Imagen de portada:Ignacio Rodríguez
No hay periodista en el mundo que haya entrevistado a tantos laureados con el premio Nobel de Literatura como Xavi Ayén, actual redactor jefe de Cultura de La Vanguardia. Hace ahora veinte años, concretamente en 2005, inició, junto al fotógrafo Kim Manresa, el proyecto de “cazar” a todos los escritores galardonados por la Academia Sueca. Para alcanzar su objetivo, llegó a personarse en casa de algunos de ellos sin tener siquiera una cita concertada, como hizo con Doris Lessing y con Harold Pinter, logrando en ocasiones que no solo le abrieran las puertas, sino que le regalaran declaraciones de un valor periodístico incalculable, como cuando Gabriel García Márquez le confesó que había dejado de escribir. Ahora recoge treinta de esas entrevistas bajo un mismo título, Planeta Nobel (Libros de Vanguardia), sin que esto signifique que ha puesto fin a su proyecto. Porque, según ha revelado a Zenda, este mismo año pretende “cazar” a tres premiados más.
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—Al repasar el elenco de ganadores del premio Nobel de Literatura que aparece en el índice de tu libro, uno percibe que hay autores de todo tipo: puristas, populares, politizados… ¿Cuál es el concepto de literatura que impera en la Academia Sueca?
—La Academia Sueca se ha regido por distintos criterios según el momento histórico en el que se encontraba. En su testamento, Alfred Nobel dejó escrito que debía premiarse a personas cuya obra implique un avance “en un sentido ideal” para la Humanidad. Esto, aplicado a la medicina, es fácil de identificar, pero en el caso de la literatura se presta a interpretaciones. Por ejemplo, hubo una época remota en la que solo se premiaba a autores que promovían valores cristianos. A Émile Zola, por ejemplo, no se lo dieron porque, según puede leerse en las actas del momento, las cuales se “desclasifican” cuando han pasado cincuenta años, su fatalismo contradecía el ideal del cristianismo. También hemos sabido recientemente, gracias a esa “desclasificación”, que el estalinismo de Pablo Neruda fue un obstáculo para su candidatura, y que si al final se lo dieron fue porque el jurado percibió cierto arrepentimiento en algunos de sus poemas. En ese sentido, creo que si el mejor escritor del mundo promoviera valores políticos extremistas o antidemocráticos no sería reconocido con el galardón, ya que Alfred Nobel estipuló que los premios deben distinguir lo mejor de la Humanidad.
—Sin embargo, hay ejemplos de escritores polémicos, como Peter Handke o Derek Walcott, que obtuvieron el galardón aun defendiendo ideas políticas muy cuestionables o soportando acusaciones de abuso sexual.
—Peter Handke fue uno de los pocos galardonados que provocó manifestaciones en su contra ante las puertas de la Academia. Pero yo he leído todos sus libros y te puedo asegurar que no hay una sola línea en la que apoye a Slobodan Milošević o la limpieza étnica. Lo que ocurre es que es un escritor de carácter colérico y en alguna entrevista ha hecho declaraciones llamativas o incluso indignantes. Pero esas ideas no están en su obra literaria, que es lo que se premia. En sus libros sobre la guerra de los Balcanes solo se percibe un intento de comprender a la gente sencilla que soportó toda aquella brutalidad. En cuanto a Derek Walcott, cuando le dieron el Nobel, nadie sospechaba que años después sería acusado de comportamiento indebido en la universidad donde ejercía como profesor. Los académicos no pueden prever el comportamiento posterior de los galardonados, como es evidente.
—En ocasiones aplicamos una mirada sobre los premios Nobel de Literatura similar a la que volcamos sobre Eurovisión. Me refiero a que pensamos que los acontecimientos políticos influyen en la decisión del jurado. En ese sentido, sería lógico que este año lo ganara un ucraniano o un palestino, ¿no?
—No. En otras épocas tal vez sí, pero la situación ha cambiado radicalmente desde 2018. Ese año hubo escándalos en el seno de la Academia y se hizo una limpieza interna. Ahora hay un jurado nuevo, incluido el Secretario Permanente, que ya no busca los equilibrios geopolíticos, sino que atiende única y exclusivamente a la calidad de la obra.
—¿Qué hace el gobierno español para promover a nuestros autores?
—Directamente, nada. Ningún gobierno ni ningún político puede presentar una candidatura. Si llegara a la Academia una carta de recomendación de ese tipo, iría directamente a la papelera. Los únicos que pueden proponer candidatos son los propios miembros de la Academia o de sus instituciones análogas —como la RAE—, los profesores de literatura de cualquier universidad del mundo y los ganadores de ediciones anteriores. Nadie más. Ahora bien, lo que sí que pueden hacer los gobiernos es promover la obra de sus autores en Suecia, por ejemplo facilitando la traducción de sus libros y organizando seminarios, charlas o encuentros en aquel país. Como es de suponer, algunos gobiernos españoles se han tomado esto más en serio que otros. Sin embargo, hay que tener en cuenta en cuenta un detalle: las veces que se ha premiado una obra en español ha sido porque había un académico que leía directamente en castellano y que convencía a sus colegas. Pero esa persona murió recientemente y ahora no hay nadie que lea en español. Es un problema enorme para nosotros.
