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Miguel Hernández, periodista de trinchera

Libro de crónicas de la Guerra Civil de Miguel Hernández, El hombre acecha al hombre

Miguel Hernández escribió, entre los años 1937 y 1938, una serie de 35 crónicas propagandísticas desde los diversos frentes en los que estuvo luchando. Esos escritos, en su mayoría dirigidos a enaltecer la moral de la tropa, iban destinados a órganos del Ejército de la República o del Partido Comunista, cuyas cabeceras no disimulan su carácter propagandístico: Pasaremos, Avanzadilla, Nuestra Bandera, La Voz del combatiente o Al Ataque.

Esas crónicas, junto a otros textos relacionados con el poeta de Orihuela y la guerra, han sido reunidas en un volumen, publicado por Alianza Editorial, bajo el título El hombre acecha al hombre. El historiador valenciano Joaquín Riera Ginestar ha sido el encargado de esta minuciosa y cuidada edición, con profusión de notas y acotaciones aclaratorias, y una muy ilustrativa introducción.

Los asuntos abordados en las crónicas son de lo más diverso: la descripción de los primeros días en el frente de un combatiente, la crueldad del enemigo, la paupérrima situación del campesinado español, la exaltación de líderes como el Campesino —bajo cuyo mando combatió el poeta— o perfiles de soldados anónimos y humildes, pero no por ello menos heroicos.

"Especialmente interesantes resultan las tres crónicas dedicadas al asedio, asalto y toma del Santuario de Santa María de la Cabeza"

Especialmente interesantes resultan las tres crónicas dedicadas al asedio, asalto y toma del Santuario de Santa María de la Cabeza (Jaén). Allí, unos doscientos guardias civiles y sus familiares (más de mil) se refugiaron y resistieron los embates de las tropas republicanas durante nueve meses. Este es uno de los episodios más impactantes de la guerra civil, pero ha estado opacado por su similitud con el asedio al Alcázar de Toledo.

Miguel Hernández, que fue “testigo y actor” en este trascendental y épico episodio, despliega aquí sus dotes de narrador de historias dramáticas, salpicadas con toda la poesía aplicable a las grandes epopeyas. Los acontecimientos en torno al santuario fueron utilizados por los nacionales como símbolo del heroísmo de los resistentes. Miguel Hernández, como es obvio, ofrece la versión contraria, que achaca la larga resistencia de los rebeldes a la inmoralidad del uso de los civiles como escudos humanos.

En una de esas crónicas sobre la toma del Santuario de la Cabeza, el poeta responde a un miliciano que le achaca ciertos errores en uno de sus artículos. Tras pedir disculpas, Hernández aprovecha para dar su opinión sobre la profesión periodística, de la que él no se considera parte. “He procurado siempre ser justo y verdadero, y aunque no soy periodista sino poeta, escribo en el periódico de mis compañeros (…) la prosa de la poesía que veo y siento en lo más hondo de esta guerra (…). Me irrita la falsedad, mala hierba abundante entre los periodistas, acostumbrados a contar sucesos no sucedidos o sucedidos de otra manera (…). Las cosas, para sentirlas, hay que vivirlas y verlas, y la prensa no sería tantas veces irritante o aburrida si algunos de los que escriben sus diarios se acercaran más oportuna y menos prudentemente a los campos donde la verdad habla a balazos”.

"Pese a escribir a las órdenes del mando republicano y siguiendo sus consignas, con frecuencia se muestra crítico"

El escritor, soldado y comisario se muestra inflexible con la disciplina de los soldados. Da instrucciones incluso para su comportamiento durante los permisos. Considera que el cuerpo humano es un arma y, como tal, debe cuidarse. “El reposo del soldado debe ser austero (…). No abusará de la bebida ni de su condición masculina; será abundante en el sueño; y breve y poco asiduo a frecuentar a la compañera (…), escaso en el tabaco y (…) comerá con sobriedad para que no se dilaten su carne ni su vientre”. Y argumenta su recomendación explicando que “una gran cantidad de caídos, inutilizados y agotados en los frentes de lucha son producto de la vida desenfrenada, cabaretera, chula, sucia y miserable que han seguido”.

