La rebelión de Kronstadt

A finales de febrero de 1921, en Kronstadt —a unos 20 kilómetros de San Petersburgo, en la isla de Kotlin, que emerge del mar Báltico al fondo del golfo de Finlandia— todo eran esas asambleas que preceden al estallido de las revoluciones. Hubo una, celebrada el 28 de febrero entre las dotaciones de los acorazados Petropavlovsk y Sebastopol en la cubierta de aquél, que prendió la llama del último estallido libertario que conoció la Revolución Soviética. El último motín anarquista en la tierra de Bakunin y Kropotkin. La llamaron la Asamblea de la Escuadra.

Quienes escriben la Historia, naturalmente, han repetido mil veces que las noticias que terminaron de caldear los ánimos, esas que hablaban de las atrocidades cometidas por los bolcheviques contra los muertos de hambre en Petrogrado, eran infundadas. Pero aunque esas precisamente lo fueran, lo cierto es que quienes dijeron ser los guías de la famélica legión cuando reclamaron todo el poder para los sóviets, e incluso en la Guerra Civil que habría de dar paso a esa revolución que no acababa de llegar, volvían a reprimir, con la misma fiereza que los zares, a los esclavos sin pan. Sí, compañeros —“compañeros” se llamaban entre ellos los anarquistas—, los comunistas seguían queriendo a los parias pobres, fanáticos, idólatras y agradecidos por todo ello.

Ese mismo día 28 llegaba a Petrogrado un nuevo contingente de tropas para reprimir a los trabajadores en huelga con “mano férrea”, según declaró el propio Trotsky, responsable del envío.

"Fue precisamente en Oranienbaum donde se libraron los primeros combates entre un destacamento de los sublevados y los bolcheviques"

El Báltico ya estaba helado el dos de marzo de 1921, cuando los enviados de los marinos insurrectos lo cruzaron para llegarse hasta Petrogrado, que llamaban entonces a San Petersburgo. Una vez allí, comenzaron a distribuir entre la población pasquines con sus resoluciones y manifiestos. Para Lenin, que fue el primero en reclamar todo el poder para los sóviets, las reivindicaciones de estos nuevos comuneros no eran más que una “muestra de la espontaneidad anarquista pequeñoburguesa”, que suponía un peligro para su gobierno mayor que el del Ejército Blanco que acababan de derrotar. Para sus idólatras en el incipiente politburó, siempre a la zaga del mesías bolchevique, la modernidad consistía en el estado centralizado. Y éste se vería seriamente amenazado si empezaban a surgir comunas en la estela de la de Kronstadt por todo el país. Sin embargo, salvo el apoyo de la escuadrilla aérea de Oranienbaum —Lomonósov actualmente, una ciudad que se alza a cuarenta kilómetros de Petrogrado y a ocho de la isla de Kotlin—, cuyos aviones eran el ala de la flota del Báltico y ahora también de la amotinada, pocos apoyos de enjundia hallaron los comuneros. Los delegados de aquellos aviadores que se acercaron a su vez hasta Kotlin para comunicar su adhesión a la revuelta fueron interceptados por la checa cuando regresaban a su base y nunca más se supo de ellos.

Fue precisamente en Oranienbaum donde se libraron los primeros combates entre un destacamento de los sublevados y los bolcheviques. El comisario político de aquella ciudad —como Miguel Hernández lo fuera del 5º Regimiento de Milicias Populares de la Segunda República Española—, al comprender lo que se estaba fraguando, armó y aumentó la ración a los comunistas —que, como venimos diciendo, eran más iguales que el resto de la famélica legión— para comprar de este modo su lealtad. Asimismo, puso en conocimiento de la situación a Zinóviev. El presidente del sóviet de Petrogrado organizó un convoy con cadetes y tres piezas de artillería, que situó frente a la base de los aviadores un día como hoy, ya bien entrada la madrugada del tres de marzo de 1921.

