Recuerdo que, cuando en 2012, la editorial Duomo publicó Caía una lluvia intensa —entonces con el título Dura la lluvia que cae y traducción de Ramón de España— de Don Carpenter (Berkeley, 1931 – Mill Valley, California. 1995) aparecieron bastantes reseñas positivas y me apeteció leer ese libro; sin embargo, al final lo dejé pasar. Sin embargo, en el verano de 2024 conversando con Jan Arimany —el editor de Trotalibros— me comentó que iba a publicar un libro que me iba a gustar a mí —pensaba Jan—, que me gustan las historias duras de gente como Cormac McCarthy o Charles Bukowski. Se refería a Caía una lluvia intensa —en la traducción de Miguel Temprano García— que publicó él en el otoño de 2024. Cuando en la Feria del Libro de Madrid fui a visitar la caseta de Jan, este fue uno de los libros que compré de su editorial. Lo he leído a finales de 2025.
Caía una lluvia intensa comienza con un prólogo, que sitúa la acción narrativa entre 1929 y 1936, y en unas cuantas páginas se nos habla de los padres del protagonista, Jack Levitt. Dos jóvenes conducen a toda velocidad por un pueblo de Oregón, con una moto robada en California. Su imprudencia provocará la muerte de un hombre, ya en la primera página. El chico ocupará su puesto de vaquero en un rancho y la chica, huida de su casa, pasará a vivir con los indios. El hijo de ambos será entregado a un orfanato. El padre morirá en un accidente a los veintiséis años y la madre se suicidará a las veinticuatro. Todo esto está contado en apenas seis páginas; una pequeña historia de violencia y destino muy propia del gótico sureño estadounidense. En estas seis páginas creo ver también el espíritu de Cormac McCarthy. En la página 20, leemos: «La cara de Harmon quedó desfigurada; perdidos todos los dientes del lado izquierdo y una cicatriz le corría debajo del ojo izquierdo a través del labio hasta la barbilla; tenía el rostro hundido y los ojos azules habían perdido su brillo, desde entonces hasta que murió tuvo un aspecto muy normal.» Fue sobre todo en este párrafo, donde sentí a McCarthy, porque además de la violencia y el fatalismo, el narrador adelantaba información relevante sobre los personajes, como ese dato acerca de que iba a morir. Este recurso también lo usa McCarthy en En la frontera (1994). McCarthy empezó a publicar en 1965, y no he encontrado nada en internet que señale que hubiera leído a Carpenter. En cualquier caso, estas son las coordenadas lectoras con las que me adentro en la primera parte de la novela —titulada Delincuentes juveniles— que nos lleva hasta el Portland de 1947. Carpenter es de la zona de la bahía de San Francisco, pero conoce Portland (en Oregón) porque estudió en su universidad, como he leído en la nota biográfica que abre el libro. Así que cuando describe las calles y los locales de billar del centro de Portland, lo he leído pensando que me estaba hablando de un lugar muy real. Jack, nacido en 1930, tiene diecisiete años en 1947 y se ha escapado del orfanato en el que ha pasado su infancia. Se relaciona con una gran banda de jóvenes rebeldes y medio delincuentes que se mueven por el centro de Portland, y que suelen frecuentar, como zona de encuentro, los billares. En una de estas salas de billar, conocerá a Billy Lancing, de dieciséis años, escapado de su casa en Seattle y que ha llegado a Portland para probar suerte apostando al billar con los jugadores locales. Billy tiene talento para este juego. La película El buscavidas —The hustler en inglés— de Robert Rossen se estrenó en 1961 y diría que fue una influencia para Carpenter a la hora de escribir su novela. De hecho, en la página 245 Billy Lancing, hablándole a Jack de lo que siente al jugar al billar dice «Vas hasta la mesa, consideras el tiro, miras la disposición de las bolas y ya tienes la sensación de que están todas conectadas, y de que tú estás conectado a ellas, y de que tu taco forma parte del brazo.» Esa idea de que el taco forma parte del brazo, con unas palabras muy similares, también se la dice Eddie Relámpago a Sarah Packard, en una escena memorable de la película, mientras Eddie tiene las dos manos escayoladas porque unos tipos que se sintieron estafados por su talento le rompieron los pulgares. Imagino que Carpenter quiso hacer un homenaje en su novela a la película —o al libro de Walter Travis en que se basa la película—. En cualquier caso, el conocimiento que muestra el narrador de Caía una lluvia intensa sobre los diversos juegos de billar es profundo y consigue hacer muy creíble el ambiente de las salas de billar y de los jugadores que apuestan hasta desplumar al otro o hasta quedarse sin nada.
