En la semana en que Jerry Lewis hubiera cumplido cien años —El Rey de la Comedia, que lo llamó Scorsese en la cinta homónima del año 82, nació en Nueva Jersey, el 16 de marzo de 1926— aún quedan dos incógnitas en torno a su figura, que nunca habremos de despejar.
Siempre que volvieron a encontrarse en público —tal fue el caso en 1976, cuando durante un teletón benéfico conducido por Lewis, en el que Frank Sinatra se presentó con Martin y su antiguo compañero le preguntó el motivo de la ruptura— el Rey del Cool comentó al Rey de la Comedia que fue “para crecer”. Idéntica fue la pregunta, e idéntica la respuesta cuando las dos testas coronadas volvieron a encontrarse en el 89, en la que habría de ser la última actuación de Martin, que tuvo lugar en el Hotel Ballis de Las Vegas. Empero la insistencia del Rey del Cool, no faltan comentaristas que defienden que en Where the Truth Lies (2005), una de las cintas más interesantes de Atom Egoyan, este cineasta sugiere que fueron otros, y bastante más turbios, los motivos que llevaron a la separación a la pareja de humoristas más destacada del Hollywood de su tiempo.
La segunda de esas incógnitas en torno a Lewis, que un siglo después de su nacimiento y a casi una década desde su óbito el 20 de agosto de 2017 seguimos sin despejar, se antoja como un chiste sin la más mínima gracia, una mirada a los límites que ha de tener el humor, una de esas películas que nunca han de llegarse a proyectar.
Parece ser que en la Alemania nazi hubo un payaso que, despedido del circo que lo empleaba, cometió la imprudencia de irse a un bar a beber. Ya ebrio, como solo lo está quien se emborracha para olvidar su desempleo, comenzó a despotricar contra el Reich que iba a durar mil años. Entre quienes le escuchaban había unos agentes de la Gestapo que, al punto, se llevaron detenido al clown y nunca más se supo de él. No hay noticia de si el infeliz, obedeciendo a esa antigua farsa, era un payaso blanco o rojo. Auguste o no, a partir de entonces, inexorablemente, el destino de ese payaso sería el de ese que recibe el bofetón.
Hay constancia de que aquel pobre infeliz con la lengua demasiado larga no desapareció entre la noche y la niebla, el destino dispuesto por sus responsables para los enemigos políticos del Reich. Helmunt Doork llamó el productor Charles Denton a aquel pobre infeliz en un primer tratamiento del guion. Después se sumaron a la escritura del libreto Joan O’Brien y Jerry Lewis, quienes también conservaron el nombre de su protagonista. Y el título del filme fue The Day the Clown Cried (El día que el payaso lloró), que Lewis comenzó a rodar en Estocolmo, en París y en otros escenarios de Suecia y Francia en 1972.
Confinado en un campo de concentración, al no ser ni comunista ni hebreo se le permite cierta libertad de movimientos entre los barracones. Incluso los guardianes y los otros prisioneros le piden que, esporádicamente, les haga unas tonterías.
Pero Doork —incorporado por el propio Lewis—, como era previsible, ha perdido la gracia. Sin embargo, sí que provoca las risas de los niños judíos, así que cuando los pequeños son trasladados a Auschwitz, Helmunt decide acompañarlos e incluso entrar con ellos a las duchas, que llamaban en los campos de exterminio a las cámaras de gas.
Desde lo de cerca que toca a La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) hasta los límites del humor, son tantas las preguntas que se desprenden de este somero apunte del argumento de El día que el payaso lloró que no podemos ser categóricos al afirmar el carácter del estigma que pesa sobre este singular filme. Primero fueron los problemas de los derechos del guion, después la ruina del productor, Nat Wachsberger. Pero finalmente, y sobre todo ello, el reparo que Lewis, una vez acabada y montada la cinta puso ante su estreno.
Entre medias se perdió el negativo, con lo que solo resta una copia positiva —como si de una de esas cintas silentes, recuperadas para su digitalización con tan encomiable esmero por las filmotecas, se tratase—, la que guardaba el propio Lewis. Pero tras la muerte del cineasta también se perdió. Los pocos que la han visto dicen que es una genialidad. Otros estiman que el autor de El profesor chiflado (1973) filmó su obra maestra en El día que el payaso lloró. Y puede que al negarse a estrenarla protagonizase su momento estelar de la humanidad, plenamente consciente de que hay temas que no pueden ser objeto de ninguna broma.
Pierre Etaix, grande entre los grandes de la triste gracia, y uno de los actores de la cinta, al igual que Serge Gainsbourg, otro de sus intérpretes, nunca se pronunciaron al respecto. Quién sabe, puede que, tras el desconocimiento de esta obra maestra, de esta otra incógnita en El rey de la Comedia, permanezca latente un momento estelar de la humanidad.


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