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El rastro de la ausencia

El mirlo canta en el nogal con una precisión que irrita. Es el final de la tarde y volvemos de un paseo por el monte cercano. Caminamos con el cansancio de quien ha forzado el cuerpo, especialmente yo, que subí la ladera con la anemia protestando en la sangre. Mi vecina trajo una mascota nueva, un reemplazo biológico para Tobi, que se murió el verano pasado con la discreción de los perros fieles.

El esfuerzo valió la pena. La ladera era un espasmo amarillo, una insolencia de mimosas que jugaban a ser espuma suspendida. Suben por la montaña redondeada ignorando la geometría del suelo para inventar una atmósfera de polen y vértigo. Una las mira y siente que las flores no están allí sólo para ser vistas, sino para desordenar el aire. Pequeñas explosiones peludas, pompones de luz que se dejan caer como si el sol hubiera estornudado sobre el verde. Un perfume que no huele a flor, sino a tiempo recobrado, a una infancia que se quedó enredada entre sus ramas. Un olor que me incita a jugar y a que olvide la enfermedad, los años, la pena que se lleva puesta como una prenda vieja. Jugué todo el tiempo con el enorme cachorro, que de puro grande parece adulto. Tirar el palo, recogerlo. Una coreografía de ruido en mitad de un domingo que se caía de sueño. Entonces cruzamos el portal de vuelta en La Casita y la alegría se detiene como un motor gripado.

"Ya no es el rayo rojo que cruzaba los caminos, sino una pausa definitiva entre la hojarasca"

Bajo el hórreo hay un zorro ovillado como una pregunta cerrada sobre sí misma. Ya no es el rayo rojo que cruzaba los caminos, sino una pausa definitiva entre la hojarasca. Una forma que decidió renunciar a la velocidad para entregarse a la geometría del suelo. El animal se transforma poco a poco en objeto, pierde su astucia para ganar una eternidad de hueso y musgo. El silencio que nos rodea no es ausencia, sino la sombra de su último salto. Lo miro y siento que la muerte es, después de todo, un descuido, un quedarse quieto justo cuando la luz decide cambiar de lugar. Eso pasa en ese momento del crepúsculo en que la luz no termina nunca de apagarse, que el zorro decide pasarse al otro lado del espejo. El tiempo se vuelve una cola de zorro que desaparece lentamente en la maleza.

A efectos prácticos llamamos y alguien viene, se lo lleva para hacerle una necropsia a la fatalidad, aunque la causa de muerte parece haber sido, simplemente, la vida. Nosotros seguimos con lo nuestro. El simulacro de la normalidad. A la mañana siguiente la ventana devuelve otra imagen.

"Busca con el hocico a ras de suelo, dibujando ochos invisibles en la tierra. Insiste. No sabe que, mientras la luz se ponía espesa, el otro se volvió piedra bajo el hórreo"

Otra mancha roja se desliza por el prado. Me pregunto si será una hembra, difícil de saber desde la distancia. Busca. Olfatea el trébol y la tierra mojada, pero el aire le niega el único perfume que justifica el mundo: el olor del pelaje hermano, el calor de la madriguera compartida. Ella, porque en mi cabeza ya he decidido que es la pareja del zorro muerto, no entiende de lutos ni de gramática. En su mundo no existe el pretérito perfecto. El compañero no es una ausencia, es un “todavía no”, alguien que se ha movido un poco más allá del siguiente arbusto.

Busca con el hocico a ras de suelo, dibujando ochos invisibles en la tierra. Insiste. No sabe que, mientras la luz se ponía espesa, el otro se volvió piedra bajo el hórreo. La zorra salta con una elegancia que ahora resulta inútil, persiguiendo un fantasma que no tiene la cortesía de aparecer mientras el sol le lame el lomo con una indiferencia que asusta. Busca el rastro de lo que ya sólo será ausencia de aquí en adelante.

En ese trote, en esa insistencia de la sangre por encontrar su eco, hay algo que nos duele más a nosotros que a ella: la sospecha de que la esperanza no es más que falta de información.

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Amanda Itzas
Amanda Itzas
1 mes hace

¡Qué preciosidad de texto, Patricia! Es de los que se leen y necesitan un silencio largo después, para que las imágenes terminen de aposentarse.

