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La zanja, de Andréi Platónov

La zanja, de Andréi Platónov

La zanja es el libro más abiertamente polí­tico de Platónov, escrito en respuesta directa a las escalofriantes brutalidades de la colectivización de la agricultura rusa por parte de Stalin. Es también una obra maestra literaria.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de La zanja (Armaenia), de Andréi Platónov.

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El día del trigésimo aniversario de su vida personal, a Vóschev le dieron el finiquito en la pequeña fábrica de maquinaria donde obtenía los recursos para vivir. En la carta de despido escribieron que se le apartaba de la producción a consecuencia del aumento de la debilidad en él y de su ensimismamiento en el ritmo general de trabajo.

En el piso, Vóschev metió sus cosas en un saco y salió fuera para, al aire libre, comprender mejor su futuro. Pero el aire estaba vacío, los árboles inmóviles mantenían cuidadosos el calor de sus hojas y el polvo yacía aburrido en el camino desierto: la naturaleza tenía un estado calmo. Vóschev no sabía hacia dónde tirar y, en el límite de la ciudad, se acodó en la tapia baja de una hacienda en la que se habituaba al trabajo y a la utilidad a los niños sin familia. Más allá, la ciudad se acababa: solo quedaba una cervecería para los campesinos temporeros y otras categorías de retribución baja que se levantaba sin patio de ningún tipo, como toda institución oficial, y detrás de la cervecería se alzaba una loma arcillosa y un viejo árbol crecía en ella, solo en medio del tiempo claro. Vóschev se llegó hasta la cervecería y entró en las voces humanas sinceras. Aquí se encontraban personas impulsivas que se entregaban al olvido de su infelicidad y, entre ellos, Vóschev se sintió más sordo y más ligero. Estuvo en la cervecería hasta la tarde, hasta que empezó a alborotar el viento del tiempo cambiante; entonces Vóschev se acercó a la ventana abierta para observar el inicio de la noche y vio el árbol en la loma de arcilla: se tambaleaba ante la adversidad y con oculta vergüenza se torcían sus hojas. En algún lugar, seguramente en el jardín de los empleados del comercio soviético, penaba una orquesta de viento; una música monótona, que no llegaba a existir del todo, se marchaba rápidamente, ayudada por el viento, a la naturaleza, atravesando el páramo pegado al barranco. Vóschev oía la música con el placer de la esperanza, porque pocas veces le correspondía una alegría, pero nada podía hacer que estuviera a la altura de la música, y pasó su tiempo vespertino sin moverse. Después de los sonidos de viento regresó el silencio y a este lo cubrió una oscuridad aún más callada. Vóschev se sentó junto a la ventana para observar la delicada oscuridad de la noche, para escuchar la variedad de sonidos tristes y para atormentar su corazón, sitiado por crueles huesos petrosos.

—¡Oye, alimentador! —resonó en el local ya en calma—. ¡Danos un par de jarras, que llenemos el hueco!

Vóschev había descubierto tiempo atrás que la gente siempre llegaba a la cervecería en parejas, como los novios y las novias, y a veces formando bodas enteras y bien unidas.

Esta vez el trabajador alimentario no sirvió la cerveza y los dos techadores recién llegados se limpiaron con el mandil la boca sedienta.

—¡Burócrata, en cuanto un obrero mueve un dedo, tú cumples sus órdenes y, además, con orgullo!

Pero el alimentador protegía sus fuerzas del desgaste laboral para tenerlas en su vida personal y no entró en desavenencias.

—El establecimiento está cerrado, ciudadanos. Dedíquense a lo que sea en su casa.

Los techadores se llevaron de un platito a la boca un rosco salado y salieron fuera. Vóschev se había quedado solo en la cervecería.

—¡Ciudadano! Solo ha pedido una jarra, pero lleva aquí ni se sabe. Ha pagado por la bebida, ¡no por el local!

Vóschev agarró su saco y se dirigió a la noche. El interrogante cielo lucía sobre él con la fuerza dolorosa de las estrellas, pero en la ciudad ya se habían apagado las luces, y aquel que tenía la posibilidad dormía, después de una cena saciante. Vóschev bajó por las migajas de la tierra hasta el barranco y aquí se tumbó boca abajo, para dormir y abandonarse. Pero el sueño necesita tranquilidad de la razón, confianza en la vida y perdón de la pena vivida, mientras que Vóschev estaba tumbado con tensión fría en la conciencia y no sabía si era útil para el mundo o si todo saldría bien sin él. Desde un lugar desconocido empezó a soplar el viento para que la gente no se asfixiara, y con la débil voz de la duda informó de su servicio un perro de los suburbios.

—El perro siente añoranza; solo vive porque ha nacido, como yo.

El cuerpo de Vóschev estaba pálido por el cansancio, sintió frío en los párpados y tapó con ellos los ojos cálidos.

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Autor: Andréi Platónov. Título: La zanja. Traducción: Marta Sánchez-Nieves. Editorial: Armaenia. Venta: Todostuslibros.

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