De vez en cuando aparecen en las pantallas “obras maestras” que en realidad contienen sólo cine recargado. Aparatoso. Sucedió con Lo que el viento se llevó, con Los Diez Mandamientos y, en los años setenta, con el británico Ken Russell, aclamado como maestro pese a que se limitaba a acumular imágenes salidas de madre. Confundimos la montonera con la maestría, pese a que Alfred Hitchcock, Luis Buñuel o John Ford (casi) nunca metieron un plano de más. Los maestros jamás se exceden (o no suelen): la maestría es escueta y roñosa, como nos enseña el mejor cine de san Clint Eastwood. La maestría consiste en expresar el máximo con lo mínimo.
No es el caso de Sirāt, una abultada película de género que no disimula: lo primero que llama la atención es su desmedida condición de road movie. Incluso ecos de Las minas del rey Salomón atosigan al espectador mientras la ve. Y cómo no, de Thelma & Louise, La sirena del Misisipi o Buscando a Susan desesperadamente, así como de tantas películas de Raoul Walsh o Wim Wenders: Alicia en las ciudades, Paris Texas, Juntos hasta la muerte, El último refugio, qué sé yo. Los géneros son autopistas que imponen sus normas, y por ellas discurren las películas con los espectadores a bordo, desde la comedia romántica al polar y desde el slapstick a la comedia negra. Las normas son las normas y los géneros, por fortuna, infinitos: comedia de enredo, sci-fi, cine de gangsters, de niños, de anticipación, de adultos, de palomitas, de miedo o de tiros, que decían nuestros abuelos. Y más.
Esta noche podríamos ver Sirāt como un western (todo el cine lo es, al fin y al cabo, empezando por el Doctor Mabuse y siguiendo por la Odisea Espacial), pero nos encaja mejor en el molde de las road movies. El género de las pelis de carretera parece nacer —como todos, por otra parte— en la novela y, en este caso, en ciertas novelas americanas del siglo XX. Sin remontarnos a la Odisea, y dejando de lado que el Lazarillo, El viaje entretenido o el Quijote puedan leerse como road movies de nuestros siglos áureos, nos ceñiremos al profesor Desmoines, que puso el origen del género en novelas como el Kerouac de En el camino, el Aire libre de Sinclair Lewis y hasta el Jack London de La llamada de la selva, de lo salvaje o de lo que sea (Bye Bye Love, Bye Bye Happiness, Montreal, 1963). Nosotros no se lo vamos a discutir.
Sirāt se acomoda al molde con conocimiento de causa y sin hacer ruido. Como un guante, que es de lo que se trata, de pasar por moderno sin despertar a ningún crítico que, cayéndose de la silla, pueda terminar señalando con el dedo. Sirāt, que sin discusión lleva mucho cine dentro, también trae a la memoria Fargo —la peli de los Coen Bros de los noventa (no confundir con la serie actual del mismo nombre)—, Centauros del desierto o Easy Rider, otro título presentado en su día como rompedor y que se limitaba a que dos caballeros encantados de haberse conocido lucían motos guais a lo largo y ancho de los USA.
En Sirāt tampoco pasa mucho más. Un caballero que asegura haber perdido a su hija la busca sin descanso Marruecos adelante, como Ethan Edwards a su sobrina a través de Texas y Nuevo México. Con la diferencia de que Ethan, un John Wayne taciturno y sombrío, estaba trastornado, pero el caballero de Sirāt, diga lo que diga, sólo parece preocupado porque no encuentra gasolina para el mechero.
Para pecar de original y romper algo hay que trabajar más. Y no lo decimos por Sergi López, un excelente actor que no necesita presentación y que aquí trabaja con una escopeta descargada.


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