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Este libro sí pinta bien

Varias generaciones de historiadores, entre los que me incluyo, nos formamos en una concepción de la disciplina que no solo no rehuía el lenguaje abstruso y la aridez, sino que los buscaban a conciencia y se ufanaban de ello. Si la historia quiere ser ciencia y gozar de esa categoría, nos argumentaban, tiene que huir del mero relato y la amenidad. La historia no es un cuento, ¡cuidado con contaminarla de literatura! Llevado el criterio a sus últimas consecuencias, hasta escribir bien parecía un delito o, al menos, una traición.

El resultado, como no podía ser de otro modo, fue que las obras históricas catalogadas como serias y rigurosas no salían del estrechísimo círculo de especialistas. El público meramente interesado en la historia no hallaba en los historiadores profesionales los intermediarios que buscaba y necesitaba. El vacío fue entonces llenado por diletantes sin la formación adecuada pero que hallaron un filón precioso y un gran éxito de ventas atendiendo a la divulgación histórica que la sociedad reclamaba.

"Sigue habiendo un amplio margen para la aproximación histórica de tono costumbrista, anecdótico y pintoresco, entendiendo esas vertientes no en su aspecto peyorativo sino complementario"

Por si fuera poco, el prestigio de la cosmovisión marxista y su metodología se superpuso a la tendencia antedicha, agravándola más aún, con su énfasis en las estructuras, los movimientos y las fuerzas impersonales como motores de la historia. Los individuos de carne y hueso prácticamente desaparecieron o se convirtieron en cifras ilustrativas. Se trataba de combatir la historia tradicional (reyes, hazañas, personajes) yendo al extremo opuesto. La biografía, por ejemplo, fue anatematizada. Las decisiones individuales, las peripecias concretas o la contingencia en general siguieron el mismo camino.

Las cosas, por fortuna, han cambiado, pero no tanto como a menudo se dice (o se presume). Hoy día no son pocos los historiadores que, lejos del desprecio, valoran la divulgación histórica e incluso se afanan en ella. Pero sigue habiendo un amplio margen para la aproximación histórica de tono costumbrista, anecdótico y pintoresco, entendiendo esas vertientes no en su aspecto peyorativo sino como complementario de otras formas de hacer historia. A esto todavía son renuentes los historiadores académicos.

"Confieso que abrí el volumen con un cierto escepticismo, pensando que en su interior iba a encontrar una sucesión de anécdotas llamativas pero inconexas"

Así lo pone de relieve el éxito que obtienen muchos divulgadores que surgen fuera del ámbito propiamente historiográfico. Entre ellos, Álvaro Carmona, doctor en Medicina Molecular, pero aficionado a la historia y su difusión en redes sociales como @sdesiensia. El doctor Carmona realiza un viaje a través del arte y la enfermedad (subtítulo del libro que nos ocupa), consistente en examinar con su mirada y bagaje científicos los retratos y cuadros en general de la historia del arte occidental. Más de cinco siglos de actividad artística revisados con la lupa casi detectivesca del profesional de la medicina. El resultado es sorprendente, más aún que el título del volumen, al que volveré al final de este comentario: Le seré sincero, no pinta bien.

Y digo que el resultado es sorprendente, atendiendo a mi propia actitud ante la obra. Confieso que abrí el volumen con un cierto escepticismo, pensando que en su interior iba a encontrar una sucesión de anécdotas llamativas pero inconexas, una especie de muestrario de feria, tipo galería de monstruos. Nada más lejos de la realidad. Según iba leyendo y avanzaba páginas, no pude más que reconocer que Carmona ha realizado un trabajo brillante, aunando además, lo que no es nada fácil, el rigor analítico con la exposición amena, que no elude el guiño cultural, la ironía o el sentido del humor.

"El capítulo séptimo estudia la plasmación de los estados nerviosos, en particular la epilepsia, con tablas de Goya y Juan de Flandes"

Y eso que la materia que trata no se presta en principio a muchas bromas. Comienza el recorrido con el probable cáncer de mama de La Fornarina, el célebre cuadro de Rafael, y de una de Las tres Gracias, el no menos famoso cuadro de Rubens. El capítulo segundo aborda el hirsutismo y la hipertricosis en las representaciones, entre otros, de José de Ribera (La mujer barbuda) y Juan Sánchez Cotán (Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda). A continuación llega el turno de los trastornos del crecimiento, que da pie al análisis de dos conocidos lienzos de Velázquez, El bufón el Primo, El niño de Vallecas y de su obra cumbre, Las meninas.

Bajo el literario título de «Retrato de una dinastía condenada», el capítulo cuarto se ocupa de las enfermedades congénitas. Me basta con citar en este contexto, por ser suficientemente expresivo, el retrato que hizo Juan Carreño de Miranda de Carlos II: su cara lo dice todo. Los casos singulares y pseudocientíficos constituyen el tema del siguiente capítulo: me limitaré a mencionar también aquí tan solo al conocidísimo cuadro de Jan Sanders van Hemessen, La extracción de la piedra de la locura. Llega luego el turno de los crímenes y, en general, las muertes violentas, con La muerte de Marat, de Jacques-Louis David, como muestra representativa, aunque tampoco está nada mal Judith decapitando a Holofernes, de Artemisia Gentisleschi.

"Con su mirada, gestos o su carne doliente, hombres y mujeres, niños y ancianos, nos interpelan como seres humanos, nos reconocemos en sus rostros y en sus cuerpos"

El capítulo séptimo estudia la plasmación de los estados nerviosos, en particular la epilepsia, con tablas de Goya y Juan de Flandes. Seguimos con las infecciones, un campo vastísimo en el que no podía faltar El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel el Viejo. La salud mental constituye la siguiente estación del recorrido, con un excepcional autorretrato de Gustave Courbet, entre otras obras y autores. Para terminar esta visión panorámica, consignaré que los dos últimos capítulos, décimo y undécimo, tratan respectivamente de los cuidados intensivos (valga como muestra Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, de Murillo) y las «artritis, cataratas y otras lindezas», con plasmaciones muy diversas de Goya, Renoir, Monet, Degas y Van Gogh, aunque la muestra más impactante sea sin duda La columna rota, de Frida Kahlo.

Carmona ha conseguido con este volumen una transformación de nuestra mirada: «has aprendido a mirar con otros ojos», le susurra al lector, no solo para detectar enfermedades sino para comprender que medicina y arte son dos caras de la misma moneda, ramas del mismo árbol cuyo tronco es la humanidad. Ahora, un cuadro nos suscita más empatía, menos frialdad. Con su mirada, gestos o su carne doliente, hombres y mujeres, niños y ancianos, nos interpelan como seres humanos, nos reconocemos en sus rostros y en sus cuerpos. El artista ha ejercido de intermediario entre ellos y nosotros. De ahí el doble sentido del título: no pinta bien la salud de los representados pero, en aras de la sinceridad, sí pinta bien la plasmación física de las enfermedades que sufren. Y, como colofón, puede decirse que este libro consigue sus objetivos: pinta todo ello bien, pero que muy bien.

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Autor: Álvaro Carmona. Título: Le seré sincero, no pinta bien: Un viaje a través del arte y la enfermedad. Editorial: Crítica. Venta: Todos tus libros.

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