Esa zorrilla buscando a su compañero muerto, dibujando ochos en la tierra, ignorante de que el otro ya es piedra bajo el hórreo. No sabe, no puede saber, y quizá por eso su búsqueda resulta tan conmovedora. Busca porque no tiene información, porque en su mundo no existe el pretérito perfecto. Y piensa una entonces en eso que usted dice de que la “esperanza no es más que falta de información”. Qué verdad más incómoda.

Yo salgo a andar por hayedos y montes con mis dos perros. Los veo corretear a mi lado tan felices que es contagioso, perseguir su propia sombra, detenerse de repente a oler algo que para mí es invisible. Y al leerla he pensado en que, cuando ellos ya no estén, que será dentro de bastantes años, espero, seré yo quien los eche muchísimo de menos, quien busque su pelaje entre la naturaleza y no encuentre más que el eco de sus pasos. Ellos seguirán su camino sin esa memoria del duelo, pero yo me quedaré aquí, como la zorra, oliendo un aire que ya no huele a ellos.

Gracias por esta historia tan honda. Por ponerle palabras a eso que los que convivimos con animales sabemos pero no sabemos decir. Y por hacerlo con una prosa que es como el crepúsculo que usted retrata, una luz que no termina nunca de apagarse.

Aunque usted probablemente no lea esto, ahí queda dicho.

Patricia García
Patricia García
1 mes hace
Responder a  Amanda Itzas

Muchas gracias, Amanda. No sólo por tu tiempo sino por leerme tan bien. Y por esa hermosa imagen de tus paseos.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
27 ddís hace
Responder a  Patricia García

Patricia,

¡Qué ilusión me ha hecho recibir tu contestación! En Zenda no es nada habitual que los autores se tomen ese tiempo con los lectores, y tú lo has hecho con una calidez genuina que me ha encantado y te lo agradezco de verdad. Esto me reafirma en la idea de que hay escritores que no solo escribís bien, sino que también entendéis la lectura como un acto de cercanía.

Para mí eres, sencillamente, una de las mejores plumas de este espacio. Tienes esa maravillosa capacidad de hacer que las palabras pesen lo justo, que no sobre ni una. Para mí leerte es un refugio. Y te confieso que compartes ese mismo territorio con autores como David Uclés, quienes también tienen esa mirada tan especial. Gente que escribís desde dentro, sin trampa ni cartón, desnudando el alma y los sentimientos.

Me alegra mucho que te gustara lo de mis paseos. Cuando salgo con mis dos perretes (un braco alemán de pelo corto y un mestizo de beagle, los dos pura energía) por los hayedos y abetos del pre-Pirineo oscense, rodeada de una naturaleza exuberante cuando la niebla lo envuelve todo, a veces pienso que podría estar viviendo dentro de uno de tus textos. Y eso, a mi manera, también se lo debo a ti.

Y ya que hablamos de paisajes, tengo que decirte que soy una enamorada de Galicia. No conozco toda la Comunidad entera, pero lo que conozco —Compostela, Padrón, Brión, Arzúa, Arousa, Cambados, O Grove, A Costa da Morte…— me fascina de una manera que no sé explicar. Espero poder conocer el resto algún día.

Te confieso que yo también ando en esto, aunque desde la sombra más absoluta. Escribo novelas, escribo relatos, y espero que algún día no muy lejano vean la luz. Tenerte a ti como referencia es un empujón y un enorme incentivo para no desistir.

Gracias de nuevo, Patricia, por existir, por escribir, por contestar.
Y perdona si me alargo, pero es que cuando una encuentra a alguien que le llega, pues cuesta callarse.

Patricia García
Patricia García
21 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Ay, Amanda, tú si que eres un soplo de calidez lejos de tanto troll que circula por internet. No sé cómo me he ganado que alguien me dedique tan bonitas palabras, pero una vez más, te las agradezco. Espero que pronto mi tierra se alegre con tu presencia y ojalá llegar a leer algún día lo que te inspire tu estancia; seguro que merecerá mucho la pena.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
20 ddís hace
Responder a  Patricia García

Patricia, estas son palabras sinceras y que te mereces.
Gracias a este ágora virtual que es Zenda, he descubierto la maravilla y exquisitez de tu escritura, y me tienes cautivada desde la primera lectura. Escribes desde el alma, desde el corazón y eso se nota. Tu prosa es sensorial, lírica, precisa, evocadora. Por eso me encanta cómo escribes. Cuando vuelva a Galiza, tendré muy en cuenta tu sugerencia de escribir sobre tu tierra natal, y que tan bien tú sabes transmitir, solo espero poder estar a la altura.