El añorado Paul Bowles fue quien, en su novela titulada El cielo protector, dejó bien clara la distinción entre un turista y un viajero: mientras que el turista se apresura a volver a casa, tiene, por lo tanto, fecha de regreso y se mueve en entornos seguros, el viajero, por el contrario, anda en busca de una experiencia auténtica, se regodea en el camino, sabe sacarle partido a todo lo que ve, no está pendiente de un regreso inmediato y, sobre todo, tiene la virtud y el buen gusto de sumergirse en la cultura local, mimetizando su presencia entre el resto de habitantes.
Son, como explica la propia autora en el prólogo, lugares que ya no existen; lugares que ella misma ha visto desaparecer y que un día fueron suyos hasta que le fueron arrebatados pedazo a pedazo. Y añade: “Siempre he querido hablar de mis viajes a los lugares que ya no podré visitar salvo en mi recuerdo, en mi memoria o en mi fantasía”.
Emprende así, con no poco entusiasmo, su viaje a Damasco en el primer capítulo de la obra, con frases que quedan colgadas de la memoria, que invitan a la reflexión: “Las ciudades desconocidas parece idénticas en la oscuridad”. La técnica que emplea, para no perderse en un laberinto de emociones, es muy práctica y sencilla: comienza por aportar toda una serie de datos objetivos, como el número de habitantes, el ambiente que se respira o las costumbres de los que ahí moran, para adentrarse después en las galerías del alma, en detalles más personales, extrraídos de su propia cosecha, como si el objetivo de la invisible cámara que lleva a cuestas eligiera por sí mismo a dónde apuntar.
En una ciudad como Damasco, con calles que se convierten en un laberinto de cúpulas cuando se mira desde lo alto, no puede sino traer a la memoria, bajo el sol ardiente de la región, la historia de Saulo, quien, antes de caer de su caballo, cegado por una extraordinaria luz que cambiaría por completo su vida, hace siglos se dirigía a esta misma ciudad con una comitiva de hombres para cumplir la orden de erradicar la herejía. Conviene saber que nuestra viajera visita Damasco un mes antes de que estalle la guerra, de ahí que se vea obligada, sin tener conocimiento aún de lo que está por suceder, guiada, acaso, por el instinto, a llevarse consigo, prendida a su retina, las imágenes más dulces de un país que la había atrapado de inmediato.
Es una buena manera de comenzar un buen libro, con un soberbio capítulo que le sirve, de algún modo, de anticipo de lo que está por venir. Y lo que viene no decepciona en absoluto. En su siguiente ensayo, titulado “Las ciudades invisibles”, como la conocida obra de Italo Calvino, Espido Freire sigue siendo generosa en detalles, sin eludir lo más personal y cercano. Asistimos, de entrada, a una verdadera y sincera lección de teoría de la literatura, con alusiones a Galdós y a ese Madrid que describe en sus novelas, y a Clarín, “que habla sin demasiado pudor de Oviedo”, enmascarada en la ciudad de Vetusta. Reflexiona, asimismo, sobre la novela del XIX que, con sus eternos capítulos, casi siempre publicados por entregas, buscó que el lector burgués se reconociera, “y se edificara”. De manera que, a partir de aquí, la autora de estas páginas no escurre el bulto, y se sirve de su propia experiencia como creadora de relatos para plasmar su impacto cuando ella misma logra crear una ciudad, casi sacada de la nada: “Después de eso, incluso inventarse personajes parece algo menor”.
Han sido muchos los escritores que han dado cuenta, con mayor o menor acierto, de sus experiencias cuando viajaban en tren. En la realidad y, sobre todo, en la ficción, a través del cine y de la novela, se han producido los más horrorosos crímenes, y también las escenas de amor más tiernas y encantadoras. Así surge su siguiente ensayo: “Los trenes fantasma”, en donde comienza por reconocer que su primera novela —imagino que se refiere a Irlanda, publicada en 1988— tomó forma, justamente, en un tren. Valía la pena contar algunos de sus viajes en tren, aunque la brevedad del artículo no dé para mucho: ha recorrido el norte de España en el Transcantábrico, ha visitado la tierra de las Brönte en un tren de vapor y, finalmente, ha dormido en el tren más literario de la historia: el Orient Express.
