La fotografía la sacó Linda McCartney desde su coche, detenido ante la estación de metro de Saint John’s Wood, a unas pocas manzanas de los estudios de Abbey Road. Se ve en ella, de espaldas, a su marido, que compra el diario en un puesto callejero. Lleva un largo abrigo gris cuya faldilla bailotea mecida por el viento, tuvo que ser aquella una mañana fría, y sujeta en su mano izquierda unas cuantas bolsas mientras la derecha abona el precio correspondiente por el periódico que acaba de adquirir, o quizá haya que escribirlo en plural porque es probable que finalmente se hiciese con más de uno. Sería una estampa normal y corriente, absolutamente inane en su cotidianidad, de no ser por los reclamos publicitarios que se advierten en torno al mostrador del quiosco. Son ellos los que nos informan de que la instantánea tuvo que tomarse en las primeras horas del martes 9 de diciembre de 1980, los que dan cuenta de que aquel día, en aquel amanecer neblinoso en el que vestía el otoño londinense sus primeros ropajes invernales, las cabeceras se despertaron llorando en primera plana el asesinato de John Lennon.
Lo había abatido a tiros la noche anterior un joven que respondía al nombre de Mark David Chapman y al que el propio Lennon había firmado un autógrafo aquella misma tarde. Ocurrió en el vestíbulo del Dakota, el edificio de apartamentos en el que residía junto a Yoko Ono y cuya fachada principal mira al costado oeste de Central Park. La Policía lo detuvo al instante y halló entre sus pertenencias un ejemplar de The Catcher in the Rye. «Ésta es mi declaración», había escrito de su puño y letra en una de las páginas de respeto. Los agentes no tardaron en averiguar que Chapman había llegado a Nueva York dos días antes y se había alojado en un local de la Asociación de Jóvenes Cristianos antes de instalarse en una habitación del Sheraton. Llevaba como equipaje una bolsa de mano con una sola muda, varios discos de los Beatles y algunos de Lennon en solitario. El Sheraton no está lejos de Times Square. Desde sus puertas, al pie de la Séptima Avenida, se tarda poco en llegar a la 59 Oeste, y desde allí uno da en escasos minutos con el estanque que llaman The Pond, ya en la esquina con la Quinta. Puede que sea el menos vistoso de los lagos que adornan el gran pulmón verde de Manhattan, pero acaso se trate del más literario de todos. En dos de los pasajes recurrentes de la novela de Salinger, Holden Caulfield pregunta a sendos taxistas si saben adónde van los patos que habitan ese rincón del parque cuando llega el invierno y las aguas se congelan y se hacen invivibles. En ambos casos se queda la pregunta sin respuesta. Se desconocen todos los pasos que dio Chapman en esas dos jornadas que transcurrieron entre su llegada a Nueva York y la consumación del crimen, y no hay por qué imaginar que no cediera a la tentación de remedar los pasos de Caulfield, el adolescente descreído al que consideraba su alter ego y cuyo nombre esgrimió para tratar de encontrar una justificación al asesinato. Sí es conocido que llegó a abordar en algún momento al cantautor James Taylor y que unas pocas horas antes de apretar el gatillo se encontró con el ama de llaves de Lennon, que llevaba de la mano al pequeño Sean; la mujer declaró que se les había acercado para estrechar la mano del niño y que le había recitado de memoria algunos versos de la canción «Beautiful Boy». Es un vacío lo que se cierne sobre la mayor parte del tiempo que pasó el alucinado Chapman vagabundeando por Manhattan, así que por qué no aprovecharlo para fantasear con la posibilidad de que se acercase hasta The Pond y se detuviera a contemplar sus aguas aquietadas, próximas a convertirse en hielo, mientras se iba aproximando la ciudad a las fechas navideñas e invocaban las luces callejeras esa felicidad que se asume como obligación cada vez que comienzan los calendarios a deshojar el fin de año. Qué difícil escudriñar su mente enferma en las vísperas febriles del acto con el que quitaría la vida a otra persona y se condenaría él mismo a convivir con el estigma, cuánto frío al tratar de rehacer sus andares desnortados por unas aceras por las que se desparramarían las rutinas frenéticas de la urbe, ajena a la inminencia de una fatalidad que nadie sospechaba y que no era en aquellos instantes más que el objetivo neblinoso de un hombre que caminaba confundido entre las multitudes, una silueta más en el gran teatro de sombras de la capital del mundo.
Se quedó en la escena del crimen después de vaciar el cargador. Sacó su ejemplar de The Catcher in the Rye y se puso a leerlo hasta que llegó la Policía. No opuso resistencia cuando lo arrestaron y en su declaración dijo estar seguro de que la mayor parte de su personalidad estaba usurpada por Holden Caulfield, «el resto de mí debe de ser el diablo». Los interrogatorios se prolongaron durante horas sin que dieran frutos reseñables. En una ocasión, cuando ya había transcurrido la noche y se exasperaban los ánimos y hacía el insomnio que se diluyesen las paciencias, quizá al mismo tiempo en que se detenía Paul McCartney a comprar el periódico en un pequeño quiosco de Saint John’s Wood, uno de los agentes a los que se había encomendado su custodia le preguntó por qué había asesinado a John Lennon. Chapman lo miró a la cara y respondió: «Él sabía adónde van los patos en invierno, y yo necesitaba saberlo».


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