"Cuando las noticias de los fusilamientos de los amotinados de Oranienbaum llegaron a sus hermanos de Kronstadt, los compañeros pecaron de esa ingenuidad consustancial a los socialistas utópicos"

Los interrogatorios de la checa a los amotinados no se demoraron. Cuando acabaron, cuarenta y cinco de aquellos infelices fueron llevados frente al pelotón de fusilamiento. No les dejaron ni despedirse de sus familiares. Al fin y al cabo, para los bolcheviques, como los socialistas científicos que eran, la Historia no era más que una sucesión de crímenes. No hacían más que aplicar su cuento.

La nueva carnicería, que acababan de inaugurar, no cabía incluirla dentro de la dinámica de la guerra civil rusa, que ya había acabado, ni de la dialéctica de la Revolución, que seguían retrasando, ya sin motivo alguno. La nueva ola de crímenes sólo obedecía a la terrible mecánica con que las dictaduras sojuzgan a quienes las padecen.

Cuando las noticias de los fusilamientos de los amotinados de Oranienbaum llegaron a sus hermanos de Kronstadt, los compañeros pecaron de esa ingenuidad consustancial a los socialistas utópicos. Los antiguos oficiales zaristas, que aún permanecían en sus filas como asesores militares, les aconsejaron romper ese hielo que cubría el Báltico en buena parte del golfo de Finlandia, para dificultar el ataque a la base. Pero los comuneros hicieron caso omiso de la recomendación, al igual que cuando les dijeron que se llevaran los barcos del puerto y atacaran Petrogrado. Los antiguos zaristas imaginaron que los libertarios desconfiaban de ellos. Y muy probablemente estaban en lo cierto.

"Los últimos intentos de las comisiones formadas por anarquistas y comunistas de buena voluntad también fueron en vano. Las cornetas del Ejército Rojo tocaron a degüello"

Los amotinados esperaron hasta el último momento una entente con los bolcheviques. Algunos anarquistas, a quienes los comunistas dejaban moverse por Petrogrado por ser extranjeros o por no haberse pronunciado aún contra los bolcheviques —tal era el caso de la compañera estadounidense Emma Goldman y su inseparable Alexander Berkman—, trabajaban por ese acuerdo junto a los pocos comunistas que querían evitar el nuevo drama. Aquella era una ilusión desesperada. Todos sabían que volvería a desatarse la más cruel de las represiones.

A las siete menos cuarto del siete de marzo de 1921, definitivamente, dejó de haber lugar para los miramientos. La historia se escribe a tiros. Los últimos intentos de las comisiones formadas por anarquistas y comunistas de buena voluntad también fueron en vano. Las cornetas del Ejército Rojo tocaron a degüello.

“El primer tiro de Trotsky es la señal del apremio angustioso de los comunistas”, podía leerse en uno de los titulares del sexto número de Izvestia, aparecido el día ocho. Sangrientas, asamblearias y románticas. ¡Qué literarias son las revoluciones!

En realidad, el tiro que abrió el fuego en la jornada anterior fue un disparo de cañón. Eso sí, por orden de Trotsky. Sólo habían cambiado los nuevos enemigos de los esclavos sin pan. Pero la estrategia seguía siendo la misma que la empleada por los zaristas contra los muertos de hambre.

"Está de más señalar lo cándidos que son cuantos esperan lo imposible. Tal era el caso de los sin amo que protagonizaron aquel momento estelar de la humanidad"

“Tienen prisa y se comprende”, rezaba uno de los artículos incluidos en el número de Izvestia aludido anteriormente. “A pesar de todas las mentiras de los comunistas, los trabajadores rusos empiezan a darse cuenta de la grandeza de la obra liberadora iniciada en la Kronstadt revolucionaria después de tres años de esclavitud.

»Los verdugos están inquietos. La Rusia soviética, víctima de la terrible aberración de los bolcheviques, escapa de su prisión. Los comunistas se ven obligados a renunciar a su dominación del pueblo trabajador. Su gobierno ha lanzado una señal de su angustioso apremio. La semana de existencia de la Kronstadt libre es la prueba de su impotencia”.

“El poder para los sóviets, y no para los partidos”, esa era la consigna de los insurrectos. Está de más señalar lo cándidos que son cuantos esperan lo imposible, y tal era el caso de los sin amo que protagonizaron aquel momento estelar de la humanidad hace hoy 105 años. La gran ingenuidad de los amotinados de la isla de Kotlin fue creer que su rebelión —que algunos ya llamaban “Tercera Revolución”— se extendería por todo el país y después por el mundo entero. Esa esperanza, tan vana como las de todos los utopistas, fue el alma de su resistencia.