El siguiente capítulo, “Tan cerca, tan lejos”, es, indiscutiblemente, la pieza maestra del libro. Comienza por decir, como en el conocido poema de Kavafis, que, después de todo, lo verdaderamente valioso es el trayecto. Se dirige al lector, como los trovadores convocaban a su rendido público, y lo conduce de la mano sugiriéndole que no tenga prisa, invitándolo, por lo tanto, a hacer uso de la lentitud, a contemplar más que a ver, puesto que el paisaje modela el alma; y viceversa. Fue Milan Kundera quien insistió, en algunas de sus más renombradas obras, en el hecho de que la velocidad nos hace olvidar, en tanto que existe un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, llegando a la conclusión de que, por desgracia, el placer de la lentitud ha terminado por desaparecer por completo. En “Tan cerca, tan lejos”, los paisajes que nos muestra son los de la infancia de Espido Freire, nacida en Bilbao. Pone sobre el mismo plano las tres grandes ciudades vascas: Bilbao, San Sebastián y Vitoria, la pariente discreta y reservada. La mirada impresionista que aquí se observa le lleva, con un ritmo puramente azoriniano, a convertirse en un nuevo don Fermín de Pas que contempla la capital alavesa desde lo alto, en donde se ve cómo el mundo se acelera en otras partes, “mientras aquí el aire conserva la misma densidad de cuando eras niño”.
En otros artículos como “Ultreya”, de nuevo vuelve a resucitar de sus cenizas los lugares de veraneo, ese tiempo en el que se necesitaba bien poco para vivir bien; y pone sobre el tapete la exaltación, casi carnal, de los sentidos, con la alusión al olor de los higos maduros caídos sobre la hierba, y el zumbido grave “de los insectos gordos de néctar del verano”.
“Los páramos ocultos” también es otra pequeña joya literaria. Habla de esos territorios que, como niños traviesos, no se dejan querer a las primeras de cambio, que se resisten a ser amados, que se ocultan de la mirada de los más curiosos. Y, de nuevo, de reivindica la necesidad de convertir la lentitud en un hecho cotidiano. Así, de ese modo, entre las brumas del paisaje emergen las hermanas Brönte, para quienes la literatura, la creación literaria, fue un lujo y también una necesidad: la genial prosa de ambas —viene a concluir la autora— no podría entenderse sin estos cielos infinitos, sin estos inviernos tenaces, “sin esta gravedad casi religiosa”.
La generosidad y el buen gusto de Espido Freire le llevan a fijarse en esos otros escritores menos conocidos, más modestos, pero que ella ha leído y reivindica: autores como Philip Larkin, el crítico de jazz, el bibliotecario, el autor de Un engaño menor, el inglés solitario e insensato, como algunos le llamaron, acusado de racista y misógino a su muerte. La autora no puede ni quiere eludir, transitando por estos parajes, el recuerdo de Agatha Christie, porque lo que se ha perdido no desaparece para siempre: “se convierte en sombra, en susurro, en aroma”. Y relata, con unas cuantas pinceladas, ese misterioso pasaje de la vida de Christie en el que ella decidió, sin advertírselo a nadie, retirarse a un hotel de Harrogate y registrarse bajo un nombre falso: ¿Qué buscaba? ¿Qué había perdido? ¿Qué necesitaba esconder?, se pregunta la autora de esta Guía de lugares que ya no existen.
En el breve epílogo —de menos de media página— de este sugerente y evocador libro, acaso uno de los más personales de toda su carrera literaria, Espido Freire se despide de sus lectores, pero no sin antes dirigirles un toque de atención: “El mundo, pese a su peso y a su edad, es frágil como un vaso antiguo”, con lo que nos invita a cuidar de los lugares “con la devoción con la que se cuida a un enfermo”.
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Autora: Espido Freire. Título: Guía de lugares que ya no existen. Editorial: RBA. Venta: Todos tus libros.


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