuparon posiciones políticas y que fueron reconocidos, pero también unos cuantos personajes importantes, como el teniente coronel Bonell y el coronel Luis Gonzalo —encargado de la logística en el tramo final del conflicto—, que acabaron la guerra como secundarios. De entre estos últimos destaca, sobre todo, Ungría; él fue el encargado de coordinar las cuestiones del frente, la retaguardia, la ocupación y la diplomática. Ungría fue agregado de embajada durante diez años, un militar que había estado en todas las capitales europeas y que controla todo ese mundo. También conoce el frente porque estuvo allí. Cuando salió de Madrid fue a Francia a principios de la guerra. En cuanto llegó a Marsella se fue a Burgos, y una vez allí, Franco le hizo jefe de información. La República no tuvo nada parecido.

—La Guerra Civil como una historia militar es casi una quimera hoy en día con la interpretación ideológica de este hecho histórico.

—Esto es algo que nos lastra. La guerra se ha visto casi siempre como una cuestión ideológica, y hoy sigue siendo una foto fija de entonces; esto es un poco absurdo, no hemos comprendido nada. Yo he querido demostrar que esas visiones del final —autojustificativas de la derrota— no explicaban la diversidad ideológica y sociológica del mundo franquista, y también que la derrota republicana no es cuestión cainita. Hay una derrota militar por aplastamiento, aunque hay un intento de negociaciones. Hay una serie de cuestiones que nos hemos vetado a nosotros mismos comprender. Conseguir esa documentación era difícil, pero hemos roto muchos puentes con historias alternativas ligadas a una cuestión ideológica.

—La fragmentación en el bando republicano, que quedó reflejada en las calles de Barcelona en mayo de 1937, es notable entre profesionales del ejército y milicianos en ese final de la guerra. Leo en su libro: “Un odio mutuo que venía de lejos”.

"El cuartel general de Burgos fue capaz de explotar esa diferencia. Al final, los militares profesionales de un bando tienden a pactar con sus colegas del otro"

—El final de la guerra en el bando republicano fue muy complejo. Era un conglomerado de gente que procedía de mundos distintos y que además tenía aspiraciones diferentes. El cuartel general de Burgos fue capaz de explotar esa diferencia. Al final, los militares profesionales de un bando tienden a pactar con sus colegas del otro. Además, los militares republicanos habían sido postergados, marginados. El 16 de febrero de 1939 se juntaron y le dijeron a Negrín que no se podía continuar, que aunque estallara la Segunda Guerra Mundial, eso no iba a evitar la derrota. El 31 de enero el jefe de Estado Mayor, Vicente Rojo, presentó un plan de redención de once páginas. Toda esa reinterpretación ideológica de la que hablábamos antes ha ocultado al ejército profesional. Estos militares fueron doblemente derrotados. De ahí surge la necesidad de una historia militar de los dos ejércitos, de sus dos Estados Mayores, que acaban convergiendo.

—También hay una fragmentación en el bando nacional que los republicanos no saben aprovechar.

—Ahí está el papel de Ungría como jefe de contrainformación evitando cualquier derrotismo, infiltración, su propia fragmentación. Tiene una gran obsesión por la codificación de los mensajes. Los soviéticos son los únicos que podían haber hecho algo. Un ejemplo que muestra la diferencia de mentalidad: Juan Negrín tuvo una etapa en que envió cables al descubierto, a diestro y siniestro.

—Negrín lo intentó jugándoselo todo a la heroica, a la épica. ¿Hemos sido injustos con este político?

—Creo que, en general, con toda esta gente del final de la guerra hemos sido muy injustos. A algunos de ellos se los ha rescatado de muchos olvidos, porque la versión de la izquierda ha ido superponiéndose con acusaciones en medio de la Guerra Fría y el exilio. En este siglo se ha comenzado a restaurar la figura de Negrín, que es algo justo y necesario, pero que se ha hecho de una forma muy española: a costa de otros personajes como Azaña, Rojo y, sobre todo, Besteiro, que también ha sido muy maltratado. El gran chivo expiatorio de todo ese final de la guerra ha sido Segismundo Casado. No se ha reconstruido el relato en un contexto. Esto tiene que ver con cómo son las biografías políticas en España.

—Hagiografías.

—Son biografías de parte. Si haces una biografía más poliédrica, más compleja, das cabida a todos los demás. De esa forma hubiéramos tenido una puerta de entrada a este final de la guerra emparentado con la traición. La guerra no se decidió por una traición.

—En los últimos meses antes de la caída de Madrid, el hambre fue también un arma de guerra. 

