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3 poemas de Trabajar cansa, de Cesare Pavese

3 poemas de Trabajar cansa, de Cesare Pavese

Llega a las librerías una nueva traducción del poemario en el que el escritor italiano demostró, según comenta Aitana Monzón en el Prólogo, que deseaba profundamente una renovación de la lírica, “[una vía para] aunar tradición e innovación”. La edición corre a cargo de Carlos Clavería Laguarda.

En Zenda reproducimos tres poemas de Trabajar cansa (Altamarea), de Cesare Pavese.

***

XLII. ATLANTIC OIL

El mecánico borracho es feliz tirado en la cuneta.
De la hostería, por la noche, cinco minutos de prado
y en casa. Pero antes hay que gozar el fresco del verde,
y el mecánico se duerme poco antes del alba.
A dos pasos, en el prado, han plantado el letrero
rojo y negro; de lo grande que es, a quien mucho
se acerque le será difícil leerlo.
Está todavía mojado de rosada a esta hora.
El camino, de día, lo cubre de polvo,
como cubre las zarzas. El mecánico, allí, se entrega al sueño.

Hay un silencio extremo. Al poco, el sol será tibio,
pasarán los coches sin descanso, despertando el polvo.
De repente, en la veta de la colina aflojarán un poco,
después de la curva se lanzan. Alguno se detiene
entre la polvareda, delante del taller que lo empapa de litros.

Los mecánicos aún somnolientos estarán a esas horas
en los bidones, sentados, esperando un trabajo.
Un placer pasar la mañana sentado a la sombra.
Se mezcla aquí el hedor oleoso con el olor a hierba,
a tabaco y a vino, y el trabajo viene a buscarlos
a la puerta de casa. De vez en cuando llega la risa:
campesinas que pasan y echan culpas, por bestias y esposas
asustadas, al taller que fomenta el paso;
campesinos que miran de perfil. Todos, de vez en cuando,
hacen una rápida visita liberadora a Turín y vuelven más ligeros.

Luego, entre risas y vender litros, alguno se para:
estos campos, si los miras, están llenos del polvo
del camino, si te sientas en la hierba te expulsan.
En las laderas hay siempre una viña que gusta más que otras:
acabará con que el mecánico casará con la viña que quiere,
con la buena muchacha, y acabará bajo el sol,
pero a darle a la azada, y se le pondrá negro el pescuezo
y beberá su vino, prensado las tardes de otoño en la cantina.

También de noche pasan los autos, pero en silencio,
tanto que al borracho del foso no lo despiertan.
Por la noche no hacen polvareda y el haz de los faros
desvela al completo el letrero en el prado, en la curva.
Al alba trascurren cautos y no se oyen ruidos,
sino brisa que pasa y, llegados arriba,
desaparecen en la llanura, escondidos en las sombras.

***

XLV. TRABAJAR CANSA

Cruzar la calle para escaparse de casa
lo hace solo el muchacho,
pero este hombre que ronda
todo el día por las calles ya no es un crío,
y no huye de casa.

Hay en verano

tardes en que hasta las plazas están vacías, abiertas
al sol que está por irse, y este hombre, que aparece
por una avenida de árboles inútiles, se detiene.
¿Vale la pena estar solo para estar cada vez más solo?
Únicamente pasearlas, las plazas y las calles
están vacías. Hay que acercarse a una mujer,
hablarle y convencerla para vivir juntos.
Otramente, uno habla solo. Por eso a veces
aparece el borracho nocturno que habla
y cuenta los proyectos de toda una vida.

No es, claro, a la espera en la plaza vacía
como se encuentra a alguien, pero quien va por las calles
se detiene de vez en cuando. Si fueran dos,
incluso si fueran por las calles, la casa estaría
donde está la mujer, y valdría la pena.
Por la noche, la plaza se vacía de nuevo
y el hombre que pasa no ve las casas
entre las luces inútiles, no levanta ya la vista;
oye solo el empedrado que hicieron otros hombres
con manos encallecidas, como están las suyas.
No es justo quedarse en la plaza desierta.
Estará sin duda la mujer en la calle
que, si se lo pides, quisiera ayudar en casa.