Pese a escribir a las órdenes del mando republicano y siguiendo sus consignas, con frecuencia se muestra crítico. Resulta curioso cómo siendo Hernández un propagandista, desliza en sus crónicas comentarios que llaman más al desánimo que a la exaltación, como su lamento por la “inexperiencia e inferioridad de los milicianos frente a un enemigo bien pertrechado y entrenado”. Se queja incluso del abandono por parte del Gobierno Central. “Nuestros frentes de Andalucía se han mantenido casi indefensos hasta hace dos meses. Ni un tanque. ni un aeroplano, pocos hombres y menos fusiles durante ocho meses de guerra cruda. La aviación fascista ha operado a placer contra los andaluces, se ha cebado con ellos…”.

"Tengo mis dudas de que las crónicas de Miguel Hernández puedan ser consideradas periodismo, desde el momento en que tienen un fin diferente al de informar"

Muy crítico se muestra también con la “vida disipada” que se lleva en algunos lugares de la retaguardia, donde prodigan “los revolucionarios de relumbrón y los héroes de opereta”, “ajenos al drama del pueblo y de los soldados”. Así, no concibe que algunos se dediquen a organizar fiestas “descorchando botellas de champán y usando el nombre del pueblo en vano”.

Al parecer, se refería a las frecuentes celebraciones de María Teresa León y Rafael Alberti, a los que califica de “nuevos señoritos”.  En una de sus visitas a Madrid, se lo echó en cara al poeta gaditano y a su mujer. Alberti le conminó a que escribiera sus críticas en una pizarra y el poeta lo resumió en una frase —“aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta”—, a la que María Teresa León respondió con un soberano tortazo.

Tengo mis dudas de que las crónicas de Miguel Hernández puedan ser consideradas periodismo. Desde el momento en que tienen un fin diferente al de informar y obedecen a las consignas de uno de los bandos, más bien habría que calificarlas de propaganda. Propaganda magníficamente escrita que, con frecuencia, utiliza con maestría las herramientas del periodismo. En lo periodístico, los escritos del poeta de Orihuela están más cerca de los de John Reed, para quien también el periodismo era un arma para inflamar el espíritu revolucionario, que de los de un corresponsal de guerra.

"Miguel Hernández no necesita ni de justificaciones ni de comparaciones. Su calidad literaria está fuera de toda duda"

El mencionado Joaquín Riera Ginestar, autor de la edición de las crónicas incluidas en El hombre acecha al hombre, llega a sostener, incluso, que Miguel Hernández es “un precedente de calidad del nuevo periodismo”. Así lo certifican, según argumenta, la narración en primera persona, que el autor sea parte de la propia historia que cuenta o que los textos tengan una indudable calidad literaria. Es más, considera que el autor de El rayo que no cesa ha enriquecido el periodismo narrativo con un valor añadido: el compromiso político.

Sin demérito alguno para los textos de Miguel Hernández, cuesta mucho encontrar ninguna relación con los de Tom Wolfe, Gay Talese o Hunter S. Thompson. Incluso con los de Rodolfo Walsh, cuyo compromiso político fue inquebrantable.

Miguel Hernández no necesita ni de justificaciones ni de comparaciones. Su calidad literaria está fuera de toda duda. Por supuesto en la poesía, pero también en estas crónicas propagandísticas que, al estar escritas “a pie de trinchera y a ras de suelo”, adquieren un valor extraordinario. “Otros, como Chaves Nogales, buscaban a toda costa la imparcialidad en sus escritos sobre la guerra —escribe Riera Ginestar en la introducción—. Miguel Hernández, nunca (…). En sus textos, no hay equidistancia ni ecuanimidad, ni real ni fingida”.

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Autor: Miguel Hernández. Título: El hombre acecha al hombre. Editorial: Alianza. Venta: Todostuslibros.   

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