"Ahí estuvo esa habilidad del cuartel general de Franco, de Ungría, a través de los panfletos lanzados por la aviación, la promesa del perdón junto con el hambre"

—Desde que se empezó el asedio, queda claro que se va a rendir desde dentro. Con la ruptura de la triangulación entre Cataluña, Levante y Madrid llegó la agonía de los abastecimientos republicanos. Entonces lo que vemos es una nueva forma de inteligencia que es capaz de conectar la desmoralización por abatimiento del enemigo. Esto se empezó a proyectar en Madrid, y luego se replicó en la Segunda Guerra Mundial. Y ahí estuvo esa habilidad del cuartel general de Franco, de Ungría, a través de los panfletos lanzados por la aviación, la promesa del perdón junto con el hambre. Ya no castigan, ahora prometen. Entonces, la guerra psicológica la llevaron a un punto desconocido, no sólo en España, sino en Europa. Y de ese hecho van a tomar todos nota.

—”Antes de que sea tarde y el aplastamiento sea total, entrega tus armas a los nacionales”. El panfleto lanzado por los aviones italianos ya anunciaba cómo iba a ser el final de la guerra. Venganza y más venganza. 

—Por un lado, estaban intentando captar a los militares profesionales. Esto es de lo que se va a encargar, sobre todo, el consejo asesor. Había diez millones de habitantes y medio millón de combatientes a los que acercar a la rendición. No era una tarea fácil, pero el cuartel de Burgos lo hizo muy bien. Lo hacen de forma magistral, y eso que no esconden que va a haber un castigo. De hecho, el uno de enero el propio Franco hizo públicas las penas por el trabajo. No va a haber una amnistía, pero el ejército republicano entiende que ese castigo va a ser para los milicianos, para el Frente Popular, no para ellos. En ese momento se vertebran dos mensajes distintos para conseguir la rendición, pero ya se va alumbrando que iba a haber una posguerra dura.

—Lo explica en la introducción: “El 1 de abril de 1939 la guerra civil llegó a muchos lugares que no la habían vivido”. Ese concepto de “paz militar y victoriosa” se extendió por toda España. La represión llegó a lugares donde no había habido un enfrentamiento manifiesto.

"El final de la guerra fue tan duro porque no hubo ningún tipo de acuerdo escrito, una suspensión de hostilidades, ninguna amnistía"

—Eso es lo que quería expresar. El último sitio donde se juntaron los ejércitos fue en un pueblo de Jaén donde no había pasado nada. Y allí se estableció una auditoría de guerra. A partir de ahí, comenzaron las denuncias de la gente que había estado oculta, y se canalizan a través un sistema que sacó a la luz lo que había ocurrido durante los últimos tres años. El final de la guerra fue tan duro porque no hubo ningún tipo de acuerdo escrito, una suspensión de hostilidades, ninguna amnistía, nada parecido a lo que hubo en los acuerdos después de la Primera Guerra Mundial. Podían haber clasificado a todos los prisioneros y haberlos dejado volver a casa.

—Hay un concepto muy significativo que aporta en uno de los capítulos: hay un montón de informes de los espías de Franco que permiten saberlo todo de las ciudades a las que van a llegar. Esos documentos van a servir para la represión de la posguerra.

—Claro. La planificación previa es fundamental. No se puede decir que es el resultado de la guerra, sino que esa represión es el resultado de algo planificado y buscado. Ese final se alargó porque necesitaban la radiografía de todo el mundo, y eso no lo consiguieron fácilmente; no fue un estallido de violencias descontroladas. Esto explica que tuviéramos unos años, hasta 1942, muy duros.

—Tras la derrota, los sublevados absorben a los miembros de los servicios de información republicanos. Esa es una jugada maestra.

—La operación tiene éxito cuando el ejército enemigo se pasa a llamar como tú. ¿Por qué no hemos pensado la guerra desde el punto de vista de la información? Los nacionales vencen al enemigo en el campo de batalla, pero nunca cuentan que absorben a su servicio de información, que pasa a trabajar para ellos. Esta fue la gran operación de inteligencia. No se puede comprender la represión sin esa operación de inteligencia, porque captan todo el servicio de información. Entonces consiguen la rendición, pero no van a desaparecer, siguen en activo.

—En Madrid esos informadores tienen un apoyo fundamental en el consejo asesor, que ha mencionado antes. Esa es la verdadera quinta columna de la que hablaba el general Mola.

"Esa quinta columna inicial, que fracasó en Madrid cuando se produjo el golpe de Estado, a partir de la estructuración que realizó Ungría pasó a militarizarse"

—Esa quinta columna inicial, que fracasó en Madrid cuando se produjo el golpe de Estado, a partir de la estructuración que realizó Ungría pasó a militarizarse, a tener una lógica y una orientación. Y estamos hablando de gente de primera: los que están al frente de las empresas de ferrocarriles, de la luz, el colegio de notarios… Las instituciones del Madrid republicano estaban bajo su control. El consejo asesor fue un gobierno provisional hasta la llegada del ejército. Los republicanos los tuvieron como interlocutores. Esta planimetría fue muy importante. Siempre pensamos en una caída, en una traición, pero, en realidad, hubo un trasvase, un traspaso de las cuestiones políticas y logísticas. Ellos hablan de una transición, pero la labor del consejo escolar quedó olvidada por el lenguaje de la victoria franquista. La relectura ideológica de la Guerra Civil se impone a las zonas más grises.

