La matanza de Hamás en territorio israelí el 7 de octubre de 2023 y la brutal respuesta del ejército de Netanyahu han reavivado el interés por un enfrentamiento enquistado en el tiempo, sin solución aparente. Son muchas las incógnitas de un conflicto tan complejo como el que divide a israelíes y palestinos. Se repite una y otra vez la pregunta “¿cómo hemos llegado hasta aquí?”. Quién no desearía viajar a los orígenes del nuevo Estado judío, para conocer de primera mano lo que provocó que Israel, y su entorno, sea hoy lo que es.
Sólo un año después, en 1957, Josep Pla llega a Israel. No podía haber elegido un momento más oportuno. El suyo no es un viaje privado, sino oficial. Le ha invitado la naviera ZIM (Zim Integrated Shipping Services), propiedad de la todopoderosa Agencia Judía, la entidad multinacional, creada en 1929, que se encargaría de promover la fundación del Estado judío y el traslado masivo de inmigrantes a Palestina.
Su viaje, aunque en ningún momento se queje, es un viaje controlado. Es un invitado del Estado de Israel. Siempre va acompañado de un guía o de un chófer, que se encargan de facilitarle la visita y de que el periodista vea lo que a Tel Aviv le interesa que vea. No es de extrañar, pues, que haga especial hincapié en los aspectos más positivos, en su admiración hacia la labor ingente de crear, en un tiempo récord, un país desde la nada.
Sorprenden las facilidades que ofrecen al visitante. Hay que tener en cuenta que el régimen de Franco había colaborado con los países árabes en el intento de impedir que Israel fuera admitido en la ONU y que España había sido admitida en Naciones Unidas solo dos años antes del viaje de Pla.
Es bien conocida, también, la recurrente alusión de la dictadura a la tradicional amistad hispano-árabe. Israel tampoco había olvidado la obsesión franquista con la “conspiración judeo-masónica” y que, unos pocos años antes, los vencedores de la Guerra Civil española habían sido aliados de Hitler y Mussolini, artífices del Holocausto, que precipitó la creación del nuevo Estado. De hecho, España e Israel no establecieron relaciones diplomáticas hasta mucho después, en el año 1986, ya en plena democracia española.
El volumen arranca como un libro de viajes. Pla describe con detalle, y notable exhibición literaria, el paisaje mediterráneo, la luz, el color del mar. Desde que zarpa del puerto de Marsella hasta que desembarca en Haifa, son continuas las referencias a la mitología clásica. Nos habla también de los pasajeros que le acompañan, prácticamente todos migrantes judíos, algunos pobres del norte de África y otros ricos de Europa, Estados Unidos o Argentina.
Se sorprende de las comodidades del navío, que dispone de los últimos adelantos. “¿Quién hubiera podido imaginar que se pudiera ir a Jerusalén a base de aire acondicionado, duchas a todo pasto y bebidas deliciosas y refrescantes?”.
Explica a los lectores cuál es el objetivo de su viaje. “Mi obligación es pasar unos cuantos días en Israel y dar de este país una impresión lo más completa y objetiva posible”, asegura. Su reacción es de continuo asombro. “¿Cómo es posible que puedan vivir ya dos millones de hombres y mujeres en un espacio de la tierra que durante dos mil años —y más— ha sido un desierto?”, se pregunta.
Nos habla del “milagro israelí”, de la titánica lucha contra el desierto, de los esfuerzos denodados por llevar agua a todos los rincones de lo que ya se conoce como “el país de las tuberías”, de cómo se ha conseguido amalgamar a habitantes de más de cien nacionalidades diferentes, de la resurrección de una lengua aglutinadora [la hebrea] más muerta que el latín, del nivel de vida que aún no han conseguido algunos estados europeos.
“La gran sorpresa, que en relación con su situación geográfica produce este país, es encontrarse en Asia con un espacio que no es más que una continuación de Europa desde todos los puntos de vista —analiza—. Esto es lo que, a mi entender, no podrán digerir los árabes del vecindaje de Israel: la presencia de un pueblo no solamente occidental, sino de los que más han contribuido a la formación de la civilización moderna”.
No disimula su antipatía hacia los árabes. “¡Cómo mienten los árabes! —proclama— Sus oficinas de propaganda están basadas en los mismos principios de los sacamuelas. Son los auténticos herederos del difunto señor Goebbels. Los americanos y los ingleses saben que mienten, pero hacen la vista gorda para que los intereses del petróleo no sufran el menor tropiezo”.
Algunas de las impresiones que vierte Pla en sus crónicas parecen escritas hoy mismo, lo que pone de manifiesto sus dotes de analista y también el enquistamiento de la situación en la zona. “La franja de Gaza vuelve a ser, pues, un nido de inseguridad, de intranquilidad y de peligro. La situación se está envenenando otra vez. Gran cuidado, pues, con la Franja de Gaza. Este cuidado habrá que extremarlo, si delante de los hechos de violencia no se hace justicia. Gaza vuelve a ser un peligro”.
Sus predicciones no pueden ser más acertadas. “El futuro es un interrogante, pero, dada la confusión en la que vive el mundo árabe, en las fronteras de Israel ocurrirán, más tarde o más temprano, grandes acontecimientos”. O cuando contempla la frontera de entonces entre Israel y Jordania en la ciudad vieja de Jerusalén. “Aunque no sea más que verla sobre el mapa [la frontera], uno queda sobrecogido de temor; cuando se ven las cosas con los ojos, el temor se convierte en inquietud, porque hace comprender que mientras exista será un pretexto permanente e inagotable de discordia y de violencia”.
El humor socarrón de Pla se cuela entre sus observaciones. Como cuando escribe sobre su visita a Sodoma. Llevado por la curiosidad del buen periodista, intenta encontrar Gomora, bíblicamente unida a Sodoma. Empeño inútil. Nadie sabe decirle dónde está. La Biblia asegura que fue destruida por Dios, y los arqueólogos son incapaces de situar dónde se encontraba. Pla acaba reflexionando sobre los misterios de estas tierras. “¿Cómo es posible que en un país como este, de tan poca amenidad, pudo haber personas que se dedicaran a la sodomía y al gomorreísmo en circunstancias tan delirantes como en la Biblia es recordado? ¡Cosa más rara!”.
La comida y la bebida son asuntos en los que Pla no puede dejar de detenerse, y a los que da especial importancia, pero no parece que se encuentre en el lugar indicado para exquisiteces, en un país en el que “la bebida nacional es el agua corriente”. “Aunque uno tenga poca tendencia a convertirse en peregrino, uno se convierte en peregrino a la fuerza, porque las amenidades, en este país, son escasas…”.
Así, relata cómo, en una de las múltiples fiestas del judaísmo, intenta beber alcohol. “En el hotel me dijeron que no servían. ‘¿Es un principio?’, pregunté. Y me dijeron: ‘Sí, es un principio’. Por primera vez en mi vida, tomé una naranjada como toda bebida para mi cena”. Y apostilla: “La Coca-Cola para mí es un sacrificio”.
La lectura de las crónicas publicadas en la legendaria revista Destino resulta deliciosa. El enviado especial no sólo nos ilumina sobre la apasionante peripecia de la construcción del Estado de Israel, en unos textos llenos de datos y referencias, sino que, además, nos obsequia con un análisis fino y certero del crónico conflicto de Oriente Medio. Pla nos ofrece un panorama rico en pertinente observaciones, que resultan de plena actualidad pese a haber sido escritas hace casi setenta años.
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Autor: Josep Pla. Título: Israel en 1957: Un reportaje. Editorial: Destino. Venta: Todostuslibros.


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