—Eso sin olvidar lo cainitas que somos entre nosotros mismos. Porque a Benito Pérez Galdós y a Àngel Guimerà los boicotearon desde España.
—Las actas de la Academia demuestran que el jurado se asustó ante la cantidad de cartas que recibió desde España diciendo que no podían premiar a un autor tan anticlerical y matacuras como Pérez Galdós. Y en el caso de Guimerà, cuyas actas demuestran que fue un candidato con muchas posibilidades, un académico argumentó que premiar a un autor en lengua catalana “incomodaría a los nacionalistas castellanos” (sic).
—Y luego hay un caso francamente escandaloso: Salvador Espriu quedó descartado como candidato porque Josep Maria Castellet no entregó a tiempo el informe que la Academia le había solicitado…
—Esa es una de las grandes revelaciones que hago en el libro. Me consta que un académico propuso a Salvador Espriu como posible candidato, pero como nadie leía directamente en catalán, se solicitó un informe a alguien de confianza. El elegido fue Castellet, que aceptó el trabajo, aunque luego no lo entregó. Al no recibir el documento y, por tanto, al no poder valorar su obra adecuadamente, los académicos descartaron a Espriu.
—Le Clézio te reconoce su asombro ante el hecho de que no haya ningún autor catalán premiado con el Nobel y menciona a Mercè Rodoreda.
—Gabriel García Márquez también opinaba que lo de Rodoreda no se entendía. Junto a Borges, su caso es de los más clamorosos. Era una autora totalmente merecedora del galardón.
—Hace poco hubo rumores sobre Enrique Vila-Matas.
—Para entender lo de los rumores, hay que saber cómo funcionan las casas de apuestas en Suecia. A veces, poco antes del fallo, se producen saltos espectaculares entre los candidatos y un escritor que ocupaba la última posición en las apuestas pasa a estar en la segunda o incluso en la primera. Robin Olenius, portavoz de Betsson (la casa de apuestas más importante de Suecia), me explicó que en el pasado habían llegado a sospechar de los familiares de los académicos, quienes habrían contado con información privilegiada, y que eso les llevó a limitar la cantidad máxima que se podía apostar al Nobel de Literatura. Dicho esto, no sabremos a ciencia cierta si Enrique Vila-Matas tuvo realmente posibilidades hasta dentro de cincuenta años. Ahora bien, yo creo sinceramente que sí que estuvo entre los candidatos.
—Han Kang afirma que lo mejor de ganar el Nobel es que te permite “regresar al silencio”, es decir, que te arregla la economía lo suficiente como para dedicarte en exclusiva a la escritura, pero también dice que corres el riesgo de “convertirte en un idiota”. Y Olga Tokarczuk asegura que el Nobel te da la libertad absoluta ante los editores, puesto que ya no se atreven a tocarte ni una coma, pero a la vez lamenta que ya no puede ir por la calle sin que la reconozcan. ¿Cuáles son los pros y contras del galardón?
—Lógicamente, hay más pros que contras. El 90 por ciento de los premiados están muy agradecidos, aunque hay excepciones, como Wisława Szymborska y Elfriede Jelinek, que tuvieron unos problemas fiscales tremendos. Eso sin olvidar que ha habido algún que otro Nobel cuyo nombre apareció en los famosos Papeles de Panamá. Otro de los problemas es la pérdida de intimidad. Los periodistas, las instituciones, las editoriales… Todo el mundo te persigue y quiere invitarte a algo. De eso también se quejan algunos autores: de la dificultad para volver a la rutina.
—Svetlana Aleksiévich te confesó que ganar el Nobel no era un escudo protector para quienes vivían en dictaduras, puesto que los dictadores no suelen entender la importancia de que uno de sus ciudadanos haya ganado un Nobel. Y esto se demuestra al saber que la periodista que te acompañó a la entrevista con ella, Katerina Andreeva, está en la cárcel.
—Entrevisté a Aleksiévich en su casa de Minsk (Bielorrusia) y Katerina Andreeva hizo de intérprete. Se cayeron muy bien y se hicieron amigas. Pero, algún tiempo después, Andreeva informó en un canal de televisión sobre las protestas contra Lukashenko y la encarcelaron sin siquiera someterla a un juicio. Actualmente sigue en prisión simplemente por hacer su trabajo. Esto demuestra que los periodistas siguen siendo objeto de persecución por el mero hecho de contar lo que está pasando.
—Durante todos estos años también te has llevado algunos chascos. Por ejemplo, Derek Walcott pidiéndote dinero a cambio de dejarse entrevistar.
—Habíamos quedado con él para hacer un tour por Santa Lucía, su isla natal, y para asistir al ensayo general de una obra de teatro escrita por él mismo. Y ya lo teníamos todo preparado, con los billetes comprados y las maletas hechas, cuando nos preguntó que cuáles serían sus honorarios. Le respondimos que los entrevistados no cobran, pero él insistió y, como seguimos negándonos, nos desconvocó. Al final tuve que conformarme con entrevistarlo durante una de sus visitas a Barcelona.