"Cuando los obuses empezaron a caer desde las piezas emplazadas en Krásnaya Gorka, el Sebastopol respondió adecuadamente con un cañoneo espaciado"

Mas la llama en la que porfiaron ni siquiera prendió en Petrogrado, donde las difamaciones de la prensa comunista hicieron creer que el fuego de los rebeldes, en respuesta al de los cañones soviéticos, era un intento de bombardear la ciudad. Hasta la diferencia que hay entre atacar y defenderse fue tergiversada por los bolcheviques.

Apenas cayeron los primeros obuses sobre la fortaleza de Kronstadt, los soldados y los marineros afectos al Comité Revolucionario Provisional corrieron a ocupar sus puestos de combate. Los trabajadores también se aprestaron a las armas con bravura. En los amotinados se evidenciaba la sintonía entre los obreros y los militares. Hasta cierto punto, cuando cejaban los bombardeos, la actividad de la ciudad proseguía con normalidad. No era ése el caso de Petrogrado, donde los comunistas declararon el estado de sitio y, después de las siete de la tarde, nadie podía transitar por la calle.

Fajados casi todos en la Gran Guerra, antes de en esa guerra civil rusa que sucedió a la Revolución de Octubre, a los comunistas no les iba a ser tan fácil aniquilar a los comuneros anarquistas como suele serlo para los militares profesionales acabar con los revolucionarios sin más experiencia en combate que la lucha en las barricadas callejeras o los tiroteos con la policía. De modo que cuando los obuses —siempre acompañados de proclamas impresas en pasquines— empezaron a caer desde las piezas emplazadas en Krásnaya Gorka, el Sebastopol respondió adecuadamente con un cañoneo espaciado.

"Fue el siete de marzo cuando la aviación soviética se sumó a la represión de los amotinados, dejando caer sus peladillas sobre el último sóviet libre"

Cuando la tormenta arreció, el asalto se detuvo. Fue reanudado ya por la tarde, aprovechando la mejoría del tiempo. Para entonces los acontecimientos se habían desatado. La dialéctica era la de los cañonazos. Los últimos delegados de los anarquistas, que intentaron pararlos en las asambleas de Petrogrado, los escucharon con una pesadumbre especial en los calabozos de la checa. Sabían que tras la tortura serían pasados por las armas sin explicaciones.

También fue en la tarde del siete de marzo cuando la aviación soviética se sumó a la represión de los amotinados, dejando caer sus peladillas sobre el último sóviet libre.

El ocho de marzo, el mismo día que se iniciaba el X congreso del Partido Comunista Ruso, aprovechando que el Báltico que rodea la isla de Kotlin seguía helado, la infantería soviética comenzó a avanzar contra los amotinados por sus dos flancos en medio de una tormenta de nieve. En realidad no eran soldados, eran cadetes a los que Trotsky había sacado de la academia para vestirlos con un traje de camuflaje blanco. Ese atuendo sería su sudario, y el de miles de combatientes contra el general invierno en la Rusia del siglo XX. Ya vestidos para la muerte, el buen Trotsky —con una perversión que hubiera hecho feliz a Stalin en los terribles años venideros que aguardaban a la Unión Soviética— formó con ellos la vanguardia comunista en la represión de los comuneros anarquistas.

"De todos los momentos estelares de la Anarquía, en los que la Utopía de los sin amo dejó de serlo, el motín de Kronstadt fue el que costó más trabajo reprimir"

Tras los cadetes avanzaban los ametralladores de la checa. Su orden era acabar de una sola ráfaga con cuantos “desertores” dieran media vuelta. “Una sola ráfaga, para ahorrar munición al Pueblo”. Lenin, Trotsky, todo el politburó, eran conscientes de que muchos de aquellos muchachos no estaban dispuestos a avanzar sin ninguna protección hacia la muerte. Pero también de que habría más que se negarían a cargar contra esa famélica legión a la que se exhortaba a ponerse en pie en uno de los versos de La internacional.