—Francia y Reino Unido no quisieron apoyar a la República cuando se produjo el golpe de Estado, y tampoco mediaron para lograr una paz sin represalias como pretendía Negrín. 

—A Negrín se le ha entendido solamente en el sentido de la resistencia para conectar con el relato de la Segunda Guerra Mundial, pero él pidió una rendición con condiciones, que no hubiera represalias. Los británicos, viendo el giro en las relaciones entre alemanes y soviéticos, querían que la guerra acabara cuanto antes. Los franceses lo que querían era expulsar a los refugiados y enseguida reconocieron a Burgos. A Jordana y al representante republicano en Londres les ofrecieron una paz sin condiciones. Es otro de esos puentes que hemos dejado de entender. Esos cables se interceptaron y quedaron sin efecto, pero era un escenario de paz que habría terminado mucho antes con la Guerra Civil.

—Francia tuvo que hacer frente al tránsito de esos millones de republicanos que cruzan la frontera.

"El gobierno francés envió a un agente a conversar directamente con Jordana sobre la vuelta de esos refugiados"

—El gobierno francés envió a un agente a conversar directamente con Jordana sobre la vuelta de esos refugiados. En ese momento, los franceses se ofrecen a reconocer al gobierno de Franco, incluso antes que los británicos. Esta postura no tiene nada que ver con los ideales democráticos; los franceses no querían tener un problema humanitario. Eso sí, se quedaron con las armas nuevas de los republicanos, con su dinero y parte del tesoro artístico.

—Y menos mal que consiguieron salvar las piezas que habían sido evacuadas del Museo del Prado.

—Algo se olían y las mandaron a Suiza. (Risas)

—Esa teoría de que España fue una especie de ensayo de lo que vino más tarde queda refrendada con un dato que aporta en su libro: la presencia de la Gestapo en España. 

—En buena medida, el servicio de Ungría tiene que ver con la propia legión Cóndor, que identificamos con la aviación, pero que, en realidad, cuenta con cinco mil militares, a partir de 1937, de la inteligencia alemana. Los van a formar en esa policía militar, que tuvo una gran importancia en la Segunda Guerra Mundial. Ungría tuvo los cables de los republicanos en tiempo real porque se los dan los alemanes. Los nacionales no sólo cuentan con el apoyo militar alemán e italiano en el campo de batalla, sino que se adiestran en su modelo y tienen a su disposición esos servicios de información. La Legión Cóndor no es sólo la aviación y su participación en el bombardeo de Guernica, sino que es ese ensayo de la policía del frente que pondrán en marcha después de Dunkerque.

—Por eso les resultó tan sencillo atrapar a Companys y localizar a Montseny.

—Es que llevan cooperando dos años y pico largos.

—El Vaticano intentó mediar, pero Franco no estaba por la labor. 

"Franco tenía un plan bastante preestablecido y no quería ninguna mediación"

—Franco tenía un plan bastante preestablecido y no quería ninguna mediación. Tenía la victoria militar cerca, había una planificación y ya estaba pensando en la posguerra y el trasvase de poder en la capital. Entonces, hubo una mediación del Vaticano, a la que no se pudo oponer, porque era el santo padre y él es un católico reconocido. Roma había convencido a Reino Unido y Estados Unidos para impulsar un armisticio en la Nochebuena de 1938. Franco le ordenó a Ungría que ese pacto no debía salir. Y ahí entraron en juego los italianos.

—Por ahí aparece el yerno de Mussolini, el conde Galeazzo Ciano, que ya había tenido un papel importante en el Pacto de Santoña.

—Los servicios de inteligencia italianos se adelantaron a los de Franco en Santander, aunque no tenían ese interés policial de los alemanes. Los italianos estuvieron muy encima de esta operación porque todos querían apuntarse el tanto de la toma de Madrid.

—Terminamos. ¿Qué sintió al descubrir toda la información de esos archivos? ¿Cómo fue el proceso de investigación?

—El trabajo con los archivos es complicado porque hay que acumular información que se tarda mucho en transcribir y en comprender. Este es un trabajo que empezó hace años. Entre medias publiqué Los descendientes, que es una cuestión más familiar. Después cogí un poco de aire y estuve en Alemania para ver parte de los papeles que faltaban. Al final, necesitas perspectiva porque, si no lo haces, te conviertes en un transcriptor de fuentes.

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