Inicio > Firmas > La Llamada > La llamada de… Erri de Luca

La llamada de… Erri de Luca

La llamada de… Erri de Luca

Foto de portada: Elena Blanco 

Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para muchos más confuso: la literatura.

*****

Erri De Luca tardó muchos años en advertir que su dormitorio era en verdad la biblioteca de su padre. La casa donde se crio tenía solo dos habitaciones y, antes de que él naciera, su padre usaba la segunda para almacenar los libros de historia que tanto le gustaban: los que contaban el derrumbe del siglo en marcha. Entonces llegó el pequeño Erri y, a falta de otras dependencias, los instalaron en la biblioteca. El futuro escritor creció, pues, entre paredes forradas de libros, y aunque enseguida reparó en que su habitación no era igual que las de los otros niños, aprendió a apreciar las ventajas de dormir en una sala recubierta de papel. Porque el papel, ay, el papel es un aislante perfecto. Efectivamente, la habitación de Erri de Luca era la más silenciosa y calentita del piso, además de la más entretenida: si uno se aburría, solo tenía que estirar el brazo y coger un volumen de aquellos. Por cierto, años después, cuando se hizo albañil, Erri de Luca hizo más llevadero su oficio imaginando que, en vez de ladrillos, amontonaba libros.

*

Decía Alessandro Baricco que su amor por el ritmo y la cadencia en el lenguaje provenía de las vistas que tenía desde el dormitorio turinés donde pasó gran parte de su infancia. Por aquella ventana veía un cruce de semáforos que le obsesionaba. Se pasaba horas observando los vehículos que frenaban y arrancaban, así como a los peatones que se detenían o avanzaban, al son de los faros. Y todas aquellas horas estudiando el rutinario devenir de aquel cruce de caminos acabaron configurando el compás que luego habría de imprimir a sus textos.

*

Lo que veía Virginia Woolf desde la ventana de su habitación en el 22 de Hyde Park Gate, Kensington, Londres, era a la señora Redgrave, su institutriz, realizando sus abluciones matutinas en el dormitorio que ocupaba en el edificio de enfrente. La niña espiaba a esa mujer que se aseaba de un modo fragmentado —el brazo, el hombro, el cuello…—, mientras maduraba en silencio la idea de que aquel ritual, aquel ritual tan puritano y secreto, pertenecía a una época, la victoriana, que pronto habría de extinguirse.

*

Emily Dickinson acabó recluyéndose en la misma habitación donde pasó sus diez primeros años de vida. Cuando alguien la visitaba, la poeta le atendía a través de la puerta entornada y, cuando le explicaban que en el pueblo se burlaban de ella, echaba el cerrojo y se ponía a escribir. Hay muchas teorías sobre los motivos por los que Dickinson se encerró en su casa —la enfermedad de la madre, la dependencia del padre, una posible agorafobia, un desengaño amoroso…—, pero lo que aquí nos importa es que compuso los 1.800 poemas que cambiaron la historia de la literatura inglesa en el dormitorio donde pasó su infancia. Si hubiera estado en otro sitio, tal vez no habría logrado semejante hito.

*

Laurence Sterne sostenía que la primera habitación que todo ser humano tiene en el mundo es el útero materno. De hecho, su Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy arranca con el relato —mejor dicho, con la digresión— que el protagonista hace desde el interior de su madre. Un relato tan detallado que el lector incluso se entera de que, cuando sus progenitores estaban haciendo el amor y, por tanto, cuando estaban concibiéndolo, la madre interrumpió el ajetreo del padre para preguntarle: “Perdona, querido… ¿no te habrás olvidado de dar cuerda al reloj?”. Y este comentario, este comentario soltado en pleno acto sexual, enturbió por siempre el destino del pobre Tristram.

*

Anna Ajmátova recordaba tres cosas de la casa de Tsárskoye Seló donde pasó la infancia: que estaba pintada de verde, que tenía un “cuarto oscuro” al fondo de un pasillo —un cuarto que la aterrorizó lo suficiente como para despertar su imaginación— y que estaba impregnada de un olor a leche agria que, probablemente, provenía de la época en la que el edificio almacenó una bodega. Lógicamente, el olor a leche vieja fue para Ajmátova lo mismo que el sabor de la magdalena a Marcel Proust: el disparador de la memoria y, por ende, de la literatura.

—————————

El último libro de Erri De Luca, coescrito con Inès de la Fressange, es La edad experimental (Seix Barral).

5/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios