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Cinco protagonistas de la Segunda República, de Luis E. Íñigo

Cinco protagonistas de la Segunda República, de Luis E. Íñigo

A través de cinco figuras centrales —Manuel AzañaNiceto Alcalá-ZamoraIndalecio PrietoJosé María Gil-Robles y Francisco Largo Caballero—, Luis E. Íñigo reconstruye las principales corrientes ideológicas que dieron forma a la República: la izquierda burguesa, la derecha republicana, el socialismo moderado, el catolicismo político y el socialismo revolucionario. No se trata de biografías al uso, sino de retratos intelectuales y políticos que permiten comprender cómo cada uno de estos actores concibió la República, sus límites y su destino.

A continuación reproducimos un extracto del capítulo «Francisco Largo Caballero: los socialistas radicales» de Cinco protagonistas de la Segunda República, de Luis E. Íñigo.

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Francisco Largo Caballero representó, como José María Gil-Robles, pero desde sus antípodas políticas e ideológicas, una visión instrumental de la República, como la tenían casi todos los socialistas, pero de manera más evidente en su caso. Nunca fue un republicano esencialista; jamás llegó a convencerse a sí mismo de que la República poseyera, por su propia naturaleza, atributos virtuosos que una Monarquía evolucionada no pudiera llegar a tener. Tan sólo era un socialista convencido del objetivo final de su ideología y su organización que adaptó su táctica concreta, sin reparo alguno, a las necesidades de cada momento, tal como él las interpretaba. Por eso pareció siempre tan errático, tan voluble, tan incoherente.

Pasó del «pablismo» inicial, aislacionista y receloso de los republicanos, al pacto con ellos; de la colaboración con la Dictadura de Primo de Rivera, a la enemistad con ella; de la coalición, de nuevo, con los republicanos al distanciamiento; del reformismo, al insurreccionalismo, y de nuevo al pacto con los republicanos, esta vez con reservas, sin abandonar los postulados revolucionarios… ¿cómo explicar esta trayectoria? Y resulta imprescindible explicarla, pues de él, de su figura, de su gran influencia sobre las masas obreras y de sus decisiones en momentos clave, dependió en buena medida el destino de la República.

Francisco Largo Caballero vio la luz en Madrid el día 27 de noviembre de 1869. La fecha es, como en los demás casos que hemos estudiado, muy significativa. No sólo por lo meramente cuantitativo —era mucho mayor que Azaña o Prieto y muchísimo más que Gil-Robles—, sino por lo cualitativo. Aunque, a diferencia de este último, demasiado joven para ello, podría haberlo hecho por razones generacionales, a Largo Caballero no le marcó en modo alguno el Desastre del 98; su visión de España no estuvo condicionada por su pesimismo ni por su pálpito regeneracionista. Su concepción de la República no estuvo, pues, deformada por el cristal casi taumatúrgico a través del cual la contemplaban Azaña y los otros miembros de su generación que llegarían a gobernarla. Las esperanzas que podía depositar en ella no estuvieron, por tanto, magnificadas por su visión mítica, casi religiosa del régimen. Su actitud hacia él sería mucho más pragmática.

También influyó, por supuesto, su formación intelectual o, mejor dicho, su ausencia de ella. A diferencia de Prieto, que también nació pobre, pero logró muy pronto situarse en un ambiente distinto, el del periodismo, que contribuyó a modelar en buena medida su pensamiento, el joven Francisco nació en la pobreza y nunca logró darse a sí mismo una formación académica digna de tal nombre.

[…]

 

Tras la victoria de la CEDA en las elecciones de noviembre, todo el PSOE, excepto Besteiro, se dejó llevar por los engañosos cantos de sirena de la violencia. De ningún modo fue la radicalización de los socialistas después de 1933 una suerte de «patrimonio exclusivo y excluyente de Largo Caballero y sus seguidores directos», como avisa con razón Aróstegui, sino que afectó a una gran mayoría de los dirigentes y de las masas socialistas. No debe olvidarse que el mismo Prieto llegó a proclamar en las Cortes que: «públicamente contrae el Partido Socialista el compromiso de desencadenar la revolución».

Es cierto que los vientos que soplaban en Europa podían hacer saltar las alarmas de la izquierda. En Hungría, el almirante Horthy gobernaba como un dictador desde 1920; en Italia lo hacía Mussolini desde 1922; Hitler ascendía al poder en Alemania en enero de 1933, el mismo año en el que, en Portugal, Salazar imponía el Estado Novo y Dollfuss, en Austria, aniquilaba a los socialdemócratas para implantar un fascismo a la austriaca… Sin embargo, en España no había fascismo; no era fascista la CEDA, cuyo catolicismo y su respeto por las formas legales la alejaban mucho de los totalitarismos centroeuropeos. Pero si no lo había, podía inventarse, o incluso creerse sinceramente que existía; cualquier cosa para que la realidad encajase en los rígidos moldes de la doctrina socialista. La revolución, por tanto, empezó a prepararse. Se elaboró un programa; se compraron armas; comenzó a entrenarse a las Juventudes. Largo, enardecido, proclamaba en su 5º Congreso, en abril de 1934: «hay que crear un ejército proletario». Cuando la CEDA entró en el Gobierno, el 4 de octubre de 1934, la revolución tanto tiempo preparada se desencadenó al fin.

Pero si se había preparado mucho, también se había preparado mal. Únicamente en Asturias estalló una verdadera revolución y cobró vida, durante un par de semanas, un Estado proletario. La bandera que enarbolaron los líderes socialistas era falsa: no se trataba, en modo alguno, de un movimiento de defensa de la República en peligro, sencillamente porque la República no estaba en peligro y contra lo que ellos se levantaban era, precisamente, el Gobierno legítimo de la República; se trataba de una revolución que, de haber triunfado, habría convertido la República burguesa en un Estado socialista. El tigre había probado la sangre y no aceptaría de buen grado regresar a la jaula; los obreros llamados a las armas, los mismos que, durante dos semanas, habían volado edificios, quemado iglesias y asesinado a religiosos, no las entregarían luego para apoyar dócilmente, sin más, un Gobierno con un programa de reformas avanzadas. No era eso lo que se les había prometido y no sería eso lo que aceptarían. Lo demás eran palabras.

Mientras Prieto, huido, como era habitual en él, en Francia, se arrepentía y retornaba al cauce de la alianza con los republicanos y las reformas progresivas, Largo no lo haría. Internado en el penal gaditano de Santa María y luego en la cárcel Modelo de Madrid, donde permaneció hasta el 30 de noviembre de 1935, con una breve excarcelación de 20 días por el fallecimiento de su esposa, Concepción Calvo —que había muerto el 11 de octubre—, el viejo sindicalista no reflexionó. Leyendo por primera vez a Marx, se hizo todavía más marxista, todavía más revolucionario. La República burguesa perdió todo el sentido para él. En sus memorias no hace autocrítica. Tampoco explica en modo alguno lo que pretendía desencadenando la revolución o si, como sostenía Santiago Carrillo y algún otro, tan sólo se había tratado de un órdago que esperaba no tener que cumplir, una amenaza que sólo pretendía inducir a Alcalá-Zamora a rechazar la presencia de cedistas en el Gobierno.

Por eso las interpretaciones de los historiadores han sido tan variadas y en extremo contradictorias. ¿Fue la revolución de octubre de 1934 un extravío izquierdista meramente retórico? ¿Se trató, más bien, de «seguidismo» por parte de Largo y los suyos de la radicalización de las masas obreras insatisfechas con la marcha de la República? ¿O, por el contrario, debe verse en ella un verdadero giro a posiciones revolucionarias una vez demostrado el fiasco de la anterior estrategia de alianza con la pequeña burguesía republicana? ¿O hubo en realidad un intento de defensa insurreccional de una República amenazada por la llegada al poder de un sedicente centro republicano en alianza con la no republicana CEDA? ¿Fue, llevando esta lectura al extremo, una respuesta a la amenaza del fascismo? O, por último, ¿no se trató sino de una nueva expresión del lenguaje de la «táctica», en una línea que arrastraba claras continuidades, fundamentada en la necesidad de mantener la hegemonía entre las fuerzas del obrerismo?

Fuera lo que fuese, desde entonces, el PSOE no volvió a existir como partido unificado. Prieto se lanzó a una campaña desde El Liberal y en el seno de la organización para regresar a la táctica de 1931; Largo Caballero, que acababa de ser absuelto por falta de pruebas de su participación en la revolución de octubre, y la izquierda socialista se opusieron. En el Comité Nacional de 16 de diciembre de 1935, Prieto se impuso y su rival dimitió de la Presidencia del partido. La discrepancia no era total. Todos estaban de acuerdo en la alianza electoral con los republicanos para lograr la amnistía de los encarcelados de octubre, la readmisión de los obreros despedidos y la recuperación de la organización del movimiento socialista. Pero Prieto quería ir más allá, convertir la alianza electoral en coalición de Gobierno con un programa más amplio, y Largo exigía conservar las manos libres para seguir persiguiendo los objetivos propios del partido, en alianza con los comunistas, una vez logradas las reivindicaciones que compartían. Para él, la República era simplemente un paso previo, lo más breve posible. Como para Gil-Robles la alianza con los radicales era el medio de desgastarlos para recoger luego de ellos el poder y llevar a España a un Estado autoritario, corporativo y clerical, para el viejo socialista la alianza con la izquierda republicana era el medio para desgastarla, heredar de ella el poder y convertir la República burguesa en el Estado obrero y campesino que tanto él como los comunistas perseguían en última instancia.

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Autor: Luis E. Íñigo. Título: Cinco protagonistas de la Segunda República. Editorial: Ladera norte. Venta: Todostuslibros.  

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