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Maria José Fuenteálamo: “Lo más difícil fue aceptar a la niña que no quería ser carnicera”

Maria José Fuenteálamo: “Lo más difícil fue aceptar a la niña que no quería ser carnicera”

Habla despacio, como quien ha aprendido a no desperdiciar las palabras. Cuando dice que escribir La hija del carnicero fue una reconciliación, no lo dramatiza. Lo dice casi en voz baja, como si estuviera confesando una travesura antigua. “En realidad fue una rendición. Y reconciliarse a veces es rendirse”. No hay solemnidad en la frase. Hay alivio. La niña que fue, esa que se avergonzaba un poco del olor a sangre en el abrigo, que aspiraba a otra vida más limpia, más universitaria, menos pegada al cuchillo y al serrín, se sienta ahora frente a ella y la mira sin reproche. Este libro, en parte, ha servido para eso. No es un alegato. Tampoco un ajuste de cuentas. Es, más bien, un gran reportaje sentimental sobre el consumo, la herencia y la identidad. Sobre lo que comemos y lo que nos come. Sobre cómo una familia levanta una pequeña empresa con las manos manchadas y cómo una hija decide no continuarla, convencida de que huir es progresar. Universitaria primero, licenciada en periodismo después, a punto de ser nombrada doctora por la Universidad Complutense, Maríajo Fuenteálamo quería hacer un gran reportaje. Y resulta que ese reportaje era el de su propia familia.

En el libro hay carne, sí. Hay mataderos, hamburguesas, normativas europeas, olas de veganismo y repentinos entusiasmos proteicos de Instagram. Pero sobre todo hay una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que creemos pensar lo pensamos nosotros y cuánto lo pensamos obedeciendo?

*****

—Empiezo por lo evidente: La hija del carnicero. ¿Qué ha supuesto para ti escribirlo?

"Ha sido decirle al pasado: vale, ganaste tú. Y hacerlo sin rencor"

—(Sonríe. Se toma un segundo.) Una reconciliación. Y una rendición. Que quizá sean la misma cosa. Ha sido decirle al pasado: “Vale, ganaste tú”. Y hacerlo sin rencor. Ha sido bonito. Muy bonito. Recordar la infancia siempre tiene algo de ceremonia secreta.

—¿Ceremonia o ajuste de cuentas?

—(Ríe.) Un poco de ambas. Yo lo recomiendo. De verdad. La literatura no tiene que salvar el mundo, pero sí puede ordenar un cajón. Y a veces ese cajón eres tú.

—¿Ordenar?

—Sí. No diría que sea terapéutica (no quiero que me acusen de autoayuda), pero ayuda a entender por qué recuerdas lo que recuerdas. Me pregunté mucho por qué esta escena y no otra. ¿Por qué el conejo y no la morcilla? A lo mejor me pasaron cosas más duras o más felices y no están. La memoria es caprichosa. Y una, al escribir, intenta ponerle lógica. Aunque a veces se engañe un poco.

—¿Y al lector qué le das? ¿Un tratado sobre la carne?

"Las redes te dicen que no comes suficiente proteína, cuando hace dos años te gritaban que eras un asesino por comerte un filete"

—(Niega con la cabeza.) No. O sí, pero no solo. Es un libro sobre herencia. Sobre identidad. Sobre obediencia. Sobre cómo las redes hoy te dicen que no comes suficiente proteína, cuando hace dos años te gritaban que eras un asesino por comerte un filete. ¿Dónde está tu criterio en medio de ese ruido? 

—Has dicho “obediencia”.

—Sí. Somos muy obedientes al eslogan. Muy disciplinados con la consigna moral de turno. Y yo quería que el lector pisara ahí, que dudara un poco. No convencerlo. Solo inquietarlo.

—El título ya nos empuja a lo autobiográfico. ¿Has caído en el tópico del primer libro confesional?

"Es mi historia, claro, pero también es la historia de un sector, de un país, de cómo hemos cambiado"

—(Se encoge de hombros.) Seguramente sí. Estoy dentro del tópico. Pero me he usado como excusa. Es mi historia, claro, pero también es la historia de un sector, de un país, de cómo hemos cambiado. Es el gran reportaje de mi vida.

—¿Un reportaje?