—¿Algún otro chasco de esa magnitud?
—En Londres conseguí entrar en casa de Harold Pinter, pero su esposa nos dijo que estaba muy enfermo y que no podía recibir visitas. Le pedí que me dejara explicarle nuestro proyecto personalmente, pero fue tajante: “No pueden entrar si no tienen una cita”. Con Bob Dylan ocurrió algo parecido. Quise entrevistarlo tras su último concierto en el Liceu (Barcelona) y me coloqué estratégicamente en el backstage dispuesto a asaltarlo. Pero su equipo había instalado una lona que iba de su camerino hasta el coche, impidiendo no solo que nadie hablara con él, sino que tampoco pudiera ser visto.
—Frente a esos fracasos están tus grandes éxitos, como estar junto a Mario Vargas Llosa cuando el 7 de octubre de 2010 recibió la llamada de la Academia Sueca.
—Yo tenía algunas sospechas, o mejor dicho algunos indicios, de que era un firme candidato para aquel año, y cuando quedaban dos días para el fallo me cité con él en Nueva York, donde vivía porque en aquel entonces era profesor en la Universidad de Princeton. Lo entrevisté y la víspera del premio le pregunté: “Si mañana te dan el Nobel, ¿podré entrar en tu casa?”, y él respondió: “Ese tren ya pasó para mí”. Pero se lo dieron y, efectivamente, me permitió pasar la mañana con él.
—Y otros de tus grandes éxitos fue conseguir que Gabriel García Márquez anunciara durante la entrevista que había dejado de escribir.
—La gran agente literaria Carmen Balcells me entregó una bolsa con cuarenta kilos en regalos para Gabo. Lo sé porque la pesaron en la aduana. Así que llegué a su casa bajo la apariencia de ser un simple mensajero y, una vez dentro, conseguí que me concediera una entrevista que dio la vuelta al mundo porque confesó que había dejado de escribir. Curiosamente, es la única entrevista de la que no guardo la grabación, porque García Márquez defendía que los periodistas no deben registrar las conversaciones, sino guardarlas en la memoria y, después, recrearlas y reinterpretarlas en sus textos.
—Es especialmente divertido cuando los escritores te dicen que no quieren concederte una entrevista, como hicieron Peter Handke y Wisława Szymborska, y sin embargo acaban haciéndolo.
—Cuando alguien te dice que no, es cuando empieza lo interesante. Recuerdo que, cuando Handke me dijo que no quería concederme la entrevista, yo le propuse mantener una conversación informal y él aceptó con una única condición: que yo hablara tanto como él. En el texto resultante esto no queda reflejado, pero aquella tarde me sonsacó un montón de información sobre mí mismo. Al final acabó muy contento, porque sintió que no había sido una entrevista convencional, sino un intercambio de opiniones. Con Szymborska, sin embargo, fue más complicado. Nos concedió la entrevista, pero impuso una serie de temas de los que no quería hablar. Por supuesto, eran los más interesantes. Así pues, nos pusimos a charlar sobre nimiedades, hasta que ella empezó a sentirse más cómoda y empezó a abordar los asuntos sobre los que inicialmente no quería decir nada.
—En cierta manera, tu libro rinde homenaje a las míticas entrevistas de The Paris Review. De hecho, igual que ocurría en esas charlas, tus autores también desvelan sus métodos de trabajo, como Jon Fosse reconociendo que a menudo tiene la sensación de que los libros no salen de su interior, sino que alguien se los dicta, o como Olga Tokarczuk y sus famosas “constelaciones”. ¿Ha habido algún método que te haya llamado especialmente la atención?
—Es una de las partes que más disfruto: cuando me hablan de su método de trabajo. Pero, de todo lo que me han contado, lo que más me sorprendió fue descubrir que Jon Fosse vive en los jardines del Palacio Real de Oslo. En Noruega, el rey tiene la potestad de elegir al “artista oficial del reino”, que suele ser un escritor o un compositor a quien se le otorga una residencia vitalicia en dichos jardines. Es como si uno de nuestros autores viviera en el Retiro de Madrid o en la Ciutadella de Barcelona.
—Por cierto, este libro contiene treinta años de entrevistas. ¿Cómo ha evolucionado el oficio, sobre todo en lo tocante a las herramientas de trabajo, en todo este tiempo?
—Lo que más agradezco es que ya no tengamos que transcribir las entrevistas. Eso era agotador. En Nigeria, pasé una semana entera con Wole Soyinka, registrando todas nuestras conversaciones con una minigrabadora. Fueron unas treinta horas de audio que después transcribí primero a mano y después a ordenador, para que al final apenas saliera en el reportaje un cinco por ciento del material recopilado. Hoy, con los transcriptores digitales, apenas habría tardado unos minutos. La diferencia es enorme y nos permite dedicar más tiempo a la investigación.
—Sólo puede romantizar el pasado de este oficio quien no ha transcrito nunca una entrevista, ¿no?
—Exacto.






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