***

LVII. FUMADORES DE PAPEL

Me ha llevado a oír la banda. Se sienta en una esquina
y emboca el clarinete. Empieza un jaleo de infierno.
Afuera, un viento furioso y la tromba del agua,
y los rayos, hacen que la luz se vaya
cada quince minutos. A oscuras, las caras
se esfuerzan descompuestas si tocan de memoria
un bailable. Enérgico, el pobre amigo
los dirige a todos desde el fondo. Y el clarín despunta,
rompe el jaleo sonoro, traspasa, se desfoga
como un alma en pena con un silencio seco.

Estos pobres latones están demasiado a menudo abollados:
campesinas las manos que aprietan las llaves,
y obtusas las frentes, que apenas levantan la vista.
Miserable sangre agotada, extenuada
por las muchas fatigas, se oye el bramido
en la noche y el amigo los guía a duras penas,
él que tiene manos encallecidas de picar con la maza,
de darle al cepillo, de arrancarse la vida.

Tuvo camaradas hace tiempo y solo tiene treinta años.
Fue de los de después de la guerra, crecidos con hambre.
Vino también él a Turín a buscarse la vida
y encontró la injusticia. Aprendió en las fábricas
a trabajar sin sonrisa. Aprendió a medir
con la fatiga propia el hambre ajena,
y por doquier encontró injusticias. Intentó tener sosiego
caminando, somnoliento, los caminos interminables
de la noche, pero solo vio farolas a millares,
brillantísimas, iniquidad: mujeres roncas, borrachos,
claudicantes fantoches desesperados. Fue a Turín
un invierno entre sirenas de fábricas y escorias de humo;
y sabía qué es trabajar. Aceptaba el trabajo
como un duro destino del hombre. Si todos los hombres
lo aceptasen, en el mundo habría justicia.
Y conoció camaradas. Sufría las divagaciones
y hubo de oírlas, esperando que acabaran.
Tuvo camaradas. Las casas tenían familias.
La ciudad estaba rodeada y la faz del mundo
estaba del todo cubierta. Llevaban dentro
desesperación suficiente para conquistar el mundo.

Toca serio esta noche, a pesar de la banda
que ha instruido uno a uno. No le preocupa el estruendo
de la lluvia ni si viene la luz. La cara severa
mira atenta un dolor, y muerde el clarinete.
Le vi estos ojos una noche cuando solos,
con el hermano, diez años más triste que él,
velaban con una luz decadente. El hermano se aplicaba
a un torno inútil por él construido.
Y mi pobre amigo renegaba al destino
que los tiene clavados al cepillo y a la maza
para alimentar a dos viejos no deseados.

Gritó de repente

que no era cosa del destino si el mundo sufría,
si la luz del sol arrancaba blasfemias:
era el hombre el culpable. Al menos poder irse,
pasar hambre libremente, poder decirle
no a una vida que utiliza el amor y la familia,
la piedad y el trozo de tierra para atarnos las manos.

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Autor: Cesare Pavese. Título: Trabajar cansa. Traducción: Carlos Clavería Laguarda. Editorial: Altamarea. Venta: Todos tus libros.

BIO

Cesare Pavese (1908-1950) nació en Santo Stefano Belbo, un pequeño pueblo del Piamonte. Además de traductor y editor, fue uno de los escritores más destacados de la historia de la literatura italiana. Su carácter introspectivo y solitario marcó toda su obra, muy ligada a los lugares donde creció y caracterizada por un delicado matiz intimista. Suyos son algunos títulos emblemáticos del siglo XX italiano, entre los que sobresalen El oficio de vivir, su monumental diario (publicado después de su suicidio), los Diálogos con Leucó, el poemario Trabajar cansa y novelas como La cárcel, De tu tierra, La playa, El diablo en las colinas, La casa en la colina o La luna y las fogatas.

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