Caía una lluvia intensa es una novela fatalista desde la primera línea, desde que al lector le es mostraba en primera instancia la muerte vana de los padres del protagonista, que llega al mundo sin referentes. En algún momento, Jack envidiará el talento que tiene Billy para el billar y desearía tener uno similar. El más parecido que tiene es su capacidad para pelear y ser el tipo más duro. Esto, en algún momento de la novela, hará que pueda, de forma esporádica, ganarse la vida como boxeador, pero al final cuando iba perdiendo, Jack dejaba el boxeo de lado y volvía a la pelea callejera; además de que su piel se rompía demasiado pronto y sangraba demasiado para el boxeo profesional. En más de una ocasión he llegado a pensar que Caía una lluvia intensa llegaba a ser una novela naturalista, al estilo de las de Émile Zola, pero, aunque Carpenter, sí muestra a personajes jóvenes que va a acabar cayendo en la delincuencia debido a condicionantes sociales, les acaba dando más espacio para el libre albedrio, la reflexión y la evolución personal. Así que al final, en realidad, Caía una lluvia intensa es una novela de iniciación, una dura novela de iniciación, en cualquier caso.
En más de una reseña, se habla de esta novela como perteneciente al género «novela carcelaria» y, sí, claro, Caía una lluvia intensa es una novela carcelaria, pero no solo es, como ya apuntado, eso, puesto que tiene muchas más capas para mostrarnos diversas realidades norteamericanas. También podemos hablar de Caía una lluvia intensa como de «novela gay», pues se va a hablar de una relación homosexual en la cárcel. En alguna web he leído que, quizás, la idea de que se trataba solo de una novela gay carcelaria hizo que el libro no llegara a todo el público que podía haber llegado. Caía una lluvia intensa también habla de los derechos civiles y el racismo, puesto que Billy, a pesar de que menos de un octavo de su sangre es negra, se identifica como tal, sobre todo porque la sociedad en la que vive le encasilla en esa categoría, que, en la época, acababa siendo una categoría social. El racismo estadounidense de los 60 se nos va a mostrar aquí sin tapujos. Caía una lluvia intensa también es una novela social, porque el tema de las clases sociales, la riqueza y la pobreza, está muy presente. De hecho, en algunos momentos he llegado a pensar en autores como Francis Scott Fitzgerald, Jack London o Charles Bukowski y sus historias en las que los personajes luchan por la vida y pasan de ser pobres a ricos y luego vuelven a ser pobres.
Lo que, desde luego, sí que posee Caía una lluvia intensa a raudales es tensión narrativa. El lector, de forma continua, siente que está acompañando a los personajes a un abismo cada vez más profundo, y siente que cada uno de sus pasos los va adentrando más en un lugar más oscuro y sufre con ellos. «Cuando pierdes, pierdes para siempre, y cuando ganas, solo dura un segundo o dos», aprenderá Billy y nosotros con él.
Caía una lluvia intensa me ha parecido una gran novela, dura y conmovedora, perfectamente inserta en la gran tradición novelística norteamericana. Me ha gustado mucho. Diría que es el tipo de narrativa anglosajona que publica la editorial Sajalín, de la que solo he leído dos libros del japonés Osamu Dazai (Indigno de ser humano y El declive), y de la que debería leer a otros autores, narradores de los bajos fondos, como Edward Bunker, David Goodis o Chris Offutt.


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