Inicio > Blogs > Ruritania > Los días rotos

Los días rotos

Los días rotos

¿Duermen los peces?

¿Sienten las plantas?

¿Cuáles son las consecuencias de la desregulación del dióxido de carbono en chetolandia?

¿Qué conexión tiene un modo de cocinar con cómo se entiende la vida?

Hace meses hubiera sido capaz de escribir de cualquier cosa y más. Hubiera sido cuestión, tan solo, de escoger el primer tema que me viniera a la mente, y a soltarlo. Ahora no puedo.

Me dicen: “Últimamente siempre escribes de lo mismo”. Respondo: “He pasado de cocinar platos que requerían días de preparación a no ser capaz de ordenar los pasos para hacer pasta con setas”.

Leo que el desamor es como el síndrome de desintoxicación y me dan ganas de enganchar al cretino que lo ha escrito para National Geographic, y al grupo de asépticos investigadores que han producido los resultados, y escupirles sangre negra a las caras, gritarles que no tienen ni puta idea de lo que es lo uno ni lo otro.

Que yo he sufrido síndromes de abstinencia. O más bien he tenido la suerte de pasar por ellos, porque lo contrario implicaría seguir siendo un adicto.

Pero esto, un corazón metafóricamente roto y un cerebro verdaderamente reventado, son cosas de las que no se sale. No hay un luego, ni un olvido. No, lo siento, la vida no es muy larga. Uno o una no está muy joven para nada. No es cuestión de juventud, ni de ser materia prima reutilizable. No es, tampoco, un discurso sobre utilitarismo. La felicidad no es una meta, ni es una cosa real, como discuto en mi último libro. Si acaso la serenidad sea un fin que exista dentro de lo posible. Esto siempre y cuando no se padezca el mal de una mente que nunca olvida, como una condena.

"Ojalá no fuera este callejón al que ni los gatos negros entran, esta puñalada permanente"

Aquí voy a pedir un favor. Si es usted, lector, de esos que piensa que de todo se sale, que el amor se siembra, que crece, que abunda como los peces en el mar.. tengo dos cosas que decirle. La primera es que esa creencia de infinitud de peces bajo las aguas nos ha conducido a unos océanos desiertos; la segunda es que no se van a llevar bien usted y este texto. Defiendo fervientemente las bondades de leer opiniones contrarias a las propias. Pero en tiempos de pieles tan finas, circuncidaditas todas, no está de más avisar.

Ojalá eso del amor que ya no nutre y sigue vivo pero ahora solo raja y mata… de veras que sería más benigno si fuera como una abstinencia forzada. Una hermosa maraña de sudores fríos, dolores musculares, fiebres, pérdida de sueño, cambios de humor, etc. Y después una lenta vuelta a la normalidad, hasta que apareciera el siguiente castillo en el cielo. Ojalá no fuera este callejón al que ni los gatos negros entran, esta puñalada permanente.

¿Pero qué digo? Prefiero lo cierto a las mierdas fast food, potenciadores del sabor de los días, esa vulgaridad animal compartida que otros atesoran. To’ pa’ ellos. Y, la verdad, el mundo pa’ la pinga.

Verán, el sexo es necesario para la perpetuación de la especie —ya está, esto es cuanto debían aprender en clase de biología—. Y al ser un acto inherentemente violento, demandante energéticamente, punitivo para la fisiología de organismos que, deportistas al margen, viven en un estado de sofá permanente, requiere de algún tipo de recompensa. O de lo contrario no lo haría ni Cristo. Eso es lo que para muchos pasa por amor. Sí, estoy generalizando. A quien le moleste que generalice a una población de billones, le invito a reflexionar si no tiene algo de sentido, dado que somos criaturas de hábitos propios de masa clonal metamorfoseada merced a la destrucción indiferente, irresponsable y sistemática la vida en el planeta. La mayoría de las charadas que pasan por amor son solo caprichos muy bien montados, que duran más o menos en base a factores ambientales, la arquitectura cerebral de cada uno y la historia familiar. Con suerte fructifican con unos cuantos hemiclones. No hay drama de lo contrario, lo volverán a intentar, garantizado.

"Hay adicciones a cosas que te matan más despacio para así extraer más jugo de la presa"

Sin embargo, a veces surge ese amor de novela, de belladona, tristemente llamado verdadero, porque hasta aquí ha llegado el poder de los sucedáneos y es necesario garantizar con certificado de calidad ese sentimiento de puta obsesión acaba-vidas. Con una etiqueta reflectora como las de las gorras. Un crotal sería cosa más apropiada.

Esa clase de amor no es una cosa que interese desde el punto de vista evolutivo. Los pocos que lo padecen (sí, hostia, es un padecimiento, una condena), salvo hermosas excepciones, no aportan nada a la especie. La ruptura los quiebra, sus gametos se quedan en eso, y si se transfieren aumentan el riesgo de que salgan chalados con una inclinación neurofisiológica a “sentir demasiado”. No estoy seguro de esto, de esto de sentir demasiado. Estoy seguro de la parte obsesiva. Del mismo modo que crear es una obsesión, que investigar solo funciona cuando se vuelve todo, obsesión pura. Esa es la parte en la que las tristes criaturas que nunca han amado a otro ser más que a sí mismos deben, en la aspiración humana por entender hasta el peo de las moscas, haber vinculado con el síndrome de abstinencia. Pero son bien diferentes. Las drogas y las adicciones existen en todos los formatos y están al alcance de todos. Hoy día todo el mundo es triste adicto, ni siquiera un adicto guay, empantanado en el elixir verde de las hadas, no. Hay adicciones a cosas que te matan más despacio para así extraer más jugo de la presa. ¡Un hurra por la eficiencia!

Por otro lado, el amor tiene más similitud con la pared de la que nace el eco que ya sabía del sosiego que causan unos latidos anormales y parecidos, el sacrificio más absoluto por la figura adorada. Y no soy un experto, solo un imbécil que ha dado forma, perezosamente, a la frustración de escuchar que escribe, siente, respira y analiza “demasiadas veces lo malo”, su experiencia con la mujer que destruyó la familia en común. La mujer cuya sola aparición hizo que olvidara al resto del mundo, esa cuya inestabilidad mental le pintó un crespón rosa y azul en las costillas.

¿Es el amor que he conocido una cosa correspondida? Sin remedio. ¿Es una enfermedad mental? Partiendo de que me considero alguien bastante inclinado a la locura, prosiguiendo con mi amor por autoras de similares inclinaciones a la melancolía, alucinaciones y muertes prontas… no me considero en condiciones para decir que sí. Aunque sí, joder. Indudablemente. El amor verdadero es una patología mental, una deformación del comportamiento, que puede ser inocua o quemar como las entrañas de la tierra cuando la presión las empuja y desgarra en cuanto ya no hay modo de contener el dolor.

"No necesito poseer a esa persona, no necesito su presencia, o eso me quiero decir"

Me dijeron también que era injusto, para mí, que las decisiones de otra persona, decisiones de años, marquen mi vida, mi pérdida de pasión por todo, mi desinterés por los demás y que mis sentimientos estén anclados a alguien que no ha hecho mucho por corresponder con la misma moneda. No porque no sea especial, que lo es, sino porque su presencia en mi vida llevó dolor y muerte a mis seres queridos. Y a pesar de todo, sigue siendo quien siempre fue para mí. No alguien a quien quiera ver, ni con quien quiera hablar, es una necesidad que me niego. Del mismo modo que me niego las drogas, que empezaron como medicaciones, que mejoran los instantes y arruinan los días.

Sí quisiera saber de mis niños, de mis gatos. Pues no confío en su habilidad para anteponerlos a sí misma. Pero el trámite pasa por ella. Y a pesar de todo ese amor, o quizás por él, no hay en mí nada que decir. Al menos nada que nos evite el dolor. Y para eso, mejor callar. Ese es el lugar al que conduce el amor extremo cuando se tuerce. Que sigue vivo, doliente, pero tiene una boca bien abierta clamando un alimento que no llegará.

Me dicen “ve a terapia, habla con un desconocido que tiene un título sellado por un monarca, cuenta tus mierdas, escucha la sabiduría de quienes no tienen nada que ver con tu modo de ver el mundo y la vida”. Y yo que paso, que prefiero ser de hierro, guardar lo que sé que he de guardar, sus ojos pardos, el nombre de nuestro bebé, las estelas de esos niños que rescatamos de la calle y me arrebató, y ahogar en el océano, o quemar con ejercicio y silencio lo demás, lo feo. Lo que salió de los dos, lo que le pedí, pues estaba solo en sus manos, que corrigiera, y dejó en cambio que anidara hasta que me mató. Y una vez muerto, ¿qué me quedaba por hacer? Mi pena es mía, y me la follo como quiero. He amado (amo) más que nadie a quien conozca. No necesito poseer a esa persona, no necesito su presencia, o eso me quiero decir. Me basta con saber que mis emociones no fueron sugestionadas, que no fui controlado por factores biológicos y sociales. No diré que así está bien, pero si no tengo otra elección, y ese crespón rosa-azulado se asegura de ello, puedo aceptar que es cuanto hay.

Por eso, por ese trabalenguas racionalizado desde el enajenamiento del corazón que me despierta cada mañana culpándome de los abusos de otros, de mi tolerancia extrema a situaciones que ninguna persona seleccionada positivamente para reproducirse hubiera soportado, es por lo que seguiré escribiendo de lo mismo, de un modo u otro. Como terapia gratuita. Como el modo menos nocivo posible de decir que sí, que perdono las faltas de otros, pero que no olvido, porque este parásito obsesivo ha anidado mi pecho, y porque vivo en un mundo en el que mi familia es un fragmento, mis días cánticos a un número menos en el calendario. Y las percepciones ajenas respecto al amor solo balbuceos que, y aquí me permito la soberbia, me la exijo incluso, no me interesan lo más mínimo, puesto que solo conocí a otra persona que amará como yo. Y está muerta, cremada, y ahora abona los jardines, del modo en que yo espero abonar el mar.

Él dijo que dos cosas había que aprender, “no” y “yo”. Me disculpo por ser un mal alumno, llego solo al “no”.

Aquí está, otra columna de lo mismo. Le debo al bar de Zenda unas cuantas rondas.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios