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El oficio de escribir, de Jack London

El oficio de escribir, de Jack London

Se publica esta compilación de ensayos inéditos en español de un maestro de la literatura universal, Jack London, sobre cómo ser escritor, y consejos prácticos para noveles. La mayoría de textos recogidos en esta edición anotada fueron publicados en prensa.

En Zenda reproducimos un fragmento de El oficio de escribir (El Desvelo), de Jack London.

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PRIMEROS AUXILIOS PARA AUTORES NOVELES

Muchas son las motivaciones que impulsan a los hombres a adentrarse en el espinoso camino de la literatura y entre estas fuerzas apremiantes quizás deba destacarse principalmente la ambición.

Ambición es un término muy vago. Vayamos a la raíz del asunto, despojémonos de toda tontería y astutas artimañas y aclaremos el término con algo más concreto. ¿Ambición de qué? ¿De fama? ¿De notoriedad? ¿De público? ¿De poder? ¿De un sustento? De hecho, ¿para qué?

Ahora, quede dicho en este punto que la discusión concierne solamente a aquellos individuos que realmente acceden a la palestra y saturan con cartas para encontrar un mercado. No nos importa el poeta verdadero, el que canta por el simple placer del canto, el que canta porque la fuerza lo lleva a lo largo de la línea de menor resisten cia, el que canta, en resumen, porque no puede dejar de cantar. Tal persona no envía sus canciones ensobradas a los confines más remotos de la tierra para atormentar el alma de innumerables editores. En el mejor de los casos (o puede que en el peor), tras mucha persuasión, logra una edición privada para su distribución gratuita entre sus amigos más cercanos y queridos, pero él no hace nada más. Por supuesto, el tono de la nota que tañe es puro, dulce y verdadero, posee la fuerza, la profunda, la indeleble pulsión eterna, pero no conseguirá más oyen tes. Sin embargo, son ellos quienes hacen su público, pues cada trino de sus canciones viaja de uno a otro, hasta que al fin el mundo entero esté dividido entre el canto y el clamor por los trinos y los telégrafos echan humo con ofertas de editores ansiosos. En este caso, es el mercado el que acude a él, no él al mercado.

Pero estamos inmersos en el análisis de la ambición que lleva a los hombres a convertir en mercancía sus reflexiones escritas y enviarlas, como si fueran nabos y repollos, para que sean compradas y vendidas. Cuando un hombre hace esto, es justo preguntar por qué. ¿Lo hace por fama? Veámoslo. En primer lugar, la pregunta es ¿acaso un hombre, impulsado únicamente por un ansia de distinción o gloria llega a ser alguna vez distinguido o glorioso? No parece ser así. Puede que alcance cierta notoriedad, pero jamás renombre. Los grandes hombres del mundo lo son porque tenían una misión que cumplir y la cumplen; porque trabajaron con ahínco, absortos en su labor, hasta que un día, sorprendidos, se ven colmados de honores y sus nombres resuenan de boca en boca. Y, además, para quien mercadea con sus ideas solo por el privilegio de ocupar puestos de poder, ¿acaso no es ridículo que persiga la fama recorriendo editoriales y redacciones, acosando a un sinfín de gente ajetreada a la que ni siquiera conoce? ¡Sin duda, los laureles no son para alguien como él!

Luego, están otros hombres, ambiciosos solo por verse en el papel, solo para que sus amigos digan: «Ahí está Soandso. Amigo, ¿no lo sabías? Escribe para las revistas». Tal hombre desea que la gente hable de él, busca colarse por un momento en la feria de las vanidades y, luego, pasearse orgulloso entre aquellos que él sabe que se han sentado entre escritores. Desea poseer una distinción de casta que no le es innata y que, debido a su ansiedad inherente, nunca podrá ganarse. Hay hombres que son criaturas mezquinas, vanas y tontas, pelmas de editores a los que son presentados, pero, mientras lloramos por ellos, no podemos considerar ambiciosos a estos seres descarriados. Seamos caritativos, echemos la culpa a sus ancestros y prosigamos.

Hay muchos otros que deben ser eliminados de la lista; los especialistas, por ejemplo: médicos, abogados, profesores, historiadores y científicos. Estos hombres escriben según su especialidad, como hombres que tienen algo que decir. Pero sus ambiciones se han colmado ya en las carreras que eligieron y el trabajo literario que hacen es solo una fase novedosa en sus trayectorias. También están los diletantes: gente que no tiene un gran mensa je que ofrecer al mundo y que, sin ser vanidosos y sin necesidad de luchar por la existencia debido a un golpe de fortuna o por las circunstancias, desean solo estar ocupados, gente que escribe por la misma razón por la que caza, pesca, viaja o va a la ópera.

Para todos ellos, la ambición, como término distintivo, no juega ningún papel. ¿A quién, entonces, se aplica? A dos clases: aquellos que tienen, o creen tener, un mensaje que el mundo necesita o que estaría encantado de es cuchar; y aquellos cuyas vidas han sido arrojadas a terreno duro y estéril, y se esfuerzan por satisfacer las necesidades de su estómago. La primera es la clase más pequeña. Son las criaturas celestiales, que lanzan fuego, que traen fuego, hechas de tal forma que deben hablar aunque los oídos sean sordos y los cielos se desplomen. La Historia está llena de ellos y da fe de que han hablado, ya sea en las tablas del Monte Sinaí, en los panfletos beligerantes de un épocas posteriores o en el vociferante periódico dominical de hoy en día. Su ambición es enseñar, ayudar, elevar. El yo no es un factor determinante. No fueron creados principalmente para su propio beneficio, sino por el bien del mundo. El honor, la gloria y el poder no les atraen. Una corteza de pan y el sayal de un mendigo satisfacen todos sus deseos materiales.

La existencia es una etapa, un medio para un fin. El consuelo y la felicidad del mundo son su confort y su felicidad. Y, siendo ellos mismos ayudantes y consejeros, no piden ayuda ni consejo; tampoco la aceptarían si se les ofreciera, pues sus destinos están predestinados como las estrellas. Y cuando todo está dicho y hecho, ¿quién querría que fuera de otra manera?

Pero todavía queda la segunda clase y, dado que es la clase más numerosa, compuesta por criaturas del mismo barro que usted y yo, veamos qué papel juega la ambición al precipitarse a una imprenta. Pregunte a los editores, a los propietarios, a los libreros, al público lector, y la res puesta será: «dinero». Ahora, el idealista o el soñador que se ha extraviado tan lejos haría mejor en darse la vuelta. La pregunta en cuestión se vuelve brutal. ¿Dinero? ¡Sí, dinero! Así que vuelva a sus mundos de fantasía y déjenos tranquilos. Sabemos muy bien que no podemos contentarnos con una corteza de pan y el sayal de un mendigo, pero se dará cuenta de que estamos hechos de arcilla. Nuestros pe cados recaen sobre las cabezas de nuestros progenitores o de quienes hayan tenido parte en nuestra formación.

[…]

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Autor: Jack London. Título: El oficio de escribir. Traductor: Javier Fernández Rubio. Editorial: El Desvelo. Venta: Todos tus libros.

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