—Sí. Sobre el consumo. Sobre cómo antes todas las casas tenían gallinas y conejos, y ahora los niños no saben de dónde viene un nugget. Mi bisabuelo no abrió una carnicería porque fuera visionario; la abrió porque los demás dejaron de matar en casa. Es sociología con delantal.

—Hay escenas muy literarias. Tu madre matando el conejo. El novio examinado ante el pavo de Navidad

—(Ríe abiertamente.) Esa prueba era casi iniciática. Pero no quería sentimentalismo. La emoción está, pero yo la miro con distancia. El periodismo me ha dado esa frialdad. Sin el periodismo no habría podido escribirlo así. Me dio seguridad para mezclar formatos. Para contar el consumo de cereales como un cuento si me daba la gana.

—¿Qué fue lo más difícil?

—Aceptar a la niña que no quería ser carnicera. Y admitir que quizá estaba equivocada. (Pausa.) Eso duele un poco.

—¿Lo han leído tus padres?

—Sí. Mi madre está encantada. Me corrigió ingredientes de la morcilla. (Ríe.) Yo estaba allí, de pequeña, cuando ella experimentaba con aquella mezcla casi alquímica de especias, pero no quería enterarme de nada. Absorbía las cosas sin querer.

—Hay un homenaje claro a la profesión.

"Yo quería regalarle a mi padre esa épica doméstica"

—Es que nadie ha poetizado al carnicero. Hemos romantizado casi todo menos eso. Yo quería regalarle a mi padre esa épica doméstica. Cuando se bajó la persiana no solo se cerró un negocio. Se cerró un mundo. Un mundo donde el ser humano convivía con el animal. Ahora estamos mucho más lejos de eso… pero comemos más carne que nunca. Es paradójico, ¿no?

—¿Necesitamos convertir al carnicero en villano para dormir tranquilos?

—Distingo entre carnicero sustantivo y carnicero adjetivo. (Sonríe.) “Matadero” pesa como una losa, pero de ahí sale nuestro alimento. Y te diré algo incómodo: los primeros que odian el maltrato animal son los carniceros. Lo he visto. Mi padre sufría si no daba una buena muerte. Y además —esto es brutal pero es verdad— la carne del animal que menos sufre está más rica. La naturaleza es así de pragmática.

—¿Te has planteado la legitimidad moral de matar animales?

—Claro. Pero también me pregunto por qué esa ética solo la aplicamos al ser humano y no al lobo. Somos animales. Cuando nació mi hija y le di el pecho, nunca me sentí más animal. Asumir que comemos carne puede ser un acto de humildad, no de soberbia.

—Hablas del “grifo de agua caliente” como símbolo de la asfixia normativa.

"Ya no sabemos comer sin leer la etiqueta. Hemos perdido soberanía"

—Porque lo fue. Nos llenamos de normas con buena intención, pero delegamos todo. Ya no sabemos comer sin leer la etiqueta. Hemos perdido soberanía. Nuestros hijos no sabrían distinguir nada sin fecha de caducidad.

—Si pudieras volver atrás, ¿dejarías que tu hija creciera en una carnicería?

—(Piensa. Sonríe.) Sí. Creo que sí. Antes quería huir. Ahora quizá he idealizado, pero sí.

—¿Sigues manejando con soltura los cuchillos cuando te toca cocinar la carne en casa?

—Aprendí a hacerlo de pequeña, claro. Pero yo soy una señora de mi tiempo, es decir, estoy sola con una hija en edad escolar, trabajo mucho y me veo obligada a comer fuera más de lo que me gustaría.

—¿Cuál es tu plato de carne favorito?

"Sólo como lo que me emociona. Lo mediocre no me interesa"

—La carne a la brasa. Y poca. Solo la exquisita. Tengo el problema del crítico culinario Anton Ego en Ratatouille. ¿Recuerdas? “Sólo como lo que me emociona. Lo mediocre no me interesa”.

—¿Y dónde compras carne en Madrid?

—Yo compro la carne en mi pueblo, Fuente-Álamo, en Albacete, al que voy con frecuencia. La buena carne sigue teniendo geografía para mí.

—Última pregunta. Si tu hija, que ahora tiene 9, en unos años te dijera que es vegana, ¿qué harías?

—(Ríe, divertida) Esperar a que se le pase.

(Reímos las dos).

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