Todo el poder de ese estado soviético —aún por venir con tal nombre, pero ya entregado a ese terror implacable que sería uno de sus pilares— caía sobre el último sóviet libre para ponerle fin con la misma diligencia, contundencia y ejemplaridad que la Reacción venía aplastando a los anarquistas desde los comienzos del movimiento obrero.

De todos los momentos estelares de la Anarquía, en los que la Utopía de los sin amo dejó de serlo, el motín de Kronstadt fue el que costó más trabajo reprimir a sus enemigos. Era como si la naturaleza, pese a ser claramente monárquica, habida cuenta de sus tres reinos, aquella mañana se hubiera puesto de parte de los comuneros. Los que avanzaban contra ellos lo hacían con la visibilidad mermada por la nieve, que caía inclemente. En tales circunstancias, era muy difícil distinguir los agujeros que los proyectiles de los amotinados abrían en el hielo —que el deshielo ya estaba debilitando—, y muchos infelices caían a ellos.

"Cumple ahora reconocer que esa pieza del Izvestia no fue sino retórica para justificar el millar de muertos que había dejado el fuego de los amotinados"

Nadie salió con vida del Báltico. A muchos la Parca se los llevó congelados. Su cadáver se quedó allí, intentando encaramarse a la superficie, en el borde del hielo, con ese grotesco ademán que da el último trance. Su afán fue tan desesperado como el de los fusilados en masa por la checa, que fueron arrojados a la fosa común sin que los sicarios comunistas acabasen de darles matarile, y los infelices empeñaron su último aliento en volver a la superficie de entre los ya cadáveres. Otros, de entre los cadetes que cayeron en aquel primer intento de asalto de la fortaleza insurgente, murieron mientras se hundían en el fondo del Báltico, aplastados entre dos bloques de hielo. Sin hablar de los ahogados y los que cayeron víctimas del fuego enemigo propiamente dicho.

Izvestia, ese órgano del Comité Revolucionario Provisional que ha quedado como la única información de aquel motín ajena a la soviética, apuntaría en su edición del diez de marzo: “No queríamos verter sangre de nuestros hermanos y rehusábamos hacer fuego, a menos que se nos obligara a ello. Nuestro deber era defender la causa justa del pueblo obrero y nos vimos forzados a disparar sobre nuestros propios compañeros, enviados a la muerte segura por los comunistas que han engordado a expensas del pueblo”.

"Satán es anarquista, y en aquel primer combate formó junto a sus compañeros. En aquel primer enfrentamiento, fueron pocos los bolcheviques que lograron llegar hasta las posiciones de los insurrectos"

En el bien entendido de que no es igual atacar que defenderse, cumple ahora reconocer que esa pieza del Izvestia no fue sino retórica para justificar el millar de muertos que había dejado el fuego de los amotinados cuando amaneció, remitió la nevada y se contaron las bajas de los asaltantes cuyos restos permanecían esparcidos por el hielo que, pese a haber empezado a derretirse, seguía cubriendo el golfo de Finlandia. “Los verdugos comunistas os empujaron contra nosotros a toda costa. Mientras, en la retaguardia, apostadas sobre el hielo, os amenazaban las ametralladoras de la checa” (Izvestia, diez de marzo de 1921).

Al final se reprimiría a los anarquistas, pero la victoria de los comunistas fue pírrica. Los de la hoz y el martillo tuvieron muchas más bajas, diez mil —sumando los muertos, heridos y prisioneros—; los amotinados sumaron 600 caídos, sin contar sus mil heridos, dos mil quinientos prisioneros y mil quinientos sin amo huidos a Finlandia. Cuando se hicieron notar las primeras sombras, los cadáveres aún yacían sobre el Báltico helado. Ese paisaje desolado que sucede a las batallas de invierno tenía un matiz muy semejante a la belleza que puedan tener los cuentos de aparecidos. Satán es anarquista, y en aquel primer combate formó junto a sus compañeros. En aquel primer enfrentamiento fueron pocos los bolcheviques que lograron llegar hasta las posiciones de los insurrectos. Tan pocos que unas descargas de fusilería bastaron para rechazarlos. Bien distinta sería la cosa en las jornadas venideras.

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