Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para muchos más confuso: la literatura.
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No recuerda Jean Echenoz qué edad tenía aquel domingo en que, estando sumido en el más profundo de los aburrimientos, deambuló por casa de sus abuelos sin saber qué hacer. Al verlo entrar en su despacho arrastrando los pies, su abuelo le preguntó qué le pasaba, a lo que el nieto respondió que nadie quería jugar con él, que no había nada con lo que entretenerse, que todo era soporífero a más no poder. Entonces el anciano, sin duda queriéndose sacar al mocoso de encima, agarró una de las figuritas que adornaban su escritorio, una tortuga de cobre y cuero con un anuncio publicitario grabado en el caparazón, y lanzó un reto al chaval: “Si tanto te aburres, coge papel y lápiz, y descríbela”. Sesenta años después, la tortuga descansa junto al ordenador de Jean Echenoz y, cada mañana, cuando el francés se sienta a trabajar, acaricia su concha en homenaje al día en que su abuelo lo convirtió en escritor.
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Hablando de ancianos y obsequios: la abuela de Johann Wolfgang von Goethe regaló a su nieto un teatrillo de marionetas sobre el que se ha especulado mucho. Unos sostienen que fue ese retablo de mentirijillas el que despertó su imaginación y lo encaminó hacia la literatura, mientras que otros aseguran que aquel regalo originó su obsesión por el mito de Fausto, leyenda popular en cuya adaptación el pequeño Goethe empezó a trabajar tan pronto como instaló el teatrillo en su habitación.
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También ha pasado a la Historia de la Literatura el teatro de marionetas que el padre de Hans Christian Andersen, zapatero de profesión y carpintero por afición, construyó para su hijo poco antes de morir. No era la primera vez que fabricaba algo para el niño, ya que, estando su mujer todavía embarazada, transformó un viejo féretro en la cuna en la que habría de dormir el niño aún por nacer.
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El padre de Ana María Matute regresó de un viaje a Londres con un regalo que alcanzó el corazón de su hija: un golliwog, muñeco de trapo que, representando a un niño negro con el pelo rizado, los labios rojos y el chaleco de rayas, condensaba el racismo de toda una época. Sin ser consciente de esto, la pequeña Ana María amó con sinceridad a aquel pelele, al que por cierto rebautizó como Gorogó, por ser incapaz de pronunciar su auténtico nombre, y juró que nunca se separaría de él. Efectivamente, lo llevaba a todas partes y, de tanto arrastrarlo de aquí para allá, al poco tiempo el muñeco estaba tan deteriorado que recordaba antes a un personaje de Dickens que a un peluche relleno de algodón.
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Mariana Enriquez también evoca a Dickens cuando recuerda la colección de muñecas pelonas con las que entretuvo su infancia. Los adultos sonreían pensando que jugaba a ser una madre que cuidaba a sus hijos, cuando en realidad ella miraba a esos bebotes y se imaginaba a sí misma como la directora de un orfanato en el que imperaba el desconsuelo, la tristeza y la soledad.
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Tanto escaseaban los juguetes en la infancia de Dubravka Ugrešić que las niñas tenían que fabricar sus propias muñecas. Las confeccionaban a partir de un lápiz, que cumplía las funciones de espina dorsal, y de un trozo de tela, que funcionaba como vestido de una única pieza. No necesitaban más; dos objetos de lo más comunes y un poco de imaginación. La escritora yugoslavo-croata sentenciaría años después que todo vacío material puede ser llenado con creatividad, y que donde no hay consumo aparece siempre la fabulación.
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Por cierto, dejó escrito Victor Hugo que, cuando un niño destroza un juguete, lo que en realidad hace es buscarle el alma. Y añadimos aquí que ese mismo niño, ay, ese mismo niño corre el riesgo de devenir escritor.
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La última novela de Jean Echenoz es Bristol, publicada en catalán por Raig Verd.


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